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 20/02/2019 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
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 UNIVERSAL ISSUES 
UNIVERSAL ISSUES / ¿Hay una guerra “en” el cuerpo de las mujeres?
Finanzas, territorios y violencias
Date of publication at Tlaxcala: 03/02/2019
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¿Hay una guerra “en” el cuerpo de las mujeres?
Finanzas, territorios y violencias

Verónica Gago

 

¿Por qué nos matan? ¿Qué nos permitiría hablar de una guerra para denominar la escalada de muertes de mujeres (en más de un 80 por ciento a manos de amantes, novios, maridos o ex – amantes, ex – novios o ex – maridos)? Claramente no es una guerra en el sentido del enfrentamiento de dos bandos simétricos o bajo reglas claras de la contienda. Pero sí parece necesario calificar el tipo de conflicto que hoy, en Argentina al menos, implica la muerte de una mujer por día. Un número que se incrementó dramáticamente este año y que en el mes de abril, luego del Paro Internacional de Mujeres, alcanzó su máximo. Pensar desde la categoría de guerra como una economía específica es parte de la apuesta por las epistemologías cruzadas de la crítica de la economía que hoy nos convoca.

La noción de guerra, por otro lado, permite subrayar una dinámica de fuerzas en disputa y despejar nociones como la de “epidemia” u otras variantes de la patologización de los femicidios, con la consecuente culpabilización de la emergencia colectiva y callejera de las mujeres.

No podemos dejar de criticar cómo en argumentos de “racionalidad jurídica” se denuncia la “ineficacia preventiva” de las marchas masivas a la hora de analizar el aumento de asesinatos (ver Zaffaroni, 2017), mientras que desde los discursos “psi” se habla de una “ilusión” mimética de fuerza de las mujeres que las haría tomar actitudes de “empoderamiento” que las llevan a la muerte (ver “El efecto contagio de Ni Una Menos”, revista Noticias). Se trata de lenguajes especializados que sin embargo se propagan en los medios de comunicación y que refuerzan, desde un supuesto saber “experto”, dos puntos clave: la idea de una causalidad entre mayor movilización de las mujeres y mayor respuesta violenta a modo de castigo y, luego, que las mujeres por sí mismas son incapaces de poner freno a los femicidios.

Pensamos más bien la guerra en sintonía con la denuncia que hacía Rosa Luxemburgo: su uso para desarmar las luchas obreras. Sólo que en este caso, despojada del marco del estado nación, la guerra se actualiza bajo la perspectiva de las “nuevas formas de la guerra”, como les llama Rita Se­gato. Nuevas porque tienen en la violencia contra el cuerpo de las mujeres su texto privilegiado, conectando una dimensión colonial que es fundamental subrayar. Una dimensión que se expresa en los métodos propiamente coloniales de asesinato a las mujeres (como el empalamiento, pero también la cal y el descuartizamiento), pero también en el modo en que el “inconciente colonial”, como lo llama Suely Rolnik, opera devaluando el saber del cuerpo que las mujeres están valorizando en nuevas formas de sociabilidad y politización. Sólo así es posi­ble entender la intensa y creciente “pedagogía de la crueldad” –como también la conceptualiza Segato– de esta violencia “expresiva” (ya no sólo instrumental) que difunde una habilitación del abuso y obliga a replicar un mandato de masculinidad patriarcal. Pero agreguemos también que la novedad (es decir, su condición de actualidad) proviene del carácter reactivo, de respuesta misógina, a las formas crecientes y diversas de autonomía de las mujeres. Se conecta así con lo que Silvia Federici viene insistiendo y que es necesario llevar a investigaciones concretas: que el denominador común de la violencia contra las mujeres es la devaluación de la vida y del trabajo que la fase de globalización contemporánea impulsa. Por eso, ella habla de la institución de “un estado de guerra permanente”.

A partir de estas claves, es posible construir otra racionalidad de explicación para tales crímenes aberrantes. La hipótesis es que hoy la guerra contra las mujeres se expresa en cuatro escenas dilectas que están a la base de los femicidios, que son el sustrato de su producción anterior o, parafraseando a Marx, su acumulación originaria y que tienen, entre ellas, una lógica de conexión. Esta lógica de conexión está dada por las finanzas, cuya especificidad quisiera remarcar en este texto:

1.       la implosión de la violencia en los hogares como efecto de la crisis de la figura del varón proveedor y su desjerarquización derivada,  en relación a su rol en el mundo laboral.

2.      la organización de nuevas violencias como principio de autoridad en los barrios populares a partir de la proliferación de economías ilegales que reponen, bajo otras lógicas, formas de provisión de recursos.

3.      la desposesión y saqueo de tierras y recursos comunes que hacen a la vida comunitaria a manos de transnacionales, despojando de autonomía material a otras economías.

4.      la articulación de formas de explotación y extracción que tienen a la financierzación de la vida social –y en particular al dispositivo de la deuda– su código común.

Quisiera en este texto lo siguiente: primero, poder plantear la relación orgánica entre estas cuatro dimensiones (I); luego, volver sobre la caracterización de la “guerra” (II); y al final, el principio: ¿a qué tipo de fuerza responde esta ofensiva?, ¿en qué economías se inscribe la autonomía de las mujeres? Aquí me detendré en particular en las experiencias del paro de mujeres en Argentina (III). En este punto la guerra sufrirá un desplazamiento: porque hay guerra “en” el cuerpo de las mujeres es que hay guerra “contra” las mujeres.

 I.

 1.      La conexión de violencias

 La concentración de los enfoques sobre la violencia en la “violencia de género” tiene un efecto victimizante: las mujeres son unidimensionalizadas por el ataque que se les dirige. Su pasivización es completa porque se “aisla” justamente esa violencia. De ese modo, la violencia de género se ha convertido en una suerte de corset y confín: las mujeres no podemos salir de allí. Excepto bajo retóricas salvíficas de organizaciones que nos rescaten. La mayor parte del discurso sobre la trata o tráfico de mujeres tiene este enfoque. Tema auspiciado por las ong’s y elegido por las redes de financiamiento internacional con el auspicio espiritual de la iglesia, el paternalismo con que se aborda la explotación de mujeres deja completamente de lado: 1) una explicación en términos de explotación que no sea moralizante; 2) el complejo juego de deseo, cálculos de progreso y riesgo que las mujeres ponen en movimiento bajo diversas modalidades de migración; 3) al anularse así su racionalidad estratégica (con planes, frustraciones, re-cálculos, aprendizajes, sacrificios), se desestima todo saber en nombre de un paternalismo que actualiza, una y otra vez, la lógica colonial.

De modo similar a como sucede con lxs trabajadorxs migrantes, la noción de trata y esclavitud toman una parte por el todo. A partir de algún caso que se postula como emblemático y con imágenes capaces de impactar en la imaginación pública (un trabajador costurero esposado a la máquina de coser o una joven esposada a la cama), se busca explicar una sumisión intrínseca, de naturaleza, y anular así toda voluntad y racionalidad autónoma. La figura de la trata sintomatiza una figura que justamente buscamos combatir: la identificación sin fisuras de las mujeres con la víctima. Es ese “estereotipo” el que produce un discurso que cabe perfecto en las lógicas tutelares que aquí criticamos y que quiere encontrar su punto máximo en el femicidio. A eso se debe tanto énfasis en los relatos periodísticos de femicidios de describir a las mujeres como perfectas “víctimas”: cualquier elemento de decisión es anulado porque las volvería “sospechosas” de no encajar en esa figura. Lo mismo sucede con las mujeres migrantes: la retórica de la trata las despoja de su capacidad de asumir cualquier riesgo y cálculo, es decir, cualquier racionalidad.

Ahora, salir de esta perspectiva de la violencia como victimización no nos quita de encima el problema de la violencia ni mucho menos nos libra de entender su especificidad. Por el contrario: lo reubica. Se produce así un desplazamiento estratégico: es la intersección entre violencia de género y violencia económica y social lo que nos permite salir de la “tematización” de la violencia como “ghetto” de la perspectiva de género. Su especificidad emerge de esa conexión y no de un procedimiento de aislamiento. La especificidad está dada por la perspectiva situada que permite una comprensión del proceso como totalidad en movimiento o síntesis parcial.

Es la conexión lo que nos permite construir y movernos en un plano de comprensión, inteligibilidad y método que da sentido a la violencia como expresión de una trama que anuda el mundo del trabajo y la explotación de nuestras precariedades con las nuevas formas de explotación financiera que se montan más allá de los salarios. Es la conexión lo que explica la imposibilidad de autonomía económica como base de la inmovilidad en hogares que se vuelven un infierno; y también lo que permite ver la migración como una línea de fuga que vale la pena aun si los riesgos se hacen cada vez más altos.

Los modos reaccionarios –es decir: punitivistas, racistas y sexistas– con que el sistema político recodifica estas violencias, aliándose con formas para-estatales y para-legales de represión impulsan modalidades renovadas de contrainsurgencia que califican las nuevas formas de la guerra.

Diría entonces que la interseccionalidad entre 1) el mapeo del mundo del trabajo desde una clave feminista que permite dar otro estatus a las economías no asalariadas, 2) la emergencia de una ecología política desde abajo que pone en juego una comprensión no liberal de la tierra y los recursos en un sentido amplio porque emerge de las luchas a favor de la vida comunitaria y 3) las luchas por justicia –entendidas como una extensión del trabajo de cuidado colectivo, tal como lo ha señalado Selma James–, conforman la trama material de una crítica de las violencias actuales.

Esta interseccionalidad en Argentina ha sido producida en la práctica a través de dos experiencias masivas de paro, en menos de un año: el Paro nacional de Mujeres del 19 de octubre de 2016 y el Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo de 2017. Nombrando los paros quiero subrayar el elemento materialista de la insurrección de mujeres que estamos viviendo. Fue la labor práctica de construir “alianzas insólitas” –término que tomamos del colectivo feminista de Bolivia, Mujeres Creando– lo que nos permitió llegar a convergencias inesperadas que redibujan la proyección del feminismo más allá de la frontera de la violencia de género como alambrado conceptual. Evitamos así su funcionamiento como mecanismo de captura: por un lado, como señalé arriba, la tematización como un “guetto” de género que determina, correlativamente, “respuestas” y “soluciones” también ghettificantes: una nueva secretaría (de Estado) o una nueva sección (de sindicato) o un nuevo programa (de salud), neutralizando su potencial de radicalización transversal. Por otro, un nuevo confinamiento dentro de lo doméstico de una violencia que, por el contrario, se conecta de modo cada vez menos mediado –por ejemplo, ya no exclusivamente a través del llamado “patriarcado del salario”– con los espacios económicos y sociales y que evidencia justamente el estallido de los muros del espacio doméstico.

2. Trabajo y finanzas: la proliferación de economías ilegales capturando las redes subalternas

La interseccionalidad pensada de este modo emerge como un método y una perspectiva capaz de, al menos, dos movimientos simultáneos. Por un lado, ir más allá del binarismo entre totalidad y parte. La interseccionalidad entre violencia de género y violencias económicas y sociales construye un feminismo que impulsa una crítica al capitalismo a partir de poner en conexión y evidenciar la racionalidad de ensamblajes que conectan la explotación en los ámbitos laborales con la implosión de violencia misógina en el hogar por el derrumbe de la capacidad masculina de monopolizar la provisión de recursos jerárquicamente considerados. Pero también permite dar cuenta de la multiplicación de formas de explotación de economías (afectivas, comunitarias, informales, etc.) que van más allá del mundo asalariado. Se trata, en este sentido, de enmarcar una lectura de la violencia del neoliberalismo, como momento particular de acumulación de capital, que da cuenta al mismo tiempo de las medidas de ajuste estructural pero también del modo en que la explotación se enraíza en la producción de subjetividades compelidas a la precariedad y al mismo tiempo batallando por prosperar en condiciones estructurales de despojo.

De ser aparentemente un lugar pacificado, el hogar hoy ha devenido un campo de batalla. La violencia doméstica no hace más que mostrar escenas de una domesticidad que estalla y los hogares como escenarios de escenas truculentas. Rita Segato explica cómo esta violencia es efecto de otras: la que los varones incorporan como humillación en sus espacios de trabajo, en una suerte de secuencia de pedagogías que se comunican. El hogar ya no es el reposo del guerrero, como se proponía cuando la división sexual del trabajo reservaba a las mujeres la tarea de romantizar la casa. La casa es donde el “guerrero” (una de las figuras clásicas del mandato patriarcal) quiere hacer la guerra como síntoma de su impotencia.

Puesto en cuestión la distinción entre público y privado, la cuestión del trabajo desde un punto de vista feminista permite desde una subjetividad supuestamente “exterior” o “corrida” del lugar central del trabajo asalariado, poner también en cuestión la noción misma de trabajo. En Argentina, este desplazamiento tiene una genealogía que refiere al movimiento de desocupadxs, que en plena crisis de inicios de este siglo, logró cuestionar de modo radical a qué se llamaba trabajo, ocupación, remuneración y resignificar la clásica herramienta del piquete ya por fuera de la fábrica, utilizándola para el bloqueo de la circulación de mercancías a través del corte de rutas y su organización colectiva. Estamos ahora frente a la capacidad de las mujeres de poner en juego todas las fronteras borrosas –borrosas porque están políticamente en disputa, no por una fluidez abstracta-, que vienen elaborándose desde hace años entre trabajo doméstico, reproductivo, productivo, afectivo y de cuidado en el contexto de una crisis que pone en el centro el cuerpo de las mujeres como territorio de disputa. Y que por esa misma renovación de la dinámica de crisis, hoy revitaliza la visibilidad sobre un tipo de cooperación social extendida en los territorios de los barrios donde proliferan de modo no temporario las economías populares y sobre los cuales la ofensiva violenta es especialmente fuerte.

Pero lo mismo pasa con los territorios donde la conflictividad frente a los emprendimientos neo-extractivos por la apropiación de recursos a cargo de empresas multinacionales impulsa lo que compañeras de Guatemala y Honduras han caracterizado como “femicidios territoriales”.

Surge además una dimensión clave que debe ser retrabajada desde la perspectiva feminista: el papel de la financierización de los dispositivos de inclusión social (por ejemplo, los subsidios a las diversas formas de emprendimientos cooperativos) en relación a la explotación financiera, como clave del relanzamiento de acumulación de capital. No se trata sólo de las ONG´s y los bancos (cf. Graciela Toro), sino en particular del modo en que el Estado vehiculiza esas deudas. Las finanzas capturan hoy, a través del endeudamiento masivo, los ingresos salariales y no salariales de las poblaciones populares, clásicamente excluidas del imaginario financiero. Es así que la deuda funciona estructurando una compulsión al trabajo de cualquier tipo para pagar la obligación a futuro. Esta captura de la obligación de trabajo pone en marcha la explotación de la creatividad a cualquier precio: no importa de qué se trabaje, lo que importa es el pago de la deuda. Este modus operandi del dispositivo de la deuda en general adquiere una particularidad cuando toma como base los subsidios del estado a poblaciones llamadas “vulnerables”. Y es que a la vez que el Estado funciona como garante para poblaciones supuestamente “excluidas” incluyéndolas a través del consumo, también habilita la conexión veloz con las economías informales, ilegales y populares. Ellas se vuelven clave como cantera polimorfa de actividades y fuentes de ingreso más allá del salario y de allí, de su imbricación con la deuda, extraen su dinamismo. Esta trama entonces no encaja en los clichés que suelen asociar economías informales con ilegalidad y ausencia del Estado o pobreza y desconexión financiera. Más bien lo contrario: sitúan a la explotación financiera de las poblaciones populares al interior de una modalidad de inclusión por el consumo que legitima la financierización misma de las actividades menos formales, estructuradas y rutinarias. La afinidad de esta dinámica con la cuestión de género es central desde varios puntos.

Primero, por el modo en que el trabajo de cuidado, de reproducción, y de producción de lo común hace parte y se entreteje directamente con las tareas laborales en las economías populares, lo cual deviene un punto clave que no debe ser leído solo en términos de feminización de la pobreza (aunque también da cuenta de eso), sino de una capacidad de redefinir la producción de valor. Debemos notar que en el marco de la bancarización compulsiva de los subsidios sociales en los últimos años -lo cual incorporó a miles de nuevas usuarias al sistema financiero bajo el slogan de la “democratización” bancaria-, las mujeres tienen un papel fundamental como jefas de hogar y proveedoras de recursos en las tramas de cooperación social. Por esto mismo, la dimensión de género ligada a las finanzas revela usos específicos del dinero, vinculaciones también singulares con las diversas modalidades de endeudamiento y, finalmente, una relación de elasticidad con las finanzas ligada al modo en que la reproducción de la vida depende, en la mayoría de los hogares, de las mujeres y sus tácticas de gestión cotidiana.

Distintos estudios dedicados al endeudamiento notan la preponderancia de las mujeres como acreedoras, generalmente tipificadas como “pagadoras ejemplares”. El modo en que sus relaciones de confianza y parentesco se ponen en juego es un valor que el sistema financiero no deja de ser un capital a explotar (hay todo un corpus sobre el microcrédito que declina esto como “ventaja comparativa”, pero también una serie de perspectivas críticas que enfatiza el modo de explotación de las redes afectivas y solidarias entre mujeres). Sabemos también de la construcción “moral” de la responsabilidad de la figura de la acreedora; a ella se vincula también la evaluación del riesgo. Es fundamental analizar estas tipificaciones en relación a los atributos adjudicados a las tareas femeninas de flexibilidad, versatilidad en lo discontinuo y generación de confianza, en la medida que se ligan a cierto entrenamiento financiero capaz de gestionar distintos flujos de dinero y formas de endeudamiento. Tareas que en contexto de ajuste y restricción del consumo se hacen aún más evidentes.

La perspectiva de la explotación financiera (Gago y Mezzadra, 2015 ; Gago y Roig 2016) permite trazar una conexión entre el aumento de las violencias machistas y la financierización de las economías populares porque revela la relación íntima entre deuda y sujeción, entre deuda e imposibilidad de autonomía económica y porque, de modo literal, convierte a la deuda en un modo de fijación y subordinación a los ámbitos de violencia. La deuda, en muchos casos, obstaculiza la fuga. En otros, se la duplica para poder fugar.

3. La desposesión y saqueo de tierras y recursos que hacen a la vida comunitaria

La ofensiva del agrobusiness y de las industrias extractivas en el continente repone un análisis fundamental de la inserción de nuestros países en el mercado mundial. Aquí también la pista de Luxemburgo brilla por su actualidad: lo que ella teorizó como expansión colonial en contra de lo que en el lenguaje de su época se llamaban las “formaciones de economía natural”. En particular, contra el despojo de las tierras para acabar con la autosuficiencia de las economías campesinas. No olvidamos que ella remarcó las deudas hipotecarias sobre los granjeros estadounidenses y la política imperialista holandesa e inglesa en Sudáfrica contra negrxs e indígenas como formas concretas de violencia política, presión tributaria e introducción de mercancías baratas.

Desde diversas luchas, se ha empezado a utilizar el concepto de cuerpo-tierra, para nombrar las comunidades que resisten las embestidas neo-extractivistas, cuyas resistencias están mayoritariamente protagonizadas por mujeres. Es el caso de Berta Cáceres, cuyo asesinato el movimiento ha nombrado como “femicidio territorial”. Este punto conecta una noción de cuerpo que no sólo es no-humano, sino que además refiere a la cuestión de la naturaleza desde un punto de vista no liberal: es decir, no se trata de un preservacionismo en abstracto, sino de enfrentar los modos de despojo de posibilidades materiales de vida que hoy estructuran un antagonismo directo entre empresas multinacionles y estados contra poblaciones que son saqueadas y desplazadas. Este paradigma extractivo, sin embargo, debe extenderse también a los espacios urbanos y suburbanos, donde volvemos a encontrar las finanzas en múltiples aspectos también en operaciones “extractivas”: desde la especulación inmobiliaria (formal e informal) hasta el endeudamiento masivo. En esta clave, es necesario conceptualizar de un modo ampliado el extractivismo, como forma en que se operativiza hoy la captura de valor por parte del capital (para esto ver: Gago y Mezzadra, 2017).  

II. La guerra como clave

Foucault propuso la guerra como principio de análisis de las relaciones de poder y, de modo más preciso, el modelo de la guerra y las luchas como principio de inteligibilidad y análisis del poder político (cf.  Genealogía del racismo). También argumentó una suerte de guerra permanente como sonido y filigrana detrás de todo orden. De modo que la guerra sería el “punto de máxima tensión de las relaciones de fuerza” (44), pero en sí una trama “de cuerpos, de casos y de pasiones”: un verdadero enredo sobre el que se monta una “racionalidad” que quiere apaciguar la guerra (51).

Silvia Federici avanza sobre el cruce de la perspectiva foucaultiana con el feminismo y el marxismo. El capitalismo, desde sus orígenes, persigue y combate a estas mujeres con saña y terror. Por eso ella anuda tres conceptos: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Y se hace preguntas fundamentales sobre esa figura emblemática de lo femenino: ¿por qué el capitalismo, desde su fundación, necesita hacerles la guerra a esas mujeres? ¿Por qué la caza de brujas es una de las matanzas más brutales y menos recordadas de la historia? ¿Qué se quería eliminar cuando se las condenaba a la hoguera? ¿Por qué puede trazarse un paralelo entre ellas y las esclavas negras de las plantaciones en América?

La reacción contra las mujeres respondía a su creciente poder y autoridad en los movimientos sociales, especialmente los heréticos. Federici identifica una “reacción misógina” a esa masividad, al control reproductivo que las mujeres practicaban entre sí. “Sexo limpio entre sábanas limpias”: éste fue el objetivo de la racionalización capitalista de la sexualidad que aspiraba a convertir la actividad sexual femenina en un trabajo al servicio de los hombres y de la procreación. Además, era una forma de sedentarizarlas. Para ellas era mucho más difícil convertirse en vagabundas o trabajadoras migrantes, porque la vida nómada –argumenta Federici– las exponía a la violencia masculina, y por entonces –en el momento de organización capitalista del mundo– la misoginia estaba en aumento. Sin embargo, como ella insiste, esa violencia no quedó como un cuento recóndito de los inicios. Por eso mismo suena tan cercana esta imagen de que todo nomadismo femenino (sea desde tomar un taxi por las noches a abandonar a una pareja) es, cada vez más, ocasión de violencia sexista.

El cuerpo femenino, continúa Federici, reemplazó a los espacios comunes (especialmente las tierras) tras su privatización. En un mismo movimiento, las mujeres quedaron sometidas a una explotación que daría inicio a un creciente sometimiento de su trabajo y de su cuerpo como servicios personales y recursos naturales. Las mujeres privatizadas fueron las que se refugiaron en matrimonios burgueses, mientras que las que quedaban a la intemperie se convirtieron en clase servil (de amas de casa a empleadas domésticas o prostitutas).

Las mujeres vistas como “rebeldes” no estaban referidas a ninguna actividad “subversiva específica”, aclara la escritora italiana: “Por el contrario, describe la personalidad femenina que se había desarrollado, especialmente entre los campesinos, durante la lucha contra el poder feudal, cuando las mujeres actuaron al frente de los movimientos heréticos, con frecuencia organizadas en asociaciones femeninas, planteando un desafío creciente a la autoridad masculina y a la Iglesia”. Las imágenes que las retrataban –en historias y caricaturas- describían mujeres montadas en las espaldas de sus maridos, látigo en mano, y otras tantas vestidas de varones, decididas a la acción. En esa estela, también se volvieron objeto de sospecha las amistades femeninas, vistas como contraproducentes para los matrimonios y como obstáculo a la denuncia entre mujeres que se promovía, de nuevo, desde la autoridad masculina y la iglesia.

El papel de la iglesia hoy: la avanzada espiritual

En los últimos años, la Iglesia católica ha formulado el concepto de “ideología de género” para dar cuenta de la contienda, o la cruzada, en la que está embarcada. Concepto acuñado por un teólogo argentino, sirve para identificar al feminismo como nuevo enemigo.  La doctrina eclesial devino hashtag multiuso: #NoALaIdeologíaDeGenero. En primer lugar, concentra sus dardos contra las luchas a favor del aborto. Pero en ella también se inscriben las disputas educativas. ‘Con mis hijos no te metas’: así se desarrolla la marcha contra la "ideología de género"[1], tituló el diario peruano La República la manifestación del 4 de marzo. La “ideología de género” sería, en este caso, el contenido de una nueva currícula escolar que al incorporar nociones como “igualdad de género” e “identidad de género” promovería, según los manifestantes, “la homosexualidad y el libertinaje sexual en los escolares”. En Brasil, un proyecto de ley federal bautizada «Ley de la Escuela Sin Partido» dice en el parágrafo único del primer artículo la prohibición en la educación de «la aplicación de los postulados de la teoría o ideología de género» y de «cualquier práctica que pueda comprometer, precipitar o orientar la maduración y el desarrollo en armonía con la respectiva identidad biológica de sexo». En Argentina, la ofensiva con la Ley Nacional 26.150 que crea el derecho a recibir Educación Sexual Integral (ESI) desde el inicio de la escolaridad encontró resistencia en un frente de organizaciones que popularizaron la consigna “La educación es una causa feminista”. “El aumento de los femicidios tiene que ver con la desaparición del matrimonio” (La Nación, 3.1.2017) declaró Monseñor Aguer mientras un conflicto con trabajadorxs de la educación movilizaba las calles en enero pasado. El mismo Aguer ya había declarado en 2009 a propósito de la ESI: “Hay un pensamiento hegemónico feminista”. En Colombia, mientras tanto, hay un debate intenso so­bre el papel que jugó la campaña que agitó la “amena­za del género” a favor del triunfo del “no” a los acuerdos de paz de La Habana. La ofensiva eclesial expresa un modo de condenar la autonomía del cuerpo de las mujeres y de hacer la guerra a sus desacatos.

III. ¿A qué responde la ofensiva? Sobre el paro como forma de sustracción y desacato

Como lo demostró Rosa Luxemburgo, la guerra es históricamente un momento clave de la acumulación de capital. Entonces, propusimos pensar qué tipo de guerra es la que se desarrolla contra las mujeres para entender el tipo de ofensiva del capital para relanzar su mando. Pero aún antes, en términos de método y de perspectiva política, hay que dar cuenta del tipo de autonomía  que las mujeres ponen en juego para entender la magnitud de la reacción en su contra.  

La herramienta del paro que habla de las múltiples formas de explotación de la vida, el tiempo y los territorios, desborda e integra la cuestión laboral porque involucra tareas y labores generalmente no reconocidas: del cuidado a la autogestión barrial, de las economías populares al reconocimiento del trabajo social no remunerado, del desempleo a la intermitencia del ingreso. El paro, tal como lo propusimos, no deja de lado la disputa por el salario pero, al mismo tiempo, la redefine y la obliga a confrontarse con realidades laborales no salarizadas. Multiplica así los sentidos de la noción de paro sin diluir su densidad histórica. La relanza como clave para entender el modo en que, en el entrecruce de la explotación y las violencias machistas que señalamos, se juega la transversalidad de la conflictividad social

Al incluir, visi­bilizar y valorizar los distintos terrenos de explotación y extracción de valor por parte del capital en su actual fase de acumulación, el paro como bloqueo, desafío y desacato nos permite dar cuenta de las condiciones en que las luchas y las resistencias hoy están reinventando una política rebelde. Por eso, este uso que propone el movimiento de mujeres sintomatiza, expresa y difunde un cambio en la composición de las clases laboriosas, desbordando sus clasificaciones y jerarquías. Esas que tan bien sintetizaba el patriarcado del salario. Y lo hace desde la clave de un feminismo práctico, arraigado en luchas concretas.

El paro logró así sintetizar una capacidad de transversalidad en la composición política (sindicatos, organizaciones territoriales de base, colectivos de disidencia sexual, agrupaciones estudiantiles, centros de salud, colectivos migrantes, autoconvocadas, etc.)  y de interseccionalidad de problemáticas que encontraron en el eje del trabajo la capacidad de concretizar la crítica a las renovadas modalidades de explotación capitalista.

Esta dinámica plantea un desafío para un feminismo inclusivo: inclusivo no es el sentido de moderación o de inclusión subordinada a una norma que se ensancha para contenernos, sino de capacidad de composición de una diferencia contenciosa y de radicalización por abajo. Esta cuestión es inseparable de otra: la capacidad de una convocatoria masiva que hace del feminismo –en todos los lenguajes y prácticas que hoy se conjuga de modo no estrictamente identitario: feminismo popular, comunitario, indígena, villero, etc.– un debate que se sale justamente de los guetos académicos, liberales, de jergas para especialistas e institucionales.

La conexión internacionalista que impulsó la medida es el otro elemento clave: justamente porque la escala de transversalidad e interseccionalidad se nutrió de un lenguaje y un conjunto de experiencias que desbordaron y actualizaron, de nuevo, la herramienta que porta una memoria obrera indisimulable. Pero al hacerlo desde las situaciones concretas de lucha y de conflicto, el efecto global o internacionalista no significó, como algunas otras veces en las resistencias, una abstracción homogeneizante –es decir: una pérdida de densidad de los paisajes y las singularidades– en nombre de la unidad consignista

Creemos que se juega aquí un relanzamiento de la autonomía en un sentido muy preciso: la desestructuración de la asimetría que emerge del mandato de género a partir de las prácticas de autonomía de las mujeres, desata una guerra de nuevo tipo. El intento de las finanzas de capturar esas autonomías no es una dimensión exterior a la guerra, sino una de sus dinámicas intrínsecas en el momento de acumulación actual donde las avanzadas de recolonización nos tienen, una vez más, como territorio ejemplar.

Tal vez pueda decirse que el feminismo callejero, masivo y radical, cruza en la práctica epistemologías diversas para la crítica de la economía política. Y hace posible pensar cómo los momentos de revuelta logran ponen en crisis las relaciones de obediencia de las que dan cuenta ciertas categorías. En América Latina esto implica pensar con otras claves los ciclos y calendarios políticos de las crisis y sus re-estabilizaciones recientes. Y más aun: nos pone el desafío de pensar las nuevas formas de la guerra como modos de disciplinar y controlar la revuelta a partir de formas de violencia que hoy tienen en las finanzas un eje que disputa el modo mismo de operación (también de traducción y codificación) en la transversalidad. La guerra “en” el cuerpo de las mujeres, que quise rodear aquí a través de algunos puntos, puede pensarse en relación a esas formas heterogéneas en que la autonomía y el desacato insubordinan a favor de los saberes del cuerpo y, al mismo tiempo, lo indeterminan porque no sabemos lo que un cuerpo puede.

 





Courtesy of Verónica Gago/Tlaxcala
Publication date of original article: 14/06/2017
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Tags: #NiUnaMenosParo de MujeresMujeres & CapitalismoNeoliberalismoFeminismoSaqueo del planeta
 

 
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