Si te apoyas en el muro del pasado,
quizás oigas aún las campanas que siempre
doblan a medianoche; tal vez hasta respires
el calor húmedo que llega desde la cocina
en la que se freían los dulces para la Nochebuena;
y tal vez reconozcas, en los sonidos que retumban
entre ruidos de platos y cubiertos,
las voces familiares de quien hace ya mucho
que partió; tal vez sientas en las manos el frío
que te quedó del campo después de que cortaras
el pino para que brillase en un rincón del cuarto
con adornos y bolas plateadas; tal vez
regrese hasta tus labios la angustia seca de
saber que todo eso podría terminar,
mientras junto al pesebre de figuras de barro
arde una vela. Pero no fuerces demasiado,
no sea que el muro se resquebraje; y en
un presente al que le faltan tantas navidades,
goza con la ilusión de que no pasó el tiempo.