Para África, liberarse del imperialismo es el objetivo primordial. Tratar las negociaciones sobre el cambio climático de manera aislada, como tienden a hacer los activistas de izquierda, entraña una peligrosa falta de visión.
¿Por qué la izquierda ecologista ha fracasado en su intento de forzar a los gobiernos a cambiar de política? Una respuesta, útil para consolarse, dice que el punto de vista de los activistas de izquierda en torno al cambio climático no es realizable a corto plazo, que el cambio climático exige un proyecto a largo plazo. Esta explicación, desgraciadamente, no es consoladora, es un autoengaño. La realidad es que la izquierda no sabe qué quiere hacer respecto al cambio climático.
Esto puede apreciarse en un aspecto particular del problema: la relación entre el norte y el sur. Entre la izquierda, especialmente en Occidente, reina una gran confusión sobre la visión del sur en torno al cambio climático. Para la gente del sur es un asunto relevante, pero es uno más entre otros, aún más urgentes, que tienen que ver con la supervivencia más inmediata. Una familia rural de Uganda, por ejemplo, a menudo sostenida por una mujer de edad avanzada cuyos hijos mayores han marchado a la ciudad en busca de trabajo, a la hora de elegir entre proteger el bosque o cortar los árboles para disponer de combustible y cubrir necesidades urgentes no querrá recibir consejos de los activistas climáticos.
Las necesidades básicas para la supervivencia –acceso a los alimentos, agua, vivienda y energía barata– son las preocupaciones diarias, constantes, de la mayoría de la población del sur, incluidos países grandes como India y China. Se podría alegar que eso es lo que quiere la gente en todo el mundo, en EE.UU. y en Alemania no menos que en Egipto o Sudáfrica. Cierto, pero hay enormes diferencias. Es un lugar común señalar que EE.UU. y Alemania son países industrializados, mientras que Egipto y Sudáfrica son, a lo más, países semiindustrializados.

Pedro Suarez
Pero hay algo aún más fundamental que lo económico. La diferencia esencial es política. EE.UU. y Alemania son países independientes, el pueblo lucha allí contra sus propios gobiernos. Egipto y Sudáfrica, por el contrario, son neocolonias. Allí el pueblo está aún luchando por liberarse de las garras del imperialismo. Luchan contra sus gobiernos (como en la plaza Tahrir), pero tras esos gobiernos se encuentra el poder norteamericano, europeo y japonés, es decir, el poder imperial. Este hecho nunca ha acabado de ser entendido por la izquierda de Occidente o por sus diversas expresiones en África.
Una mayor claridad de ideas en torno a este asunto se está produciendo, irónicamente, a consecuencia de los recientes sucesos en Europa derivados de la crisis económica y financiera. El pueblo griego se ha echado a las calles con el propósito de combatir al gobierno y sus medidas de austeridad, para al final descubrir, por la fuerza de la experiencia, que están luchando contra poderes más grandes, representados por el Banco Central Europeo, la burocracia europea y el Fondo Monetario Internacional. Los africanos han tenido una experiencia similar debido a décadas de “programas de ajuste estructural” y medidas de austeridad impuestas por el FMI, y a los créditos FAD, eufemísticamente llamados “ayuda al desarrollo”. En realidad, el capital imperial ha estado estafando a África desde su partición por los colonizadores europeos tras la fatídica Conferencia de Berlín, en 1884. Para África, liberarse del imperialismo es el objetivo primordial. Tratar las negociaciones sobre el cambio climático de manera aislada, como tienden a hacer los activistas de izquierda, entraña una peligrosa falta de visión.
Los activistas africanos de izquierda que en relación al cambio climático hacen causa común con la izquierda del Imperio deberían observar el paisaje al completo. “Conócete a ti mismo” parece una simple máxima, pero aquí esconde una profunda crisis de identidad de “la izquierda”. La izquierda africana ha de saber de dónde viene y hacia dónde ha de ir.