En Turquía, el país donde todos anhelaban la celebración de debates públicos como preludio a la escritura de una nueva Constitución, las recientes oleadas de detenciones han impuesto el silencio. Las inculpaciones y los encarcelamientos son el martillo invisible del sistema contra las voces disidentes.

Ragıp Zarakolu y Büşra Ersanlı
Al final de una larga entrevista aparecida el pasado mes de julio en la edición de la revista
Express, los periodistas Siren İdemen y Yücel Göktürk le espetan a Orhan Gazi Ertekin, copresidente de la Asociación de Jueces Democráticos de Turquía: “Por ejemplo, a usted podrían fácilmente hacerlo pasar por un miembro de la organización ultraizquierdista
Devrimci Karargah (Cuartel General Revolucionario)…”
“Por supuesto, es como una lotería”, respondió Ertekin. “Lo único que se necesita es tener poder. Cuando uno tiene poder puede lograr que Hanefi Avcı (un ex policía de alto grado, bien conocido como torturador de prisioneros izquierdistas) pase por ser un miembro de Devrimci Karargah. Lo que uno haga o deje de hacer carece de importancia, ya que lo que cuenta son las decisiones que ellos toman desde el poder.”
La lotería a la que hace referencia Gazi Ertekin –que escribió un libro titulado El problema judicial está resuelto sobre las enmiendas de la Constitución y las elecciones en el Consejo Superior de Jueces y Fiscales– sigue imperando en Turquía. El sistema ha machacado a sus adversarios con una nueva vuelta de tuerca: los acusa de delitos que ellos mismos considerarían insultantes, pues tacha de terroristas a políticos kurdos contrarios a la lucha armada; de “antisistema” a los periodistas que tratan de denunciar el Estado dentro del Estado y a un policía torturador de ser miembro de una organización de izquierda.
Además, 44 personas han sido puestas a disposición de la justicia acusadas de ser miembros de la organización terrorista Devrimci Karargah. Entre ellos se encuentra Ragıp Zarakolu, un esforzado editor cuyas únicas armas son los libros y la escritura, que se dedicó a proteger la libertad de expresión durante el período de silencio posterior al golpe de Estado publicando libros que nadie osaba publicar. También está Büşra Ersanlı, una profesora universitaria que nunca cede ante las dificultades y que siempre ha tratado de implicarse sin tomar partido por ninguna de las partes enfrentadas.
Si queremos desenmascarar el actual sistema, que repite sin cesar que “en Turquía no se detiene a nadie por delitos de pensamiento, todos los detenidos son terroristas” o que “no los detenemos por sus actividades periodísticas, sino por otros delitos”, vale la pena recordar las palabras de Ertekin en la entrevista: “El delito político ocupa un lugar privilegiado en la jurisprudencia, pues quien lo comete tiene garantizado el derecho al asilo. Ésa es la razón por la que se utilizan los argumentos del terror y el terrorismo: con ellos desacreditan a los detenidos.”
En la misma entrevista, Ertekin ofrece a los lectores la siguiente cita de Gramsci: “En el Oriente es difícil alcanzar el poder, pero puede mantenerse con facilidad. En cambio en Occidente es fácil alcanzar el poder, pero difícil de mantenerlo. […] Existe una realidad del poder en el Oriente que lo hace ilimitado: quien lo alcanza puede gobernar con total arbitrariedad.”
En los últimos diez años, el partido gobernante
AKP se ha apoderado de todos los centros del poder turco, incluido el militar. Y Ertekin añade: “La burocracia judicial en Turquía es una estructura desvertebrada y sin ninguna estabilidad que se adapta al poder político, que nunca pierde de vista al poder político”.
Lo peor es que la descripción del sistema judicial que hace Ertekin puede aplicarse a todas las estructuras del país, entre ellas la Universidad y los medios de comunicación. Y esa descripción tan precisa está implícita en la cita de Gramsci, pues si no hubiera estructuras blandas como ésas subordinadas al poder y en vez de ellas hubiera entidades establecidas capaces de limitarlo, el poder no sería capaz de “gobernar de manera arbitraria” en Turquía.
La capacidad de gobernar de manera arbitraria es un concepto clave a tener en cuenta para analizar las operaciones judiciales que han tenido lugar en Turquía en fechas recientes; por ejemplo, la llevada a cabo contra la Confederación de los Pueblos del Kurdistán (
KCK), que no se diferencia en nada de otras operaciones: la de la Red
Ergenekon o el caso
Balyoz.
Los focos de resistencia en el “Estado dentro del Estado” quedaron fuera de combate tras las redadas contra Ergenekon; a su vez, los focos de resistencia en el estamento militar quedaron infiltrados y neutralizados tras las redadas contra Balyoz. Hoy se está repitiendo el mismo esquema contra el movimiento kurdo.
Pero esta vez las posibilidades de éxito son nulas, ya que contrariamente a lo sucedido en operaciones anteriores, los kurdos no forman parte del sistema ni tampoco lo pretenden. Su posición es mucho más radical: quieren cambiar el sistema por otro más justo, libre y participativo. Los kurdos tienen ideales y el sistema no puede compensarles sus derrotas con dinero o con prebendas.
Cuando este plan imposible se haya completado, el sistema no se habrá salido con la suya y la hoguera kurda seguirá ardiendo. Turquía seguirá buscando una solución al problema y lamentará el haber perdido tantos años… porque hay dos problemas todavía más importantes. En primer lugar, los supuestos delitos que se imputan a los kurdos y las detenciones practicadas no parecen funcionar según el principio de la “lotería” que Ertekin mencionó en Express: el sistema sabe muy bien lo que hace.
En segundo lugar, cuando el país esperaba poder iniciar un diálogo en libertad sobre la nueva Constitución, las oleadas de detenciones han impuesto el silencio y funcionan como un martillo invisible de la disidencia. En una situación así, unos cuantos personajes que desde su posición de periodistas o expertos ejercen funciones policiales presentan las ideas más inconcebibles como si fuesen razonables.
Las inculpaciones de respetadas figuras de la vida pública que todo el mundo considera sin tacha ayudan al sistema totalitario en su afán de imponer silencio: “Callaos si no queréis que mi mano caiga sobre vosotros”. La autocensura, la más solapada y peligrosa de las formas de silenciamiento, entra en juego.
Solía decirse que la sociedad civil es enemiga de los militares. Ahora, la sociedad civil se ha convertido en enemiga del Estado y si todavía podemos pasear libremente por las calles se debe a la benevolencia de éste, porque en Turquía todo el mundo es culpable hasta que se demuestre lo contrario.