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 21/11/2018 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 UMMA 
UMMA / Me llamo Shams
Date of publication at Tlaxcala: 30/04/2018
Original: اسمي شمس

Me llamo Shams

Wael Abdul Hamid وائل عبد الحميد

Translated by  Ana Abarquero

 

-1-

Me llamo Shams, tengo 15 años, odio mi nombre y no sé por qué mi familia decidió llamarme como mi abuelo, nada usual, porque soy el pequeño de la familia, no el mayor.

En realidad mi abuelo se llamaba Shams al-Din, no Shams. Mi nombre en el DNI y en la partida de nacimiento figura como el de mi abuelo, pero por lo general me presento como Shams. Si pudiera escoger entre Shams al-Din y Shams, me quedaría con el primero, pero considero que el significado del nombre conlleva una responsabilidad que es demasiado para mí. Por eso, prefiero que la gente me llame solo Shams. Al menos así no tengo que cargar con la responsabilidad del significado, aunque no me evite la preocupación.

Estoy atrapado por ambos nombres. El nombre completo me carga una responsabilidad y el diminutivo me angustia su simbología, sin contar que la mayoría de la gente lo considera más adecuado para una chica que para un chico, sobre todo en mi escuela de primaria en la que estudiaba hace siete u ocho años. Lo que me hizo mucho daño, ahora ya no, la sola angustia es lo que no me deja dormir por mi nombre. Solo el sol desprende luz. De mí no emana ninguna luz, aunque voy en su busca y cada vez que la veo en el horizonte y me acerco, se aleja, me acerco más y más se aleja, hasta que se desvanece.

-2-

Soy Shams, ahora tengo 20 años, vivo en Homs y trabajo en una tienda de reparación de ordenadores. Es un trabajo temporal, mientras espero hacer el servicio militar obligatorio o migrar, no lo considero el trabajo de mi vida. Ahora mismo, no puedo pensar en otro trabajo. ¿Quién tiene el lujo de pensar en un futuro que no le pertenece?

Estoy atrapado entre dos opciones, atado desde este momento, hasta que me decida. Migrar significa escapar, dejar mi país, mi familia. Por eso he decidido cumplir con el honor “obligatorio” de hacer el servicio militar.

Por fin me he decidido, pero también he decidido rebelarme contra esa obligatoriedad, aunque sea de forma simbólica. He decidido raparme el pelo al cero, antes de que lo hagan ellos, para desde el principio, no dejarles que me agarren la cabeza.

-3-

He pasado mucho tiempo en el servicio obligatorio. Soy el Shams que no se ha deshecho de la prisión que supone el servicio militar, tengo 23 años. No he empezado un nuevo trabajo que me permita labrarme un futuro, como tenía planeado. Decidieron mantenernos, la revolución empezó en el país hace un año, hay que acabar con ella, y nosotros, los militares, somos el combustible del régimen para ello.

Estoy atrapado otra vez, no por mi nombre, sino por dos opciones puestas ante mí. O desertar, o quedarme y trabajar por la revolución desde mi humilde puesto. La tercera opción, que algunos creen que tengo, es luchar contra los “grupos terroristas” que no me preocupan. Luchar contra familiares no es una opción.

Pude hacer contrabando con algo de munición para una de las brigadas pequeñas en Guta, con el acuerdo de un militar de Damasco, en virtud de mi labor como encargado del almacén de munición en la división en la que hago el servicio militar. No era mucha cantidad, pero creo que no fue nada desdeñable. Hoy por hoy, quienes están armados para defender las manifestaciones son pocos y el revolucionario necesita incluso una única bala.

Tenía extremo cuidado para que no me pillasen, pero al final, me trincaron. La prisa mata, y eso es lo que pasó. Detuvieron a mi amigo de Damasco, descubrieron el almacén y la munición que faltaba. Llevaron a cabo una investigación interna, intenté justificar lo que faltaba, pero mis alegatos eran tan absurdos que no convencían a nadie, sobre todo si venían de alguien que su ciudad y toda su familia gritaban alto contra el régimen. El precio a pagar, fue el doble.

-4-

Me llamo Shams, ahora me encuentro en la terrible prisión de Palmira. Ante la puerta de la prisión tengo sentimientos encontrados, miedo de la cárcel y de su nombre, que provoca un dolor insoportable en los sirios, y esperanza de que me curen las llagas que cubrían por completo mi cuerpo, en las dependencias de la policía militar y después en la Dirección Militar de Inteligencia en Alepo, hasta el punto que la ropa se me pegó por completo al cuerpo. En el registro, por el que todo el mundo pasa desnudo, pelé ropa y piel, estaba desnudo, sin piel, ni ropa.

Solo fui objeto de golpes suaves, que no se pueden comparar con  lo que tuve que pasar con la policía militar y el servicio de inteligencia, pero la tortura psicológica fue mayor, viendo cómo la gente era azotada ante mí camino de la prisión.

Quizás no me torturaron más por el asco que les daba a los carceleros un cuerpo cubierto de pus… ¡a lo mejor!

Me sometí a una revisión médica y el médico de la prisión decidió aislarme hasta que me curase. Pasaron diez días hasta que me llevaron al barracón número 17, situado en el tercer patio. La prisión está dividida en patios, cada uno es específico para un tipo de crimen, y éste a su vez está dividido en barracones.

Sentí un profundo alivio cuando supe por los reclusos que estaba en “el barracón de diversos delitos”, que normalmente en la cárcel de Palmira eran fechorías, pero de las que no están recogidas por la ley, a no ser que los servicios de seguridad tengan sus propias leyes que nadie conoce.

En el barracón me recibió un hombre que le llaman “el encargado”, es el jefe del barracón, un reo antiguo nombrado por el oficial. La primera noche allí no pude dormir, ni pensar en nada, mi mente divagaba.

Los barracones del primer patio tenían las puertas abiertas, pero pasar de unos a otros estaba prohibido, a excepción de quienes eran designados por la prisión como “el encargado”, “el portero” que estaba apostado en la puerta del patio y “el ojetes”, responsable de los cuartos de baño.

Con cada puesta de sol, se nos recitaba la ley de Palmira, la ley que nos informaba sobre qué estaba prohibido. Prohibido apoyarse en la pared, prohibido usar una manta por dos personas, prohibido “el mariconeo”, prohibido dormir boca arriba, prohibido estirar las piernas, prohibido hablar, prohibido trasnochar.

Pensaba que si nos recitasen qué era lo que sí estaba permitido, la vida en aquella prisión sería más llevadera, y aún así fue mejor de lo que esperaba, al menos de lo que pensaba cuando crucé la puerta de la cárcel. Comprendí finalmente que la temida prisión de Palmira era diferente de esta prisión, era otra cárcel que sólo compartía el nombre. Saber eso en lugar de calmarme, me intranquilizaba, porque la prisión en la que estaba era para los fracasados, aquellos que no habían conseguido hacer nada importante que supusiese un golpe al régimen, había fracasado… era un fracasado.

-5-

Las visitas estaban permitidas, pero nadie me visitaba. Sé que lo que me había pasado no dejaba a mi familia seguirme los pasos. Seguro que preguntaban por mí, pero dudaba. Les envié mensajes a través de las visitas que recibían mis compañeros, sin resultado, nadie me ha visitado hasta ahora, es imposible que no sepan que estoy aquí, seguro que tienen miedo de visitarme, me han abandonado, siento un profundo dolor, me siento solo y perdido. Les he enviado un último mensaje y me he prometido a mí mismo que voy a olvidarlos: “si os acordáis que tenéis un hijo todavía vivo”.

He descubierto que no les ha llegado ningún mensaje hasta ahora. Lo supe con seguridad cuando vi a mi hermano en la puerta de la prisión, esperándome. Me consiguieron la libertad condicional después de muchos enchufes y pagar grandes cantidades. Escudriñaba su cara, las caras de la gente de Palmira, las casas, la cantidad de coches y motos en las calles de esta ciudad. Conseguí la libertad condicional y un permiso de 48 horas hasta incorporarme de nuevo al servicio militar. Desconocía cuál había sido mi sentencia, porque jamás me habían juzgado, solo escucharon mis declaraciones y el dinero que mi familia pagó, aseguró el resto.

Mi permiso en mi bolsillo izquierdo, la misbaha que le había hecho a mi madre en la cárcel en el derecho, los inspeccioné bien antes de subirme al autobús hacia Homs.

-6-

He podido llegar al barrio de Alwaer, tengo 25 años y estamos en 2013. Escogí este barrio porque no pude entrar en la parte vieja de Homs al estar completamente rodeada y la última vía abierta para ir desde Alwaer a Homs estaba cerrada. Tampoco me fui a las afueras de Homs, como me aconsejaron, las afueras son de quien es de allí y sospechan de los militares, aunque hayan desertado. Alwaer era la mejor opción para volver a pensar en lo que deberían ser las cosas y yo mismo.

-7-

Soy Shams, tengo 29 años, estoy a las puertas de la treintena. No me esperaba que me fuese a quedar en Alwaer todo este tiempo, no me esperaba el bloqueo, ni verme atrapado de nuevo. Alwaer era para mí un lugar conveniente para pensar hasta que encontrase opciones para mí. Me han rodeado otra vez, me han rodeado por completo esta vez, me han encarcelado, pero esta prisión es un poco más grande, con algunas calles y muchísimos francotiradores apuntando. Solo puedo esperar, esperar algún milagro que me ofrezca más de una posiblidad.

Casi cuatro años aquí, he cogido las armas, he participado en las dos batallas más importantes de Alwaer. Ninguna dio los frutos esperados, sobre todo la segunda, que tenía por objetivo abrir el camino a la parte vieja de Homs. Fracasamos. ¿Para qué valen las armas ahora?

Decubrí que el objetivo en Alwaer no era liberar una zona, una prisión y sacar a los presos de allí, tal y como soñaba que sucedería cuando estaba en las dependencias del servicio de inteligencia o en la cárcel de Palmira. Se trataba de proteger una zona, más que cualquier otra cosa.

En uno de los turnos de guardia, mi hermana me envió fotos de su boda. La comitiva la llevará a su nueva casa, donde el novio. Ese día pensé que la escopeta era la que me había alejado de ella aquella noche. Desde aquel día, dejé las armas y me quedé esperando, esperando salir del bloqueo hacia la libertad.

-8-

Soy Shams. Ahora vivo en un taller de madera, trabajo doce horas al día, duermo en el taller mismo, porque no hay casas por aquí cerca y el pueblo más cercano, que pertenece a la ciudad turca de Ankara, está a diez minutos en coche.

He llegado a Turquía hace pocos meses. Salí de Alwaer en abril de 2017, después de que el barrio fuese evacuado y sus habitantes se viesen forzados a desplazarse. No estuve esperando mucho tiempo en Idlib, al día siguiente de llegar intenté entrar en Turquía por las rutas de contrabando. Tuve éxito a la primera y en aquel momento me imaginé que estaba pasando una página y abriendo otra, en la que empezaría de verdad a vivir. Intenté viajar a Europa, pero no pude. Busqué trabajo en Antioquia y Estambul, un trabajo que me ofreciese una vida digna, normal, sin explotación, pero solo encontraba esa clase de trabajos.

Un trabajo que me recuerda al servicio militar, la prisión y el bloqueo. Todo aquí me recuerda aquello. Los horarios establecidos para comer, la forma en la que te dan la comida, el espacio minúsculo en el que vivo, la monotonía y la ausencia de horizontes.

Mientras salía del barrio asediado de Alwaer, y yo estaba en el autobús verde, me imaginaba una luz en el horizonte, la veía acercarse más y más, y yo me acercaba más que nunca. Ahora ya nada me asedia, ni el servicio militar, ni la detención, ni la cárcel y ni el bloqueo.

Pero soy Shams, no le hago justicia a mi nombre, ni irradio luz, aunque seguiré buscándola, seguiré esperando desprenderla, aunque solo sea un día, un día en el que haya conseguido todo lo que se espera de esta vida, amor y libertad.

 





Courtesy of Tlaxcala
Source: https://tinyurl.com/y9z37m8x
Publication date of original article: 19/04/2018
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=23289

 

Tags: Guerra de Siria
 

 
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