¿Qué les parece si ocupásemos el lenguaje? Ésta es la pregunta que se hace –y nos hace– en el New York Times H. Samy Alim, director del Centro sobre raza, identidad étnica y lenguaje, de la Universidad de Stanford, en California.

Alim parte de una constatación muy sencilla: en pocos meses el verbo “ocupar” –aunque quizá sea más apropiado y claro que utilicemos su equivalente inglés
occupy– ha cambiado de significado. “A principios de septiembre, ‘ocupar’ aludía en USA a incursiones militares. Ahora significa protesta política con carácter progresista. Ya no se refiere al poderío militar, sino al hecho de enfrentarse a la injusticia, la desigualdad y los abusos de poder. Es mucho más que simplemente ocupar un espacio: es
transformar ese espacio.” Por eso, hasta cierto punto, prosigue Alim haciendo referencia a su experiencia de antropólogo y lingüista, el movimiento Occupy Wall Street ha ocupado el lenguaje.
Pero, añade, ¿qué pasaría si nos tomásemos la ocupación del lenguaje como algo más que el lenguaje del movimiento Occupy y empezásemos a considerarla como un movimiento en sí mismo? Y propone algunas posibles respuestas a esta pregunta: por ejemplo, escribe, “Occupy Language” podría iniciar campañas contra el uso por parte de los medios de términos peyorativos y discriminatorios para designar a los inmigrantes sin papeles. Pero de manera más general, según Alim, “Occupy Language” podría convertirse en un “movimiento lingüístico crítico y progresista, capaz de denunciar el uso del lenguaje como instrumento de control social, político y económico”.

Mary Beard, historiadora británica de la antigüedad, parte asimismo de una pregunta en la
New York Times Review of Books: ¿tiene futuro el estudio de las culturas griega y latina? La catedrática en Cambridge se apresura a añadir que tal pregunta no es nada original, puesto que el pasado noviembre la UNESCO recibió una petición internacional para que las lenguas griega y latina sean declaradas “patrimonio intangible de la humanidad” y deban conservarse y protegerse. (Comentario de Beard: “No sé si es una buena idea que consideremos las lenguas clásicas como una especie en vías de extinción, pero de lo que sí estoy segura es de que parece bastante arriesgado confiar su protección –como propone el documento– al gobierno italiano, ya que Mario Monti tiene demasiadas cosas en qué pensar”).
El hecho es que, en realidad, de acuerdo con esta científica, hace siglos que la pregunta dejó de ser original, dado que “las letras clásicas están por definición en decadencia”. “También durante eso que hoy llamamos el Renacimiento –observa Beard– los humanistas libraron una batalla desesperada para salvar a los clásicos del olvido”. Según ella, no se trata de contar el número de personas que hoy estudian griego y latín en el mundo, sino más bien de saber cuántas son las que consideran el estudio del griego y el latín como una competencia importante, digna de que la tomemos en serio y a la que, por lo tanto, sea justo dedicarle recursos económicos.
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