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 22/05/2019 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 EDITORIALS & OP-EDS 
EDITORIALS & OP-EDS / Salvemos la catedral del corazón
Carta de un cura de campo
Date of publication at Tlaxcala: 19/04/2019
Original: Sauvons la cathédrale du cœur
Lettre d'un curé de campagne

Translations available: Italiano 

Salvemos la catedral del corazón
Carta de un cura de campo

Lundi Matin

Translated by  Cristina Santoro
Edited by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

El sitio Lundi matin recibió este emotivo texto escrito por un cura de campo de paso por París. Conmocionado, hace un llamado para que Notre-Dame-de-París sea dejada tal cual, arrancada de las manos a los predadores por las llamas del incendio y finalmente, sea devuelta al pueblo y a su uso libre.

 Foto Bernard Chevalier

Hermanas y hermanos,

Ayer, Notre-Dame de París se incendió.  En su tiempo, Cristo nos dio un ejemplo al echar a los mercaderes del templo. Hoy, los verdaderos cristianos deben echar a los mercaderes de templos del templo de su corazón. De no hacerlo, sucumbirán bajo las manipulaciones obscenas de especuladores de todo tipo: políticos, evasores del fisco, ranas de pila de agua bendita, incultos en búsqueda de raíces, o grupos de contaminadores, apurados por llevarse los laureles. Se debe recordar que las manos solo se tornan generosas en la medida de la gloria que obtienen, y estas palabras de verdad: "Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero" (Mt 6:24).

Qué contraste entre esa oscura artimaña, y el espectáculo solemne que las calles de París ofrecían ayer por la noche: la antigua pasión por el fuego nos reunía, y el silencio del recogimiento rondaba por la ciudad, un silencio de fuego que me hizo recordar al de los éxtasis pascuales, un silencio que ninguna pompa, ningún fondo común, ninguna donación eximida de impuestos podrá comprar nunca. Hemos vivido la grandeza de un momento en un tiempo puro, y cada uno, por poco que hubiera participado en esa gran comunión, ni siquiera el más indecente sacador de selfie, podía quedar indemne.

Sin embargo, hermanas y hermanos, les digo: es menos urgente reconstruir la catedral de piedra que salvar la catedral del corazón. Me sorprende verificar que los que echan a sus prójimos como si fueran granujas repitiéndoles que ellos no tienen ni un céntimo para ofrecer hacen brillar mareas de oro cuando se trata de la imagen de una capital poblada por el egoísmo, la codicia, las viviendas desocupadas, la persecución a los pobres y a los extranjeros, las diversiones frívolas. Me sorprende también ese activismo desenfrenado que los atrapó al conocer la noticia, y que en la misma situación el Rey David se hubiera cubierto el rostro de cenizas durante semanas, el Emperador de China se hubiera visto obligado a tres días de baños de agua bendita. Los que nos gobiernan, ¿no se preguntaron qué mano los había golpeado? ¿Son hasta ese punto necios que ni siquiera la catástrofe más inesperada se torna para ellos un presagio?  

La verdad, hermanas y hermanos, es que el Reino de los cielos está más cerca, hoy, de los habitantes sin vivienda de Notre-Dame-des-Landes que de los turistas que llenan el atrio de Notre-Dame-de Paris por obra y gracia de Airbnb. Víctor Hugo decía de la catedral que era un arte magnifico producido par vándalos: las maravillas del mundo han sido siempre antes chozas. ¿Cristo no nació en un establo?

Nuestro mundo sufre un mal y un orgullo inextirpable, el de la obstinación a no dejar morir nada, a no permitir que cambie nada. La historia tiene para nosotros el ritmo de la renovación. Pero, los enyesados sucesivos no tienen el único sentido de solidificar el verdadero movimiento, impedir todo tipo de renovación y conversión. Víctor Hugo agregaba que el arte olvidado de las catedrales fue asesinado por el academicismo. Ahora bien, el peligro que nos acecha hoy no es el de los pedantes apasionados por el latín o el griego. Es más grave y más apremiante. Tiene a su servicio a un ejército de consumidores de sonidos y de cámaras, desencadena tempestades de flashes y las sirenas de los transportes espéciales, reúne a los poderosos, a los ricos y a los amos del espectáculo en una lúgubre conspiración. Quiero hablar de la pulsión tetánica de conservar que atrapa a las almas, abrumadas por la evidencia enceguecedora de la catástrofe. Resumiendo, justamente no se debe, y pase lo que pase, ¡que el triunfo del siniestro Viollet-le-Duc, maestro de la arquitectura postiza se haga eterno!

Hermanas y hermanos, lo que realmente encarna para nosotros la catedral de París, que ayer finalmente nos fue devuelta, esta posibilidad de pensar y de vivir en este mundo, una posibilidad que los que nos gobiernen no poseen en lo absoluto.  Ayer, la catedral dejó de ser para nosotros esa vaga masa arquitectónica que se recorta a veces en las esquinas de ciertas calles, ese enésimo vejestorio tornado museo inscripto como "patrimonio de la humanidad", que uno solo visita por teléfono. Si los corazones de todos los parisinos se aquedaron sin voz frente al espectáculo del incendio, no que fue por contemplar impotentes la desaparición de una joya del turismo francés, sino porque nunca antes habían vivido a la catedral, a la que apenas rozaban todos los días. Todos los corazones murmuraban: "¡Eh, qué! ¡Y ahora nos quitan esta obra majestuosa, esta casa de Dios abandonada, ese legado del tiempo liberado a la más baja explotación por saqueadores bien vestidos, antes de que nosotros pudiéramos apropiarnos de ella, antes de que nos diéramos cuenta y le prestáramos atención, y que ni siquiera pudimos usarla!". Lo que nos quitaron, preso de las llamas, se tornaba común, el objeto de una lamentación común y de una cólera común.

Mientras recorría las callejuelas del barrio de la Huchette, las vastas veredas del puente de la Tournelle, andaba sinuosamente entre la multitud detenida por las explosiones de las brasas. Escuché una voz que exclamaba: « Es bello ». Y otra: «Me gustaría que no la reconstruyan nunca.» Yo no estaba muy lejos de darles la razón. El corazón, a veces, tiene necesidad de encontrarse en la aspereza del desierto. Este edificio, ¿estaría más vivo al ver la madera incendiada de su transepto que sirvió de alimento a las madreselvas, la isla de Saint-Louis viviendo un poco menos al ritmo de los turistas, los seres juntándose realmente a su entrada para hablar de su estado, mientras que los corazones secos de los soldados de infantería de la misión Centinela [patrullas antiterroristas, NdE] se alejaran un poco, y que esos lugares recuperaran tal vez algo sagrado?  Notre-Dame, finalmente arrancada a esos profanadores por medio de las brasas, podría entonces volver al pueblo que la usaría para abrigar a los pobres y a los exilados, cuidar a los enfermos y a los infelices, servir para revueltas sanas y dignas furias. Resumiendo: restablecer un rostro de justicia divina en este mundo.  

Las ruinas de la catedral, tornadas de uso popular, nos recordarían que las cosas pasan, le explicarían a los poderosos que por más que sea muy imponente o ridículo su reinado, que a todo le llega su fin, y que su mundo terminará en un abrazo sin gritos ni gemidos, un desmayo que alegrará los corazones como si fuera un fuego de alegría.

Si la catedral nos emociona, mis hermanas y hermanos, es también que ella nos recuerda que el pensamiento, la vida, y el trabajo no siempre fueron cosas diferentes, que   hubo un tiempo en el que las ruinas que uno producía no eran parkings subterráneos, latas de aluminio milenarias y vísceras de metros. Como lo dijo Víctor Hugo, la inteligencia humana tal vez un día cambió la arquitectura por la imprenta, eso la mató.  Pero, para los que ya pensaban ayer sacar provecho del desastre mientras que el fuego no había aún acabado su obra, el libro es desde hace mucho un espacio vacío, toda la inteligencia dejó de existir mientras que una vana Ambición sirve de Biblia. La catedral no hace un llamado a una salvación patrimonial digna de un Sísifo, destinada a terminar lacerada por la hipocresía de sus mecenas, sino que es testimonio de la urgencia en aprender a pensar y a vivir por medio de nosotros mismos, para abandonar la prisión de informaciones y de imágenes que nos separa, y reencontrar el poder expresivo de una producción colectiva, manual y duradera.

Un cura de campo que visita París

 





Courtesy of Tlaxcala
Source: https://lundi.am/Sauvons-la-cathedrale-du-coeur
Publication date of original article: 16/04/2019
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=25870

 

Tags: Incendio de Notre-DameDios y dineroIglesia de los pobres
 

 
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