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 22/05/2013 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 USA & CANADA 
USA & CANADA / ¡Debacle! Dos guerras en el Gran Medio Oriente revelaron la debilidad de la superpotencia global
Date of publication at Tlaxcala: 08/01/2012
Original: Debacle! How Two Wars in the Greater Middle East Revealed the Weakness of the Global Superpower

¡Debacle! Dos guerras en el Gran Medio Oriente revelaron la debilidad de la superpotencia global

Tom Engelhardt

Translated by  Germán Leyens
Edited by  TLAXCALA ΤΛΑΞΚΑΛΑ ТЛАКСКАЛА تلاكسكالا 特拉科斯卡拉

 

Iba a ser la guerra que establecería el imperio como una realidad usamericana. Resultaría en mil años de Pax Americana. Debía ser una “misión cumplida” desde el principio al fin. Y entonces, claro está, no fue así. Y luego, casi nueve funestos años después, se acabó (más o menos).

Fue la Guerra de Iraq y USA fue el visitante no invitado que no quería regresar a casa. En el último segundo, a pesar de la repetida promesa del presidente Obama de que todas las tropas usamericanas iban a partir, a pesar de un acuerdo firmado por el gobierno iraquí con el gobierno de George W. Bush en 2008, los comandantes militares de USA siguieron cabildeando y Washington siguió negociando para que entre 10.000 y 20.000 soldados usamericanos permanecieran en el país como consejeros y entrenadores.
 
Sólo cuando los iraquíes simplemente se negaron a garantizar a esos soldados inmunidad contra la ley local los últimos usamericanos comenzaron a cruzar la frontera hacia Kuwait. Sólo entonces los máximos funcionarios de USA comenzaron a saludar lo que nunca habían querido: el fin de la presencia militar usamericana en Iraq, como si marcara una era de “logros”. También comenzaron a elogiar como si fuera un triunfo su propia “decisión” de partir y proclamaron que los soldados partían con –dijo el presidente– “sus cabezas bien altas”.
 
En la ceremonia final de arriar la bandera en Bagdad, claramente celebrada para el consumo interno en USA y con buena asistencia del cuerpo de prensa usamericana y no de funcionarios iraquíes o de los medios locales, el secretario de Defensa Leon Panetta habló del logro del “éxito decisivo”. Aseguró a los soldados que partían que habían sido una “fuerza impulsora de un progreso notable” y que podían abandonar orgullosamente el país “seguros de saber que vuestro sacrificio ha ayudado al pueblo iraquí a comenzar un nuevo capítulo en la historia, libre de tiranía y pleno de esperanza de prosperidad y paz”. Más adelante en su viaje por el Medio Oriente, al hablar sobre el coste humano de la guerra, agregó: “Pienso que el precio valió la pena”.
 
Por fin los últimos de esos soldados realmente “regresaron a casa” – si la palabra “casa” es suficientemente amplia para incluir no solo bases en USA, sino también guarniciones en Kuwait, en otros sitios en el Golfo Pérsico, y temprano o más tarde en Afganistán.
 
El 14 de diciembre en Fort Bragg (Carolina del Norte), el presidente y su esposa dieron una bienvenida conmovedora a los veteranos de guerra retornados de la 82 División Aerotransportada y otras unidades. Algunos portaban pintorescas boinas color marrón, y también vitorearon de modo pintoresco al hombre que otrora dijo que la guerra era “estúpida”. Pensando indudablemente en su campaña en 2012, el presidente Obama también habló emotivamente de “éxito” en Iraq y de “beneficios”; de su orgullo por los soldados, de la “gratitud” del país hacia ellos, de los espectaculares logros así como de los días duros vividos por “la mejor fuerza combatiente en la historia del mundo”, y de los sacrificios hechos por nuestros “guerreros heridos” y “héroes caídos”.
 
Elogió “un extraordinario logro gestado en nueve años” y describió su partida como sigue: “Por cierto, todo lo que los soldados usamericanos han hecho en Iraq –todos los combates y todas las muertes, el desangramiento y la construcción, el entrenamiento y la cooperación– todo ello ha llevado a este momento de éxito… Dejamos atrás un Iraq soberano, estable e independiente, con un gobierno representativo elegido por su pueblo.”
 
Y estos temas –incluidos los “beneficios” y los “éxitos”, así como el orgullo y la gratitud que supuestamente deben sentir los usamericanos hacia sus tropas– fueron recogidos por los medios y diversos expertos. Al mismo tiempo, otras noticias destacaban la posibilidad de que Iraq estuviera cayendo en un nuevo infierno sectario, alimentado por unas fuerzas armadas creadas por USA pero en su mayor parte chiíes, en un país en el cual los ingresos por el petróleo apenas excedieron los niveles de la era de Sadam Husein, en una capital que todavía tiene sólo unos pocas horas de electricidad por día y que se vio rápidamente afectada por una serie de atentados con bombas y por suicidas de un grupo afiliado a al Qaida (inexistente antes de la invasión de 2003), incluso mientras aumentaba la influencia de Irán y la de Washington se desgastaba en silencio.

Una sociedad consumista en guerra

Es verdad que, si se buscaran victorias a bajo coste en una guerra de casi un millón de millones de dólares, esta vez, como señalaron diversos periodistas y expertos, los diplomáticos de USA no se apresuraban a tomar el último helicóptero desde el techo de la embajada en medio del caos y de barriles de dólares en fuego. En otras palabras, no fue Vietnam y, como todos saben, ésa fue una derrota. De hecho, como señalaron otros artículos, nuestra retirada –no se ha encontrado una palabra mejor– fue una magnífica proeza de ingeniería inversa, digna de una fuerza que no tuvo igual en el planeta.
 
Incluso el presidente lo mencionó. A fin de cuentas, después de haber llevado lo que parecía ser gran parte de USA a Iraq, abandonarlo no era una tarea desdeñable. Cuando los militares de USA comenzaron a despojar las 505 bases que habían construido en ese país al coste de cantidades multimillonarias desconocidas de dinero público, abandonaron equipamiento ya no deseado por valor de 580 millones de dólares en manos iraquíes. Y, a pesar de ello, todavía lograron embarcar a Kuwait, a otras guarniciones en el Golfo Pérsico, a Afganistán e incluso a pequeñas ciudades en USA, más de dos millones de artículos que iban de chalecos a prueba de bala a inodoros portátiles. Estamos hablando del equivalente de 20.000 camiones repletos.
 
No es sorprendente, considerando la sociedad de la que provienen, que los militares de USA libren un estilo de guerra de consumo intensivo y, por ello, sólo en términos comerciales, la partida de Iraq fue una retirada memorable. Tampoco debemos olvidar los trofeos que se llevaron los militares, incluida una vasta base de datos de impresiones digitales y de escaneos de retinas de aproximadamente un 10% de la población iraquí. (Un programa similar sigue existiendo en Afganistán.)
 
En cuanto al “éxito”, Washington tuvo mucho más que eso. Al fin y al cabo, planea mantener una embajada en Bagdad tan gigantesca que deja pequeña a la embajada en Saigón de 1973. Con un contingente de entre 16.000 y 18.000 personas, incluida una fuerza de posiblemente 5.000 mercenarios armados (suministrados por contratistas privados de seguridad como Triple Canopy con su contrato del Departamento de Estado por 1.500 millones de dólares), la “misión” empequeñece cualquier definición normal de “embajada” o “diplomacia”.
 
Sólo en 2012, está previsto que gastarán 3.800 millones de dólares, un tercio de eso en un muy criticado programa de entrenamiento de la policía, sólo un 12% de lo cual llegará efectivamente a la policía iraquí.
 
A pesar de todo, dejando de lado los eufemismos y la retórica reverberante, y si se quiere como simple medida de la profundidad de la debacle de USA en el corazón petrolífero del planeta, hay que considerar cómo abandonó Iraq la última unidad de la tropa usamericana. Según Tim Arango y Michael Schmidt del New York Times, salió a las 2:30 de la madrugada en medio de la noche. Ningún helicóptero desde los techos, sino 110 vehículos que salieron a oscuras de la Base Adder de Operación de Contingencia. El día antes de su partida, según los periodistas del Times, se ordenó a los intérpretes de la unidad que llamaran a funcionarios iraquíes locales y a jeques con los que los usamericanos tenían estrechas relaciones e hicieran planes para el futuro, como si todo continuara su ritmo usual en la semana por venir.
 
En otras palabras, se quería que los iraquíes despertaran la mañana después y vieran que sus compañeros extranjeros se habían ido, sin siquiera despedirse. Da una idea de la confianza que la última unidad usamericana sentía hacia sus mejores aliados locales. Después de ‘Conmoción y Pavor’, la toma de Bagdad, el momento de la misión cumplida, y la captura, juicio y ejecución de Sadam Husein, después de Abu Ghraib y la sangría de la guerra civil, después de la ‘oleada’ y el movimiento del Despertar Suní, y de los dedos marcados con tinta púrpura y los fondos de reconstrucción desaparecidos, después de todas las matanzas y los muertos, los militares de USA se escabulleron hacia la oscuridad sin una palabra.
 
Sin embargo, si necesitáramos una o dos palabras para describir todo el asunto, algo menos elegantes que las que circulan en la actualidad, “debacle” y “derrota” podrían satisfacer los requisitos. Los militares de la autoproclamada mayor potencia del planeta Tierra, cuyos dirigentes consideraron un día que la ocupación del Medio Oriente sería la clave para la futura política global y planificaron el mantenimiento de tropas en Iraq durante generaciones, tuvieron que salir corriendo. Debería haberse considerado algo bastante asombroso.
 
Si se considera directamente lo que pasó en Iraq se sabrá que estamos en un nuevo planeta.

Redoblando la debacle

Por cierto, Iraq fue sólo una de nuestras invasiones-convertidas-en-contrainsurgencias-convertidas-en-desastres. La otra, que comenzó primero y continúa, puede resultar ser la mayor debacle. Aunque menos costosa hasta ahora en vidas usamericanas y tesoro nacional, amenaza con convertirse en la más decisiva de las dos derrotas, a pesar de que las fuerzas que se oponen a los militares de USA en Afganistán siguen siendo un conjunto mal armado, relativamente débil, de resistentes minoritarios.
 
Por grande que haya sido la hazaña de crear la infraestructura para una ocupación militar y la guerra en Iraq y luego equipar y abastecer a una masiva fuerza militar en ese país año tras año, no fue nada en comparación con lo que USA tuvo que hacer en Afganistán. Algún día, la decisión de invadir ese país, ocuparlo, construir más de 400 bases, llevar otros 60.000 o más soldados, masas de contratistas, agentes de la CIA, diplomáticos y otros funcionarios civiles, y luego presionar a un débil gobierno local para que permitiera que USA se quedara más o menos perpetuamente, será interpretada como acciones ilusorias de un Washington incapaz de evaluar los límites de su poder en el mundo.
 
Hablando de curvas de aprendizaje: después de ver el fracaso de su país en una gran guerra en el continente asiático tres décadas antes, los dirigentes de USA se convencieron de alguna manera de que nada estaba fuera de la gesta militar de la “única superpotencia”. De modo que enviaron a más de 250.000 soldados usamericanos (junto con todos esos Burger Kings, Subways y Cinnabons) a dos guerras terrestres en Eurasia. El resultado ha sido otro capítulo en una historia de derrotas usamericanas – esta vez de una potencia que, a pesar de sus pretensiones, no sólo era más débil que en la era de Vietnam, sino mucho más débil de lo que sus dirigentes eran capaces de imaginar.
 
Se pensaría que, después de ver el desarrollo de esa doble debacle durante una década, podría haber una estampida a fondo hacia las salidas. Y, sin embargo, no se prevé que la reducción de las tropas de “combate” de USA en Afganistán se complete hasta el 31 de diciembre de 2014 (y se planea que se queden miles de consejeros, entrenadores y fuerzas de operaciones especiales); el gobierno de Obama sigue negociando febrilmente con el gobierno del presidente afgano Hamid Karzai un acuerdo que –sean cuales sean los eufemismos elegidos– permita el estacionamiento de guarniciones durante años; y, como en Iraq en 2010 y 2011, comandantes usamericanos están cabildeando abiertamente a favor de un programa de retirada todavía más lento.
 
De nuevo como en Iraq, de cara a lo obvio, la palabra oficial no podría ser más aterciopelada. A mediados de diciembre, el secretario de Defensa Leon Panetta dijo a soldados usamericanos de primera línea en ese país que estaban “ganando” la guerra. Nuestros comandantes allí siguen alardeando de “progreso” y “beneficios”, así como de un debilitamiento del control de los talibanes en el área central de los pastunes en Afganistán meridional, gracias a la inundación de la región con tropas usamericanas y continuos y devastadores ataques nocturnos de las fuerzas de operaciones especiales de USA.
 
No obstante, la verdadera historia en Afganistán sigue siendo lúgubre para una distorsionada ex superpotencia –como lo ha sido desde que su ocupación resucitó a los talibanes, el movimiento popular menos popular imaginable. Típicamente, la ONU calculó recientemente que “eventos relacionados con la seguridad” en los primeros 11 meses de 2011 aumentaron un 21% por sobre el mismo período en 2010 (la OTAN lo desmintió). De la misma manera, se están lanzando aún más recursos en un interminable esfuerzo por fortalecer y entrenar a fuerzas de seguridad afganas. Se invirtieron casi 12.000 millones de dólares en el proyecto en 2011 y se estima una suma similar para 2012 y, sin embargo, esas fuerzas todavía no pueden operar independientemente ni combaten de un modo particularmente eficaz (aunque sus oponentes talibanes tienen pocos problemas semejantes).
 
Policías y soldados afganos siguen desertando en masa y el general usamericano a cargo de la operación de entrenamiento sugirió el año pasado que, para tener la menor probabilidad de éxito, ésta tendría que ampliarse hasta por lo menos 2016 o 2017. (Olvidad por un momento que un gobierno afgano empobrecido será incapaz de apoyar o financiar las fuerzas que se creen como resultado.)
 
Los talibanes, de base pastuna, se han replegado, como toda fuerza guerrillera clásica, ante las abrumadoras fuerzas armadas de una gran potencia, pero es obvio que todavía tienen un control significativo sobre el campo en el sur, y durante el año pasado sus actos de violencia se han extendido cada vez más profundamente hacia el norte no pastún. Y si las fuerzas de USA en Iraq no confían en sus socios locales en el momento de partir, los usamericanos en Afganistán tienen muchos motivos para sentirse mucho más nerviosos. Afganos en uniformes de la policía o del ejército –algunos entrenados por los usamericanos o la OTAN, otros posiblemente guerrilleros talibanes vestidos de uniformes comprados en el mercado negro– han vuelto regularmente sus armas contra sus aliados putativos en lo que se refiere como “violencia verde contra azul”. A fines de 2011, por ejemplo, un soldado del ejército afgano disparó y mató a dos soldados franceses. Poco antes, varios soldados de la OTAN fueron heridos cuando un hombre en uniforme del ejército afgano abrió fuego contra ellos.
 
Mientras tanto, la cantidad de tropas de USA comienza a disminuir; por cierto, sus aliados de la OTAN parecen inestables; y los talibanes, a pesar de sus vicisitudes, indudablemente sienten que el tiempo está de su parte.

Dependencia de la gentileza de extraños

Por débiles que parezcan los diversos grupos que componen los talibanes, no cabe la menor duda de que se preparan para sobrevivir exitosamente a la mayor potencia militar de nuestros tiempos. Y, cuidado, nada de esto hace más que tocar la debacle en la que se podría convertir la Guerra Afgana. Si se quiere juzgar la dimensión de la demencia de la guerra usamericana (y medir el desvanecimiento del poder global de USA), ni siquiera vale la pena mirar a Afganistán. En su lugar, hay que estudiar las líneas de abastecimiento que conducen a ese país.
 
Al fin y al cabo, Afganistán es un país en Asia Central sin salida al mar. USA está a miles de kilómetros de distancia. No existen gigantescos puertos con bases como en la Bahía Cam Ranh en Vietnam del Sur en los años sesenta, para llevar aprovisionamiento. Para Washington, aunque los guerrilleros a los que se opone van a la guerra con poco más que la ropa que llevan puesta, sus propios militares son otra cosa. Desde comidas a blindaje corporal, suministros para la construcción a municiones, necesita un masivo –y muy costoso– sistema de suministros. También tragan combustible como borrachos alcohol y han gastado más de 20.000 millones de dólares por año en Afganistán e Iraq sólo en aire acondicionado.
 
Para mantenerse en buenas condiciones, deben depender de enrevesadas líneas de aprovisionamiento de miles de kilómetros. Por este motivo, USA no es el árbitro de su propia suerte en Afganistán, aunque parece que esto ha pasado inadvertido durante años.
 
De todas las guerras poco prácticas que puede librar un imperio en decadencia, la afgana puede ser la menos práctica de todas. Hay que reconocer que en el caso de la Unión Soviética, por lo menos su “herida sangrante” –el calificativo que usó Mijail Gorbachov al hablar de su debacle afgana en los años ochenta– estaba convenientemente cerca. Para los casi 91.000 soldados usamericanos que están ahora en ese país, sus 40.000 homólogos de la OTAN y miles de contratistas privados, los suministros que posibilitan la guerra sólo pueden llegar a Afganistán por tres caminos: tal vez un 20% llega por aire a un coste astronómico; más de un tercio llega por la ruta más corta y barata, a través del puerto paquistaní de Karachi, por camión o tren hacia el norte, y luego por camión pasando por estrechos desfiladeros en las montañas; y tal vez un 40% (sólo permiten suministros “no letales”) a través de la Red de Distribución del Norte (NDN).
 
La NDN fue completamente desarrollada sólo a principios de 2009, cuando quedó claro tardíamente en Washington que Pakistán posee un control potencial sobre el esfuerzo bélico usamericano. Atravesando por lo menos 16 países y utilizando casi todo medio de transporte imaginable, la NDN incluye realmente tres rutas, dos de ellas a través de Rusia, que transportan prácticamente todo a través del cuello de botella del corrupto y autocrático Uzbekistán.
 
En otras palabras, sólo para librar su guerra, Washington ha tenido que depender de la gentileza de extraños, en este caso, Pakistán y Rusia. Una cosa es cuando una superpotencia o gran potencia en ascenso echa su suerte con países que podrán no ser aliados naturales y otra muy diferente cuando lo hace una potencia en decadencia. Los dirigentes rusos ya hacen ruidos sobre la viabilidad de la ruta septentrional si USA sigue contrariándolos sobre la ubicación de su eventual sistema europeo de defensa de misiles.
 
Pero el psicodrama más inmediato de la Guerra Afgana se encuentra en Pakistán. Allí, la masiva operación de reabastecimiento ya causa un importante escándalo. Se estimó, por ejemplo, que en 2008 un 12% de todos los suministros que iban de Karachi a la Base Aérea Bagram se perdieron en algún sitio en el camino. En lo que el jefe de policía de Karachi llamó “la madre de todos los timos”, 29.000 embarques de suministros usamericanos han desaparecido una vez descargados en ese puerto.
 
De hecho, todo el sistema de suministro –junto con la seguridad local y los acuerdos de protección y los sobornos a diversos grupos que forman parte integral de ellos en ruta– ha ayudado evidentemente a financiar y abastecer a los talibanes, así como a surtir todos los bazares en el camino y apoyar a señores de la guerra locales y a pillos de todo tipo.
 
Recientemente, en respuesta a ataques aéreos que mataron a 24 de sus soldados fronterizos, la dirigencia paquistaní obligó a los usamericanos a abandonar la base aérea Shamsi, donde la CIA realizaba algunas de sus operaciones de drones, presionó a Washington para que detuviera por lo menos transitoriamente su campaña aérea de drones en las áreas fronterizas de Pakistán y cerró los cruces en las fronteras por los cuales debe pasar todo el sistema de abastecimiento usamericano. Siguen cerrados casi dos meses después. A largo plazo, la guerra usamericana simplemente no puede librarse en esas condiciones.
 
Aunque es probable que esos cruces se reabran después de una importante renegociación de las relaciones entre USA y Pakistán, el mensaje no podría ser más obvio. Las guerras en Iraq y Afganistán, así como en esas áreas fronterizas de Pakistán, no sólo han afectado el tesoro de USA, sino que han sacado a la luz la relativa impotencia de la “única superpotencia”. Hace diez (o incluso cinco) años, los paquistaníes simplemente no se hubieran atrevido a tomar decisiones semejantes.
 
El poder de los militares usamericanos era amenazadoramente impresionante, pero sólo hasta que George W. Bush apretó dos veces el gatillo. Al hacerlo, reveló al mundo que USA no podía ganar guerras terrestres distantes contra enemigos minimalistas o imponer su voluntad a dos países débiles en el Gran Medio Oriente. También sacó a la luz otra realidad, incluso si tardó en comprenderse: ya no vivimos en un planeta en el cual es obvio cómo convertir inmensas ventajas en tecnología militar en cualquier otro tipo de poder.
 
En el proceso, todo el mundo pudo ver lo que es USA: la otra potencia de la Guerra Fría en decadencia. El estado de dependencia de Washington en el continente eurasiático es ahora suficientemente claro, lo que quiere decir que, sean cuales sean los “acuerdos” a los que se llegue con el gobierno afgano, el futuro en ese país no es usamericano.
 
Durante la última década, USA ha recibido una lección repetitiva cuando se trata de guerras terrestres en el continente eurasiático: no las inicie. Esta vez, la debacle de la inminente doble derrota no podría ser más obvia. La única pregunta que sigue existiendo es hasta qué punto será humillante la futura retirada de Afganistán. Mientras más tiempo se quede USA, más devastador será el golpe a su poder.
En principio no debiera ser necesario decir todo esto y, sin embargo, al comenzar 2012, con la temporada política que se aproxima, no es menos dolorosamente obvio que Washington será incapaz de terminar pronto la Guerra Afgana.

En el punto álgido de lo que parecía ser un éxito en Iraq y Afganistán, funcionarios usamericanos se inquietaron interminablemente sobre cómo, por utilizar la frase condescendiente del momento, poner una “cara afgana” o una “cara iraquí” a las guerras de USA. Ahora, en un momento nadir en el Gran Medio Oriente, tal vez sea finalmente hora de poner una cara usamericana a las guerras de USA: verlas claramente como las debacles imperiales que han sido y actuar en consecuencia. 





Courtesy of Rebelión
Source: http://www.tomdispatch.com/blog/175484/
Publication date of original article: 03/01/2012
URL of this page: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=6565

 

Tags: Estados UnidosEEUUPakistánIraqAfganistánAl QaidaLeon PanettaGuerra de VietnamBarack Obama
 

 
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