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 19/05/2013 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 ABYA YALA 
ABYA YALA / Zapata: Apunte para el futuro
Date of publication at Tlaxcala: 18/04/2007

Zapata: Apunte para el futuro

Fernando Buen Abad Domínguez

 

Emiliano Zapata fue asesinado el 10 de abril de 1919. Nada hay más inquietante o enigmático que esos diálogos espejíneos, visibles e invisibles, trenzados entre la Vida y la Muerte, como ga rantía de la memoria y el futuro. Nada más sobrecogedor y problematizante que esa red de fuerzas miméticas descomunales empeñadas en abrir o cerrar ciclos. Lo terminal se trasmuta en fu turo y morir suele ser otra forma de existencia. Diálogo-fusión entre lo particular y lo general para que la totalidad borre fronteras como en una fiesta-síntesis donde los invitados intercambian posi­ciones.

La muerte de Emiliano Zapata es el nacimiento de muchísimas potencias que se expandie ron históricamente para estanciarse en nuestro destino como imagen paradigma detonante del yo más profundo. Zapata caudillo y mito, consagró con su muerte los argumentos particulares y colec tivos más inalienables de la dignidad fundamental para la existencia. Puso la vida por medio y se entregó al futuro para “que no gane el silencio”. Puso la muerte como garantía para hacer estallar en millones de imágenes su lirismo épico revolucionario, más vivo que nunca. Por el pasado, por el presente y por el futuro. 

Nada de lo que Emiliano Zapata propuso e hizo puede explicarse con reduccionismos arribis tas. Su historia no es atomizable al calor de explicacionismos caudillistas, iluminismos mesiánicos o protagonismos estatuarios. Su historia es tan particular como colectiva. Traslucen un mismo espíri­tu y genio que sintetiza lo arquetípico con lo estratégico. Las balas con la fecundidad de la tierra, el amor con la disciplina militar. De ida y vuelta conocer a Zapata implica conocer su entorno y tota­lidad. No hay en su biografía, ni en su contexto elemento omisible. Ambos sudan el mismo drama, respiran el mismo fulgor mágico y generan las mismas interrogantes o certezas. Zapata es México y América, ambos son Zapata porque contienen el mismo drama interno del desgarramiento produ cido por despojar de su tierra a los hombres y despojarlos de su sacralidad, su identidad y su tras cendentalidad. Drama vigente y galopante cuya amenaza ideológica sigue siendo distanciar a las so ciedades de su tierra, fertilidad y maternidad sagradas. Amenaza engendrada por la pleitesía a lo in dustrial empeñado en transferir riquezas colectivas a bolsillos de invasores extranjeros. Desde Cris tóbal Colón hasta Wall Street. 

Emiliano Zapata nació en San Miguel Anenecuilco, Morelos, el 8 de agosto de 1879. Anenecuil co significa “lugar donde las aguas se arremolinan”. Con la imagen de Zapata ocurre lo mismo que con todas las imágenes que los pueblos atesoran como paradigma y patrimonio exclusivo. Existe una implacable tendencia que no cesa en su intento por apropiarse de todo cuanto posee significa­ción popular profunda, para tergiversarlo y volverlo fetiche de silogismos demagógicos. Es un in­tento permanente por diluir la fuerza, tendencia y permanencia de los discernimientos más nítidos para la dignidad, el futuro y la libertad, a cambio de esclavitud, usurpación y miseria. La historia da cuenta de sucesos escandalosos en los que el crimen la impunidad y la desolación dejaron en el de samparo más inimaginado a los indígenas y campesinos de América. Historia de guerras étnicas su cias que jamás ha logrado contabilizar con precisión el número de muertes humanas, culturales y anímicas producidas. Hay países, pueblos y regiones propiedad histórica de indígenas y campesi­nos, en franca extinción y nadie parece inquietarse seriamente. Ni los estadistas ni los ecologistas.
 

 
Ben Heine, Tlaxcala


Zapata, su pensamiento, palabra y obra, propusieron para la Revolución Mexicana un movi miento de recuperación integral que repusiera de una vez por todas, en el más amplio espectro de su significación, la dignidad orgánica de una sociedad victimada por los designios del robo organi­zado. Gubernamental y empresarialmente. 

Zapata alertó a la historia sobre el exterminio desaforado y sobre la usurpación galopante. De la tierra, de la cultura y del espíritu. Usurpación que fracturó la vida desarrollada por pueblos cuya evolución particular fincó sistemas autónomos de sobrevivencia y cuyo destino no podía ni debía ser dirimido por intereses foráneos. Fractura de lenguas, mitos, y dioses. Es decir aniquilamiento del espíritu. 

El gran desafío de Zapata rebasaba lo estrictamente político-jurídico en la tenencia de la tierra. En su obra esta implícita y explícita la búsqueda de la reivindicación y reapropiación de todo cuan to fue, y es, propiedad del que la trabaja. Tierra, hierofanías, magia: la vida misma. 

Zapata no puede ser visto como caudillo “inspirado” que trató de redimir a una masa de “muer tos de hambre”, dándole a cada quien “premios de consolación” existencial en parcelas cultivables. Zapata es en todo y en último caso, hito o síntesis de lo que un pueblo piensa y siente ante las des gracias que presencia y las calamidades de su indefensión. Zapata aporta al movimiento agrarista revolucionario, el talento sintético-logístico de un estratega recio y entregado a sus principios. Esos no son dones de privilegios mesiánicos, es nada menos que la conjugación de toda una historia fra guada cotidianamente en el pensamiento popular que un día se decidió a resarciese de tanta injusti cia. 

Zapata no es un santo, es hombre de carne y hueso, indígena, campesino, inteligente, autogesti vo y revolucionario. Virtudes todas inadmisibles para el explotador. Hoy todavía sorprende a mu chos que los indígenas y campesinos sean inteligentes, que quieran la libertad y tengan propuestas independentistas. Siempre se sospecha que alguien los asesora. La vitalidad e inteligencia de Zapata ofendió y ofende a los que se sienten superiores, encerrados el sus palacios urbanos de cristal progre sista. A quienes creen que todo lo rural es inferior, atrasado y sucio. A esos que ven en los indíge nas y campesinos sólo fuerza de trabajo hambrienta y miserable que por “ignorantes” se les puede engañar haciéndolos trabajar a cambio de limosnas. Como parias con costumbres avejentadas y mal olor a quienes se puede explotar impunemente porque no saben siquiera protestar. Se les con sidera “casi bestias” cuyo destino es trabajar para producir alimentos que los matan de hambre. Animales, creían los evangelizadores que eran los indígenas. Hoy la cosa es parecida. 

En 1910 Emiliano Zapata reparte tierras entre los campesinos de Anenecuilco.

Unos cuantos centenares de grandes propietarios han monopolizado toda la tierra laborable de la República; de año en año han ido acrecentando sus dominios, para lo cual han tenido que despojar a los pueblos de sus ejidos o campos comunales y a los pequeños propietarios de sus modestas heredades. Hay ciudades en el Estado de More los, como la de Cuautla; que carecen hasta del terreno necesario para tirar sus basuras, y con mucha razón del te rreno indispensable para el ensanche de la población. Y es que los hacendados, de despojo en despojo, hoy con un pretexto, mañana con otro, han ido absorbiendo todas las propiedades que legítimamente pertenecen y desde tiem po inmemorial han pertenecido a los pueblos indígenas, y de cuyo cultivo éstos últimos sacaban el sustento para sí y para sus familias 1.

Para los indígenas y campesinos mexicanos, como para cualquier cultura, la relación con la tierra posee profundidades arquetípicas, sociológicas, económicas, políticas y religiosas tan importantes como inabarcables. Intentar una expedición al pensamiento indígena para desentrañar el correlato tramado en torno a la tierra, sus demandas y frutos, implica activar un sistema de comprensión ca paz de expandir integralmente, los flujos y reflujos de imágenes, nociones e intuiciones cuyo carác ter totalizador obliga a entender que de la fecundidad telúrica a la intrauterina, pasando por el asombro ante los ciclos cósmicos y las festividades rituales, se da un mismo impase perturbador que restituye en su magnificencia todo el respeto ceremonial por la vida en cada una de sus expre siones. 

La culturas prehispánicas tuvieron en la actividad agrícola uno de los ejes más impresionante­mente fantásticos de producción y reproducción arquetípica que es diálogo con las potencias de la naturaleza. La tierra madre es el vertedero de prodigalidades en cuyo comportamiento es discerni­ble el comportamiento del universo entero. Cada ciclo de fertilidad pulsa el ritmo del trabajo. Quien labra la tierra penetra en los secretos más íntimos de un misterio que ante sus ojos se abre permanentemente, para recordarle que todas esas fuerzas conmueven un modo de ser accidental, potente y potencial que pide respeto ritual y asimilación mimética con cada elemento. Trabajar la tierra es trabajar en el espíritu. Por eso las herramientas o artefactos que sirven para las faenas agrí colas, están tocados por la inercia magnética de eso hilos sagrados que establecen, entre la vida del labriego y la vida de su cosecha, solidaridades ancestrales. Ambos son alimento del mismo destino. 

Todos los elementos se subordinan a ésta actitud de religar. Del sol al viento, de lo vegetal a lo animal. La tierra da soporte, cobijo, estancia. Prodiga y castiga. Nada hay que pueda negársele y por eso la ofrenda de sacrificios no tiene límite. Todo le pertenece tarde o temprano y la tarea funda mental del que labra es la de un sacerdote. Su misión es cuidarla y atender todas las exigencias de esos partos magníficos que se trasmutan en sobrevivencia. El carácter sacerdotal del labrador es arquetípico. Es irrenunciable y exige entregas absolutas, expresadas con ese silencio contemplativo y asombrado que suelen desarrollar indígenas y campesinos. Silencio de sumisión ritual, a su modo ofrenda y canto ante la magnificencia. Silencio dignidad litúrgica natural indisociable de sus pensa mientos. 

Quien cultiva la tierra posee sistemas de análisis y síntesis capaces de interconectar operaciones perceptivas e intuitivas delicadísimas, con pulsiones laborales extenuantes. Leen el sol, la lluvia, la fertilidad, los equinoccios y las calamidades con el olfato aguzadísimo e inefable de todas sus rela­ciones ritual-intuitivas. Individuo y naturaleza son uno mismo, se animan con las mismas sustan­cias mágico genealógicas que se comparten la totalidad como requisito primigenio de identidad cósmica. Diálogo entre la vida y la muerte que en el protagonismo sacerdotal se sintetiza a sí, para engendrar las formas más puras de la poesía. Poetas en las luchas de la existencia, sacerdotes en el misterio de la creación, guerreros de la fertilidad, hijos de la tierra. Zapata era de esa estirpe. 

El niño a quien empezaron a llamar Miliano, escucharía los consejos que junto al Tlecuil relataban las madres y las abuelas a los pequeños, mezclando los mitos indígenas y los ogros de lejanas tierras 2.

En México estallaron muchas Revoluciones simultáneas y consecutivas. Entre otras la Revolu ción de la clase burocrática que desplazó a Porfirio Díaz para instaurar “otra dictadura de partido”. La obrera que tuvo soportes conceptuales y estratégicos particulares, La “ilustrada” que produjo rebatingas extraordinariamente necias. Y la campesina que tuvo logros fundamentales y que por eso fue sofocada a punta de traiciones institucionales. 

País fragmentado en intereses disímbolos y culturas antitéticas, donde cada grupo hegemónico ha querido ensayar el modelo de paraíso que se le antoja. País de culturas rotas en millones de par­tículas poblacionales que, sin saberlo unas o aceptarlo otras, tienden a fundirse atraídas magnética mente por el imán descomunal de la historia. El clima feudal en que se desenvolvió la lucha zapa tista estaba, como está hasta ahora, intensamente preñado por múltiples presencias imágenes y re sonancias del pensamiento mágico. 

México entero se sacudió con el advenimiento de “la modernidad”. Con la transfiguración apre­surada del rostro rural nacional en rostro maquillado con progreso. Colisión y sacudida que no produjo simbiosis porque los móviles o fines eran repetición de malabarismos, farsas y usurpacio­nes autoritarios como siempre. El porfirismo garantizaba sus empeños para inventar un país pinto­resco, atractivo para las inversiones extranjeras, decorado con “buen gusto”, educado en las tradi­ciones europeas pero, sobre todo, rico en materias primas y mano de obra barata, desorganizada, desarticulada emocional o espiritualmente e ideologizada con el cuento del extranjero que vendría a redimirlo todo. 

Fue un choque frontal con tradiciones culturales ancestrales. Choque con las estructuras religio sas y los muchos sincretismos llamados paganos. Con los aun vivos conocimientos populares en materia de medicina, astronomía, filosofía y ciencia política. Choque con un México cuya integri dad nacional apenas se entendía por ciertas escaramuzas jurídico-políticas, y en el que las diversida­des étnico-culturales pesaban mucho más que los intentos integracionistas de algunos gobiernos. 

Era un repertorio multilingüístico, multirreligioso y multicultural esparcido en territorios donde el cultivo y la fertilidad signaban las divisas fundamentales del desarrollo científico, filosófico, artís tico y político comunitarios. La historia de la conquista trasplantada a la dictadura Porfirista que duró de 1877 a 1911. Más o menos 36 años en el poder. 

La clase privilegiada a principios de siglo, europeizada, afrancesada, españolizada, ilustrada, aca­démica, positivista y con alcurnias típicamente virreinales, compartía canonjías con un séquito cla­semediero, mestizo, arribista y conveneciero, que en su complicidad anidaba envidias revanchistas que más tarde devendrína en una de las tantas Revoluciones Mexicanas: la revolución (o mejor aun revuelta civil) de la clase media resentida comandada por Francisco I Madero. 

En el otro extremo de la realidad un pueblo sometido, ninguneado, ignorado y condenado his­tóricamente se dio al encuentro con su Revolución. Todo parece indicar que sólo Zapata propuso un programa de transformaciones independiente, sin contubernios con los poderes hegemónicos y con una salida verdadera a los agobios colectivos. Hoy su Plan de Ayala sigue teniendo vigencia. 

Ese movimiento agrarista que Zapata tomó como estandarte es inentendible sin una aproxima ción al genio cultural de una nación, que en su pluralidad, mantenía denominadores comunes en casi todas las esferas de la vida cotidiana. De la idea de muerte simbiotizada entre alma genocida del conquistador español y la muerte ritual indígena, al sentido del humor negro. De las concepcio nes religiosas locales, las importadas por el Evangelio a las fiestas ceremoniales del tequila y el bala­zo. De la organización social experimentada por los pueblos prehispánicos al modelo feudal, de ca­ciques y terratenientes reyezuelos del terror y el asesinato impune. El pueblo mexicano, indígena y campesino, constituyó un carácter peculiarísimo cuyos distintivos propiciaron el quebrantamiento del orden impuesto, por los extranjeros y por los mestizos amaestrados como capataces para obli­gar al indio a rendir culto al padre extranjero y “chingar” a su madre tierra. 

En México quizá por eso y entre otras muchísimas razones, la importancia de la madre se ex tienda sobre la conciencia y subconsciencia sociales. A veces como herida honrosa que no deja de doler y sangrar. La Madre Virgen de Guadalupe, La Madre Patria, La Madre Academá. Al respecto se ha estudiado el galimatías socio-antropológico implícito en el tipo de insultos usados en México. Los que se vinculan con la violación de la madre, la madre prostituta o la madre ausente, implican casi instantánea y apocalípticamente la presencia de la muerte, aunque por supuesto también exista una especie de sentido del humor cínico que “goza su dolor” con risotadas o juegos de palabras (llamados albures) donde penetrar o ser penetrado (ser chingón o ser chingado) son las claves de cierta fatalidad en debate permanente. 

Las preocupaciones de Zapata por la tierra no se pueden circunscribir a disquisiciones exclusi­vamente políticas, económicas o antropológicas, por más que en efecto de estas vertientes se haya desprendido muchas de las coartadas estratégicas fundamentales del movimiento zapatista. Zapata entendía la tierra, la historia, la realidad intelectiva del pensamiento mágico indígena, la economía y sobre todo el futuro. Le eran propios, cotidianos e inseparables. 

Todos los intentos por reducir a Zapata a los márgenes explicacionistas que lo estereotipan como “líder campesino agrarista”, “pragmático de las armas”, “estratega de las fuerzas indígenas” o prócer iluminado con levitaciones redentoras, por más monumentos que erijan o más avenidas que se bauticen en su nombre, son desviaciones reduccionistas descontextualizantes que tienen por ob jeto ideológico tergiversar una realidad irrebatible: Zapata era un mexicano perfectamente repre sentante de todos esos que exactamente como él, dieron la vida por defender la tierra. Represen tante de un proceso total que es imposible reducir a la voluntad o carisma individualista. Represen tante de una totalidad que no sólo incluye a los humanos, totalidad de la tierra, de las tradiciones, la cultura y la magia prodigiosa con que la naturaleza nos obsequia siempre. Zapata lo sabia. 

El espíritu no es como una veleta, o por lo menos no es tan sólo como una veleta. No basta con decidir de repente entregarse a una determinada actividad, ya que ésta entrega nada significa si uno no es capaz de expresar objeti vamente cómo llegó a tal decisión y en qué punto exacto era necesario que estuviera para llegar a ella 3.

Incluso para la gran mayoría de los intelectuales europeizados de su tiempo, Zapata fue un in­comprendido. Era tan popular, tan de la tierra, tan de lo primigenio que chocaba brutalmente con­tra los refinamientos y estilizaciones, ciertamente burgueses, de cuanto rufián amafiado en cúpulas intelectuales se dedicaba a adorar el pensamiento griego o romano. De la poesía a las cátedras uni versitarias emanaba un permanente recelo calumniador de todo cuanto significara Revolución. Hubo epítetos de todo calibre e injurias sin pudor. Las cortes dictatoriales de Porfirio Díaz tuvie ron en sus hijitos intelectuales a los artífices de argumentaciones contrarrevolucionarias equiparables al asesinato de la libertad. Hoy todavía hay cuentas pendientes. 

Ni más ni menos, y pese a la contundente presencia de lo rural o campesino en la conformación de las ciudades poderosas, la indiferencia y la intolerancia cegaron a los señoritos educados en Eu­ropa. La educación fue de privilegiados aspirantes al control burocrático, quienes en la primera oportunidad que se presentó, arremetieron en pos de los espacios dominantes, desde donde se eri gió más tarde un sistema de ideas reciclado tercamente hasta el presente. Fue sin dudarlo uno de los golpes estratégicos más odiosos e inmisericordes que se ocupó en educar a una nación entera con el mito de la realidad positiva, la reivindicación de la cultura grecolatina, la santificación de los academismos, el humanismo universalista de los dominantes y por supuesto la integración filosófi co-jurídico-política del discurso modernista para una nueva nación emergente donde no existían in dios ni campesinos. 

Centralismos desaforados que desplazaron los ejes de la supervivencia del campo a las oficinas, del arado a las fábricas, del cultivo al confesionario y de la madre tierra al padrastro Presidente Constitucional. Centralismo que conmocionó la cultura con el asiento de los poderes ejecutivo, le­gislativo y judicial en zonas ceremoniales superpuestas a las que el espíritu prehispánico forjo. Fue lo mismo que construir iglesias encima de las pirámides. Y museos encima de la memoria. Pero lo hicieron antes y después. 

Centralismos cuyo eje tornó abstracto lo vívido. Convirtió la justicia en edificios u oficinas, la alimentación en promesas, la sabiduría de la madre tierra en alma mater universitaria, la socialización en elecciones y la libertad en saliva. Se suplantó la legitima propiedad de la tierra con ineficiencia patronal que hasta la fecha tiene en la peor de las crisis, y de las vergüenzas, la producción agrícola nacional. Es decir se desgarró en vínculo indígena y campesino con la tierra, para destazar el espíri tu de una fuerza guerrera propietaria del país. Abel y Caín se ven ingenuos. 

La generación de intelectuales incubados durante la dictadura porfirista y los señoritos licencia dos que llegaron al relevo posrrevolucionario, fueron incapaces de aprender siquiera lo elemental propuesto por la verdadera Revolución gestada por Zapata. Hay que ver la cantidad de maromas y manoseos que en la redacción de libros, documentos y decretos, han tenido que hacer para mante ner a todos desinformados y desinteresados por los postulados básicos del pensamiento zapatista. Son miles, y/o millones de páginas, ediciones y monumentos financiados por la demagogia. Y es el mismo régimen de imposición ideológica que está en crisis desde siempre víctima de sus contradic ciones, negaciones y traiciones. Se inventó un nacionalismo contradicciones estilizadas bajo la mi rada de un exotismo disfrazado de amor patrio. Mitología de héroes sobre el caballo de la usurpa ción. Por eso se han negado siempre a un debate nacional abierto. Por eso nadie los quiere. 

[Zapata] era un hombre de piel oscura y rostro delgado, cuyo inmenso sombrero a veces echaba tal sombra sobre sus ojos que no se le podían ver...vestía una corta chaquetilla negra, un largo paliacate de seda de color azul páli do, una camisa de pronunciado color lavanda y usaba alternadamente un pañuelo blanco de franja verde y otro en el que estaban pintados todos los colores de las flores. Vestía pantalones apretados negros, de corte mexicano, con botones de plata cosidos en el borde de cada pernera 4.

En 1911 se lanza a la lucha revolucionaria agrarista en el sur, con el objeto de la recuperación de la tierra. En noviembre proclama el Plan de Ayala documento fundamental de sus ideas revolucio­narias. 

Para extorsionar los hacendados se han valido de la legislación, que elaborada bajo su gestión, les ha permitido apoderarse de enormes extensiones de tierras, con el pretexto de que son baldas es decir, no amparadas por títulos legalmente correctos. De esta suerte, ayudados por la complicidad de los tribunales y apelando muchas veces a me dios todavía peores, como el de reducir a prisión o consignar al ejercito, a los pequeños propietarios a quienes que rían despojar, los hacendados se han hecho dueños únicos de toda la extensión del país, y no teniendo ya los indí genas tierras, se han visto obligados a trabajar en las haciendas, por salarios ínfimos y teniendo que soportar el mal trato de los hacendados y de sus mayordomos o capataces, muchos de los cuales, por ser españoles o hijos de españoles, se consideran con derecho a conducirse como en la época de Hernán Cortes decir, como si ellos fueran todavía los conquistadores y los amos, y los “peones” simples esclavos, sujetos a la ley brutal de la conquista. La posición del hacendado respecto de los peones, es enteramente igual a la que guardaba el señor feudal, el barón o el conde en la Edad Media, respecto de sus siervos y vasallos. El Hacendado, en México, dispone a su antojo de la persona de su peón; lo reduce a prisión, si gusta; le prohíbe que salga de la hacienda, con pretexto de que allí tiene deudas que nunca podrá pagar; y por medio de los jueces, que el hacendado corrompe con su dinero, y de los pre fectos o “jefes políticos”, que son siempre sus aliados, el gran terrateniente es en realidad, sin ponderación, “señor de vidas y haciendas en sus vastos dominio 5.

La Revolución Mexicana, que es una y muchas a la vez, tiene con Emiliano Zapata un sabor y definición sin los cuales se desdibujaría virtualmente todo el movimiento de 1910. Zapata le aportó a la Revolución un sentido de identidad cuya raigambre histórica conmovió y conmueve hasta lo más profundo la consciencia del país. En última instancia o en primera, la lucha del ejército zapa­tista puso a flote el parámetro más ineludible de las verdades que justificaron toda la gesta. Puso a prueba la capacidad de respuesta histórica de un pueblo cargado con pendientes pesadísimos, que hasta el presente, continúan siendo espejo y diagnostico de la realidad total. 

Lo que el zapatismo demandó sigue siendo prueba de fuego para los regímenes político admi­nistrativos que desde los albores de la Revolución repiten discursos huecos sin atinar a resolver las causas profundas de tanta desigualdad e injusticia. Zapata puso el dedo en una llaga abierta desde la conquista. Releer el pensamiento de Zapata es constatar el grado de atraso y olvido que de lo polí tico a lo artístico mantienen sometido al indígena y al campesino. Toda la parafernalia discursiva que en nombre de la democracia o de la igualdad social se distiende históricamente, en México ter mina siendo una farsa descomunal cuando se hacen los análisis más elementales sobre el reparto popular de la riqueza nacional. Madero mintió como ha mentido el P.R.I. y la carga histórica de ta maña desatención exterminadora pesa sobre la conciencia de los mexicanos como lápida vergonzo sa en la tumba de sus ideales.. Eso retrata fielmente una parte de lo que es una sociedad y retrata fielmente la dimensión de las calamidades que se avejentan entre los pobladores, sin que aparente mente tenga atisbos de solución un rezago de tales magnitudes. 

A todos envuelve esa responsabilidad histórica, a todos involucra esa realidad inescondible que por más invisible que se la pretenda para ocultar el grado del abandono, aparece y reaparece permanentemente con sus miles de imágenes cotidianas. Mantiene presente en la memoria de todos el proceso gradual de un exterminio que hace cómplices a todos hasta nueva orden. 

La Revolución es una súbita inmersión de México en su propio ser. De su fondo y su entraña extrae, casi a ciegas, los fundamentos del nuevo estado. Vuelta a ala tradición, reanudación de los lazos con el pasado, rotos por la Reforma y la Dictadura, la Revolución es una búsqueda de nosotros mismos y un regreso a la madre. Y, por eso, también es una fiesta: la fiesta de las balas, para emplear la expresión de Martín Luis Guzmán. Como las fiestas populares, la Revolución es un exceso y un gasto, un llegar a los extremos, un estallido de alegría y desam paro, un grito de orfandad y de júbilo, de suicidio y de vida, todo mezclado. Nuestra Revolución es la otra cara de México, ignorada por la Reforma y humillada por la Dictadura. No la cara de la cortesía, el disimulo, la forma lograda a fuerza de mutilaciones y mentiras, sino el rostro brutal y resplandeciente de la fiesta de la muer te, del mitote y el balazo, de la feria y del amor, que es rapto y tiroteo. La Revolución apenas si tiene ideas. Es un estallido de realidad: una revuelta y una comunión, un trasegar viejas sustancias dormidas, un salir al aire muchas ferocidades, muchas ternuras y muchas finuras ocultas por el miedo ser. ¿Y con quién comulga México en esta sangrienta fiesta? Consigo mismo, con su propio ser. México se atreve a ser. La explosión revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de sí mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexi cano 6.

Pero la Revolución también fue pasión desatada ante la injusticia consuetudinaria. Retemblar en su centro una tierra saturada hasta el hartazgo con calamidades a mansalva que tiene por cliente preferido al más desprotegido históricamente. La Revolución fue lucha organizada al fragor de un amor apasionado por el punto final. Freno para una lista de atropellos impunes repetidos estruen­dosamente sobre el rostro de los pueblos. La Revolución también sintetizó vida y muerte que se re generan en simultaneo para fecundar el futuro de quienes quieren corregir el rumbo y poner en su sitio a los verdugos sociales. Por eso uno de los símbolos más acabados en toda concepción revo lucionaria es la tierra. De ella deviene esa ciclicidad sintetizada entre la vida y la muerte, ella nos la ofrece como garantía y todas sus lecciones pesan sobre la conciencia y subconsciencia colectivas como mandato irreductible que no tiene otra imagen, en la utopía como en la realidad, que la ima gen de la libertad. 

Es muy fácil engañarnos con romances verborreicos sobre la significación histórica y mágico ri tual de la Revolución. Todos hemos caído en tentaciones idealizantes que ponen al indio, al campe sino y al proletario, como materia de redención en los lavaderos históricos de las culpas. De la aca­demia a las urnas. Del muralismo pictórico mexicano al vandalismo financiero. Pero la Revolución es un mandato mayor, es un arcano fundamental que no obedece leyes racionalistas, ni a caprichos de “precisión ideológica”. Las revoluciones se mueven con el pulso, cadencia y pálpito de cada pueblo. Es éste quien determina los cómo, cuándo y porqué de cada acto. No hay partituras para una Revolución. Las estrategias y las logísticas tienen que ser leídas e interpretadas por la sensibili dad de quienes están íntimamente volcados con cada designo, matiz o pulsación de los grupos, su historia, cultura, sacralidad y apuesta. Tal cual lo han hecho muchas revoluciones y tal cual lo hizo el genio zapatista. 

Pero el drama más desgarrador, bomba de tiempo, tuvo expresión en la Revolución mexicana por un conflicto de discriminación, que llevó el resentimiento por el despojo a niveles de odio que, como cáncer, se enquistaron en México desde los tiempos de la conquista. 

La Revolución Mexicana, o más específicamente, la Revolución agrario-indígena, anida en su ra zón de ser el veneno de la marginación, desarticulador de todo. Los indígenas y los campesinos que se distinguen por grados muy particulares de conformación cultural, arremetieron contra los pode res de una clase gobernante dictatorial y soberbia, que pensó en un modelo de país en el que que­daron excluidos sectores amplísimos del la sociedad. Se trata de un conflicto por la desigualdad en la distribución y propiedad de la riqueza nacional, pero se trata sobre todo de un conflicto en el que lo ideológico se pone en crisis porque enfrenta concepciones generales diametralmente opues­tas. Mirar a los “indios” como mugrosos, retrógrados, bandidos, e infrahumanos, es un hecho que se expresó siempre en todas las categorías de la vida grupal. 

Las preferencias para impulsar servicios de salud, educación, trabajo y desarrollo cultural, tuvie­ron siempre, como límite de casta, las fronteras de lo urbano, tarde o temprano caldo de cultivo del poder capaz de sostener el poder gobernante. Lo de afuera, lo extra-urbano lo que no era copartíci pe de las ideas de progreso modernista, se miraron siempre con un recelo racista. 

La dictadura feudal de Porfirio Días y lo que, más tarde Vargas Llosa llamó dictadura de parti do, refiriéndose al P.R.I., mantuvieron y mantienen esa indiferencia demoledora que no es sólo in­terpretación para regocijo de antropólogos. Es evidencia del olvido en inversiones públicas para comunicaciones, hospitales, escuelas, iniciativas de producción agrícola e impulso a las artes locales. Nunca ha habido asomos de igualdad que equipare respetuosamente, sin sublimaciones histéricas, sin conmiseraciones, sin dádivas, sin suficiencias paternalistas, el trabajo campesino, la vida campe sina, con cualquier otra forma digna de existencia. 

Es verdad que la Revolución Mexicana fue, y es, reencuentro íntimo entre los mexicanos en di­mensiones de verdades profundas, y una de estas verdades es sin duda la verdad del desprecio étni co. 

Los indios fueron vistos siempre como fuerza laboral para la servidumbre, para faenas difíciles en tierras de “señores hacendados”, para hacer bulto en mítines de políticos golondrinos y en el me­jor de los casos como escenografía perfecta para teatros de limosnas que lavan conciencias. Benito Juárez, paradigma cultural complejísimo, emergió en el período preporfirista y demostró lo que para nadie debía se escandalo, pero lo fue. Un indio oaxaqueño que sorprende porque es inteligen te, porque entiende el correlato de las fuerzas históricas nacionales e internacionales y propone un modelo jurídico que transformó a la nación. El mayor pecado de Juárez, más allá de sus errores conceptuales, fue demostrar, desde lo intelectual hasta lo iconográfico cultural, que ese moreno, de estatura corta con fisonomía y manera de hablar tan cercanas a la tierra, podía vencer a los rubios franceses, monarcas prestigiados por las tradiciones más odiosas de la cultura occidental. La Revo lución fue en buena medida extensión de esa confrontación sólo que esta vez fueron miles de “de sarrapados” talentosos, con la razón de su parte, los que demandaron respeto. Se les dijo, y dice hasta hoy, “indios igualados”. 

El desgarramiento impulsó a la Revolución se anima por la reposición de lo hurtado. Del cam po, los colores, la comida, de la sacralidad y los nombres. La Revolución exigió respeto total por la dignidad y libertad de elegir cuanto medio y modo la sociedad sea capaz de autogestar para resolver su futuro. La Revolución propuso un rompimiento con ese paternalismo autoritario de los podero sos que jamás creyeron suficientemente inteligentes a los locales para gobernarse con éxito. Eso se ve hoy del F.M.I. al Tratado de Libre Comercio. 

Hay puentes emocionales muy sensibles tendidos en la trama histórica de México desde la con­quista hasta el presente. Nadie que no desee hacerse ciego a las realidades que han acompañado la historia mexicana, desde hace 500 años, puede omitir de sus análisis el hecho de que indígenas y campesinos han sido recluidos a un traspatio cultural. Para muchos son como “la loca de la casa” y una especie de vergüenza social con la que no se sabe que hacer. 

Lo evidencian los contenidos programáticos de la educación pública, lo evidencia el discurso evangelizador, lo evidencia la demagogia gubernamental encomendera y lo evidencian todos los es tallidos violentos que se han secuenciado permanentemente desde la muerte de Zapata. ¿Por qué los indígenas no son funcionarios gubernamentales o universitarios. Por qué para ellos tener títulos universitarios es casi imposible y cuando ocurre mueve a risitas socarronas. Por qué no son actores protagónicos en las decisiones trascendentales del país? Son preguntas que se hacen desde 1521 y que hoy siguen sobre la masa. 

Hubo y hay chistes donde los indios son invariablemente “ladinos “ o tontos, sucios o retrógra dos, rateros e ignorantes. La palabra indio tiene connotaciones peyorativas y una de las nociones del sufrimiento fatal se resume en la expresión que manda al interfecto a que “sepa lo que es amar a Dios en tierra de indios”. En México hay tradición farandulera en la que no ha faltado la figura de algún indio que es patiño de personajes urbanos, pareja de otro indio más o menos igual de estúpi do o sirviente-empleado doméstico que no cesa en torpezas y grosería. Estereotipo de un insulto institucionalizado culturalmente y al que la gente, las más de las veces, responde con cariño lasti mero. 

Ser indio fue y es un estigma que no se lava aunque se integren al modelo de pulcritud que se les exige generalmente y de inmediato para se aceptados. Ser indio es sinónimo de todo lo que no se desea porque implica una marginalidad inaceptable hasta para los punk. En una de sus acepciones la expresión “naco” envuelve buena parte del ser y modo de ser ético, estético y filosófico del indí­gena y el campesino. 

En cambio una revisión genealógica de las descendencias respectivas en todos los funcionarios, presidentes, empresarios y clérigos que han dominado a la nación, daría porcentajes de extranjeri zación española o europea sobradamente sospechosa. No ilógica en un país colonizado, si desequi librada en un Estado democrático, si lo es. 

México es un juego de espejos en el que todos se miran multiplicando una imagen, que en su multiplicidad confunde a propios y a extraños. Casa de espejos, cóncavos y convexos, estrambótica y surrealista en la que a fuerza de reflejos todos tienen algo del resto, aunque les resulte incomodo aceptarlo. Juego de espejos donde las imágenes se han negado a mirar, más allá de los cuerpos, ese espíritu general que une a un genio guerrero y festivo que no termina por madurar y hacerse cargo de su destino. Espejos de palíndromas exuberantes que lo mismo invierten las montañas y los ma res que los sentimientos y las calamidades. Espejos de viento volcánico huracanado por el aletear mítico del águila devorando a la serpiente. Espejo encantado con los hechizos sistólicos y diastóli cos de tanto corazón ofrecido en sacrificios cotidianos para un amor ingrato y amargo capaz de es tallar algarabías tequileras al son del mariachi. 

País de espejos líquidos, terregosos, celestes e infernales donde las escaramuzas verbales se ti­ñen de machismo y sexo que se cortan la yugular al primer desaire. País de subterfugios y exhuma ciones poblado con pasadizos culturales donde cualquier canción tiene vocación de himno y cual quier amor exuda epopeyas. Todo por el mismo boleto y atorado en la garganta que suelta alaridos rancheros con alma de tacos, frijoles y chiles. La gente sigue adorando con nostalgia de paraíso per dido la moraleja cinematográfica de “Allá en el Rancho Grande”, Jorge Negrete, Pedro infante y los hermanos Soler, entre muchos otros, y contra el Zapata que desfiguró Marlon Brando en el ce luloide extravagante de la óptica holliwoodense. 

País de invisibles. “Hay, en primer lugar, la oposición entre lo invisible y lo visible. La historia moderna del país, nos recuerda Benítez, conspiró poderosamente para hacer invisible a la pobla­ción indígena; primero, en el hecho mismo de la conquista. Un pueblo derrotado, a veces, prefiere no ser notado. Se mimetiza con la oscuridad para ser olvidado a fin de no ser golpeado. Pero en se guida, el México independiente, amenazado por guerras extranjeras y desmembramientos, debió re forzar 'los sitios más amenazados e importantes', convirtiendo en 'tierras incógnitas' grandes frag mentos de territorio. 'Nadie sabia dónde estaban los huicholes, los coras, los pimas o los tarahuma ras, y a nadie le interesaba su existencia... ¿Cómo se harán visibles ellos mismos? La respuesta es fulgurante y pasajera; se llama mito, se llama magia, se llama tránsito hacia lo sagrado. ¿Puede signi ficar también un día, justicia? 7'

1914, diciembre Emiliano Zapata y Francisco Villa se entrevistan en Xochimilco. Ambos llegan con sus ejércitos a la ciudad de México. La lucha revolucionaria de Zapata no pude ser definida como una lucha cuyo único soporte es étnico o revanchista, por más que los componentes de se­gregación racial se agreguen a los modos de explotación agraria dados en México durante tanto tiempo. La visión de Zapata abarcó la totalidad de los problemas históricos de su tiempo y jerar­quizó urgencias a partir de ejes político-económicos capaces de atinar la detonación de fuerzas mo vilizadoras que no sólo se integraran al movimiento revolucionario y lo entendieran, sino que le diesen el sentido, sabor y magnitud particular que por antecedentes, situación actual y perspectivas la gesta requería. 

A la declaratoria “La tierra es de quien la trabaja” correspondió coyunturalmente una secuencia de acciones que son inseparables de su envoltura histórica. En todo caso no se puede incurrir en la ingenuidad de suponer que el movimiento zapatista fuese un movimiento unitario, consolidado conceptual y filosóficamente al estilo de otras revoluciones sociales que carecen de la tradición in­dígena mexicana. El Ejercito Liberador de la República Mexicana era un cuerpo armado principal­mente con fe. Su conformación reflejaba la propia de un país en el que la diversidad cultural nece­sariamente impregna de diversidad todas sus evoluciones. No se trataba de un ejército con efecti­vos educados sobre convenciones de guerra aceptadas internacionalmente, no era un ejercito de re lumbrón propicio para desfiles de lisonja, eran mujeres y hombres cansados de la humillación his tórica dispuestos, con una y otra manera de conciencia, a enfrentar lo que viniera como viniera. Ejercito sin despliegues de armamento, sin otro uniforme que el color de la piel, el brillo de los ojos, el olfato intuitivo, el conocimiento del territorio y de la tierra. Los rasgos rural-mexicanos de algunos atuendos y la convergencia en una filosofía de lucha que se simbolizaba, sintetizaba y ex­pandía al conjuro extralógico y extracaudillista de la palabra Zapata. Ejercito de escaramuzas y tiro teos convencidos de que la muerte podía ser la única manera de vivir dignamente. Pero Ejército bien organizado con acuerdo en sus medios y modos aunque cueste entenderlo. 

Ejército de mujeres y hombres con la faz de la dignidad puesta a flor de tierra para que ésta tes­timoniara, hasta las entrañas la entrega que sus hijos sabían hacer para tenderla. Tierra que recogió sangre, sudor y lágrimas de gente verdadera cuya preocupación no estaba en apoderarse de la silla presidencial ni del festín político Su preocupación era vivir en libertad. 

Zapata era un hombre silencioso, meditador profundo que dialogaba con la mirada y que partía el aire con su gesto de gesta fecunda. Hombre investido de un silencio que se rompía casi exclusi­vamente para explicar el sentido de la lucha, y sintetizar en lo posible, el alma del movimiento que él comandaba sostenido por miles de voluntades similares a la suya. Hombre de un silencio que sa bía romperse el amor “Miliano de por sí fue travieso y grato con las mujeres”. María de la Luz y María de Jesús Zapata. 

Hombre de silencio que detonaba en chispazos inteligentes, nítidos preñados con el sabor de esas palabras convincentes, brutales y perturbadoras obsequiadas por el alma de quien apuesta la vida para llegar hasta el final a cambio de la verdad y la libertad. Silencio que reclama hechos. 

No deja de ser paradójico y abismal, que de la conquista a la Revolución Mexicana y hasta nuestras días, los gobiernos tengan como primera respuesta ante los miles de conflictos que regis­tra la historia, un llamado al diálogo. Para los indígenas la forma más íntegra del diálogo de la ofrenda. Por eso el interlocutor mayor es la tierra y todo lo que ésta significa en el ofrendar cíclico y eterno. Es ofrenda la entrega de la vida y el trabajo cotidiano, como es ofrenda el eterno retorno del fruto parido por la tierra. Es diálogo de hechos que se interpreta desde un silencio respetuoso y ritual. Ofrenda de la sangre y de los hijos, ofrenda de la semilla y de la oración. Ofrenda que por diálogo no entiende, no puede entender, no tiene por qué entender el intercambio occidental silo­gístico de palabrería incumplida. Mientras en la ciudad la gente se contenta con discursos, noticie­ros y saliva para paliar sus angustias cotidianas, el campo pide y da ofrendas. 

Es impenetrable el universo intelectivo de los indígenas y los campesinos si no se entiende, asu me e incorpora al pensamiento lo analógico-mágico en la función ritual de la ofrenda. Una de las mayores traiciones histórico-culturales que se ha perpetrado contra los indígenas y los campesinos ha sido ofrecerles, ofrecerles y ofrecerles sin haber puesto por medio la prenda de las ofrendas y cumplido con el ritual que es vivir o morir para cumplir. 

Zapata acudió a la cita con su muerte armado con la ofrenda de su vida. Las puso juntas y re ventó en el rostro de la historia la lección fenomenal de un espíritu colectivo que grita a los cuatro vientos su decisión implacable e irreductible de recuperar su dignidad y libertad. Zapata acudió al altar de una muerte preparada por los traidores. Los mismos que en su verborrea delirante ahogan en saliva venenosa las verdades más profundas de la humanidad. Zapata acudió a la muerte con una ofrenda riquísima, cargada con toda la historia ancestral del pueblo mexicano. Ofrenda de vi das, esperanzas y misterios. Ofrenda de la tierra, del amor, de la fecundidad y del futuro, encarna das en su cuerpo como único rito de identidad nacional. Ofrenda de piel oscura, ojos agudísimos, corazón agitado en la amenaza y en la entrega del guerrero embriagado con sus mitos, curanderías y hechizos. Ofrenda solidaria con todas las demás ofrendas indígenas en la historia y en la vida dia ria. 

Síntesis de la totalidad y religión de ánimas recolectadas al fragor de una existencia incompren­dida y mancillada. Todas las ofrendas juntas, de la piedra de los sacrificios a al parito de las madres indígenas. Ofrenda cósmica, crucial, definitiva. 

En Chinameca, Guajardo con sus fuerzas se encontraba en el casco de la Hacienda y Zapata con las suyas ocu paba una altura cercana de donde vino cuando accedió a tomar la cerveza que con tanta insistencia se le ofrecía. Guajardo había mandado formar frente a la casa de la Hacienda en que se encontraba, veinte hombres de su confianza, algunos de ellos oficiales con traje de tropa, explicando que era la guardia que haría los honores al ge neral Zapata, con un clarín que daría el toque respectivo. 

Estos hombres estaban ya aprevenidos (sic) para lo que habría de suceder, y tenían instrucciones de que al pre sentarse Zapata y lanzar el clarín el primer punto de atención, debían hacer fuego sobre el cabecilla suriano y la gente que le acompañaba, procurando a todo trance coger a Zapata, vivo o muerto. 

Eran cerca de las dos de la tarde del día diez de abril. Zapata se acercó montando un magnífico caballo que pre viamente le había obsequiado el coronel Guajardo, llevando a su lado a los generales de División, Gil Muñoz (a) el Mole, Zeferino Ortega y Jesús Capistrán, y seguido por su escolta. El clarín lanzó el primer toque para hacer los honores al Jefe rebelde, y de acuerdo con lo convenido los soldados de Guajardo dispararon sus armas, enta blándose el combate. Varias balas hicieron blanco en Zapata y en el caballo que montaba y al desplomarse el Cabecilla, fue inmediatamente recogido por los soldados del 5º Regimiento, conforme a las órdenes recibidas 8.

Sólo a la estupidez más aberrante puede ocurrírsele que el asesinato o el exterminio borran los ideales o los sueños de los pueblos. Sólo a la negligencia y al genocidio puede acudir la creencia de que matando a un individuo se desaparecen las consignas más hondas de las sociedades. La muerte de Zapata potenció a su modo el renacimiento de ese espíritu guerrero y libertario que habita en la sangre de cuanto mexicano entienda, así sea mínimamente, cualquier noción de respeto por la dig nidad de la vida. 

México hoy es hijo de sus contradicciones, sus aciertos, errores, olvidos y omisiones. Nada de lo que ocurre hoy es ajeno o distinto a lo ocurrido el día en que asesinaron a Zapata. Se vive el mismo clima de contrariedad por las tantas injusticias y atropellos que siguen entregando el país a los de signios del conquistador. Se vive el desencanto rabioso de una sociedad que vive engañada con la saliva demagógica de los que no saben ofrendarse para el bien vivir colectivo. Se padece el sabor amargo de la desesperación por no tener espacio de maniobra para dirimir los rumbos del futuro, y se sufre la fractura de unos hijos heridos en su conciencia por no haber sabido defender a la ma dre tierra. Historia de cadáveres y monumentos fetichizados por la palabrería para ocultar las tareas pendientes. 

Pero el espíritu de Zapata también recorre el continente americano. Hoy quizá más que nunca en medio de las fiebres industrializadoras que generan economías de bloque, con una adoración ecocida por el progreso postmoderno, las poblaciones rurales e indígenas que sobreviven, (es decir millones de seres humanos,) se debaten en calamidades muy parecidas a las que movieron la insur gencia zapatista. De la Patagonia a Chiapas, de las reservaciones indias norteamericanas a las mon tañas incas. América es todavía territorio de herencias vivas. Territorio de culturas agrícolas e indí genas que fueron y deberían seguir siendo propietarias de sus parcelas, de sus cosechas, se su fuer za de trabajo, de sus mitos leyendas y magias. Aunque la inmensa mayoría de las comisiones de de rechos humanos omitan tales esos capítulos. 

De la UNESCO a la Interpol se sabe que los indígenas y campesinos americanos mantienen en pie de lucha la esperanza de la justicia. Se sabe que la fuerza de su lucha enfrenta condiciones de supervivencia vergonzosamente dramáticas y que el hambre la desprotección sanitaria, el despojo de tierras la desolación y la muerte son galimatías cotidianos que hasta hoy ningún discurso mesiá nico ha podido o querido resolver. 

La figura y pensamiento de Zapata son sin lugar a dudas mucho más que utensilios mnemotéc­nicos. Son, ni más ni menos, examen histórico que pone a prueba nuestra sensibilidad, inteligencia, solidaridad y capacidad de ofrenda. Está entre manos el problema de la vida y la muerte.

Pero también está ante nosotros el problema del futuro. A todos los enigmas y misterios que sostienen la vida y la muerte, hay que agregar las dimensiones universales del tiempo que tarde o temprano crea su propias síntesis. Para la historia las resoluciones del tiempo tienen siempre desen cadenamientos que llamamos futuro. Y todas las conjunciones temporales que la realidad es capaz de modelar tienen como coartada esa noción del futuro que ofrece augurios de todo tipo para de safiar nuevamente a la vida. El pasado y el presente, la muerte y la trascendencia son los nutrientes fundamentales de las ofrendas más importantes. La ofrenda germina en el futuro y no hay más re medio que reconocer sin fatalismos o determinismos que el todo evoluciona siempre impulsado con alientos de ofrendas cotidianas. Así es la dialéctica de los ciclos y su vocación fundamental está fundada en esa potencia destilada en los actos dinámicos conmovedores de la existencia que de mostrando la vida demuestran la inmortalidad. Zapata es esa síntesis también. 

La tierra es símbolo de futuro por la fertilidad, la “multiplicación de los alimentos”, y el fluir de los ritmos estacionales proponen y reponen en el espíritu la certeza definitiva del devenir como oportunidad. Oportunidad de mimesis lúdico sacramental que nos vierte sobre las formas más disímbolas, oportunidad de redención trasmutados en otra yoidad o en un yo de otredademancipada, oportunidad de reivindicación histórico-cultural. Zapata también es de esa síntesis. 

Ese hombre que nació “donde las aguas se arremolinan”, Anenecuilco, Parido por una madre indígena, parido por una tierra prodigiosa y parido por la muerte hacia el futuro, agita cíclicamente las aguas primigenias en el remolino de la memoria, agita equinoccialmente las aguas amnióticas del genio revolucionario y agita fulgurantemente las aguas seminales del futuro que se vierten siempre incansablemente sobre la tierra. Entender a Emiliano Zapata es entender la gesta intima de una convicción que era colectiva. Es entender la fecundación de una esperanza vuelta decisión y vuelta ofrenda para terminar al costo que fuese con la degradación indigna de todos los indígenas y cam pesinos. La sensibilidad de Zapata es de esa síntesis. 

La memoria es también un espejo que retrata doblemente al pasado y al futuro. La memoria acuna las imágenes paro las acuna en movimiento, en evolución, en proyección. Recordar implica rearmar las imágenes y dejarlas fluir con la inercia natural de sus fuentes y cometidos. La memoria crea nuevamente, es decir se hace actual y concatena todos los tiempos. La memoria no es un ar chivo general de la inutilidad donde se guardan como en museo los recuerdos más queridos. Aun que se insista en ello la memoria no es electiva. Tiene una especie de voluntad propia que se activa bajo un sistema de asociaciones y correlatos que son cualidad compartida con el funcionamiento de las imágenes. Por eso recordamos fácilmente cuando lo testimoniado nos fecunda la sensibilidad y el talento asociador. Por eso recordamos en múltiples sentidos temporales y espaciales. Por eso re cordamos proyectivamente. Y por eso Zapata nos recuerda el futuro. Es necio omitir cualquiera de las partes orgánicas que fue el General del ejército sureño. Fragmentarlo es repetir el deslazamiento espiritual que significa arrancar la tierra a sus dueños. Fragmentarlo es repetir la traición del asesi nato y aspirar a que se diluya uno de las imágenes sociales más impresionantemente forjadas en la historia americana.

Hay muchísimos ejércitos zapatistas, que existieron y existen en Guerrero, Querétaro, San Luis Potosí, Veracruz, Chiapas... Tienen como estandarte el futuro, preñado con la gesta del General. Ejércitos que actúan en el corazón de los mexicanos con el futuro como divisa Ejércitos zapatistasque directa o indirectamente actúan en el espíritu de América aferrados reverencialmente al futuro que ya comenzó. Fértil, nuestro, justo, digno y libre. Como la tierra. 

Que sigamos luchando y no descansemos, y propiedad nuestra será la tierra, propiedad de gentes, la que fue de nuestros abuelos y que dedos de pata de piedra que machacan nos han arrebatado, a la sombra de aquellos, los gobernantes que pasaron. Que nosotros juntos pongamos en alto, con la mano en lugar elevado y con la fuerza de nuestro corazón, ese hermoso estandarte de nuestra dignidad y nuestra libertad, de trabajadores de la tierra. Que sigamos luchando y venzamos a aquellos que hace poco se han encumbrado, que ayudan a los que han quitado tierras a otros, los que para sí hacen muchos tomines, dinero, con el trabajo de quienes son como nosotros, esos burladores en haciendas, ese es nuestro deber de honra, si nosotros queremos que nos llamen hombres de vida bue na y en verdad buenos habitantes del pueblo 9.

 

 
Neozapata 2007, por Rocha, Proceso, México



Notas

[1] General Emiliano Zapata (Fragmento de la carta dirigida a Woodrow Wilson presidente de EEUU de 23 de agosto de 1914). 
[2] Jesús Sotelo Inclán.
[3] André Breton.
[4] Un agente norteamericano.
[5] Carta al presidente Wildon, op. Cit.
[6] Octavio Paz.
[7] Carlos Fuentes (Prólogo al libro Los indios de México de Fernando Benítez).
[8] Relación de los hechos que dieron por resultado la muerte de Emiliano Zapata, jefe de la rebelión del sur. Zapata iconografía F.C E.
[9] General Emiliano Zapata. Jefe del Ejercito de Liberación Nacional; segundo manifiesto en Náhuatl.





Courtesy of ENTELEQUIA, N.º 2, Otoño 2006
Publication date of original article: 25/10/2006
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