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 23/06/2018 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
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 USA & CANADA 
USA & CANADA / “Espero poder dejar de trabajar en unos pocos años”: una anticipación de los USA sin pensiones
Date of publication at Tlaxcala: 11/02/2018
Original: ‘I hope I can quit working in a few years’: A preview of the U.S. without pensions

“Espero poder dejar de trabajar en unos pocos años”: una anticipación de los USA sin pensiones

Peter Whoriskey

Translated by  S. Seguí

 

Tom Coomer se ha jubilado dos veces: la primera cuando tenía 65 años, la segunda hace ahora algunos años. En los dos casos,pudo constatar que sólo con el cheque que recibía de la Seguridad Social, “difícilmente puedes salir adelante en nuestros días.”



Tom Coomer, 79 años,frente al  Walmart donde trabaja 5 días a semana en Wagoner, Oklahoma. Foto Nick Oxford, The Washington Post

Así que, ahí está, a sus 79 años, trabajando a tiempo completo en Walmart. Durante cada turno de ocho horas, se coloca a la entrada de la tienda saludando a los clientes, contando alguna broma y yendo a buscar un carrito. O bien lo colocan a la salida, revisando los recibos y los compradores que disparan la alarma de robo.

“Con 10 minutos para sentarme cada hora o dos horas estoy bien,”dice durante un descanso. Se le ha diagnosticado una estenosis espinal en la espalda, por lo que hace poco transmitió una nota de su médico a la dirección de la empresa. “Me pusieron un taburete.”

La forma en que las grandes empresas de USA conciben la jubilación de los trabajadores ha cambiado en las últimas tres décadas, y cada año reducenmás las pensiones tradicionales. La primera generación completa de trabajadores que se jubiló después de este cambio ofrece un ejemplo aleccionador de una mano de obra cada vez más dependiente de sus propios ahorros para la edad avanzada.

Hace años, Coomer y sus compañeros de trabajo en la planta de McDonnell-Douglas,  el conocido fabricante de aviones, en Tulsa, estaban cubiertos por el programa de pensiones de la empresa, pero en 1994, con objeto de reducir los costos de ese rubro, la compañía cerró esa planta. Aunque la mayoría de ellos encontraron nuevos empleos, nunca pudieron reemplazar losderechos de pensión perdidos, y muchos de ellos tienen que hacer frente ahora, a su vejez, a dificultades financieras. Un estudio de esos 998 trabajadores reveló que uno de cada siete, en sus años de retiro, se ha declarado en bancarrota, se ha enfrentado a embargos preventivos por facturas impagadas, o ambas cosas, según consta en los registros públicos.

Los afectados están enterrados bajo un montón de deudas contraídas para hacer frente a los pagos de sus tarjetas de crédito, automóviles usados, atención médica y, a veces, la educación superior de sus hijos. Algunos han perdido sus hogares. Y para muchos de ellos, incluso cuando han sobrepasadolos 70 años de edad, la jubilación real es difícil de alcanzar. Aunque trabajaron durante décadas en McDonnell-Douglas, muchos de los septuagenarios siguen trabajando, algunos a tiempo completo.

Por ejemplo, Lavern Combs, de 73 años, trabaja en el turno de noche cargando camiones para una compañía de distribución subsidiaria de Amazon; Ruby Oakley, de 74 años, es guardia de cruce; Charles Glover, 70, es cajero en Dollar General; Willie Sells, de 74 años, es barbero; y Leon Ray, de 76 años, se dedica a la compraventa de trastos viejos.



Leon Ray, 76 años, con su colección de trastos viejos reciclados en Claremore. Foto Nick Oxford, The Washington Post

“Tenía previsto retirarme hace años”, dice Sells, detrás de su silla de barbero donde trabaja cinco días a la semana. Tenía un puesto de control de calidad en la empresa fabricante de aviones en la que estuvo empleado 29 años. “Pensaba que McDonnell-Douglas era una empresa de primera clase. Pero luego se fueron de la ciudad… y aquí estoy: sigo trabajando. Gracias a Dios que tenía un par de tijeras.”

Del mismo modo, Oakley, una guardia de cruce en una escuela primaria, afirma que tomó este trabajo como complemento a su Seguridad Social. “Me saco un dinerillo: siete dólares por hora”, indica Oakley. Y les ha reclamado a los funcionarios locales un mejor salario. “Tenemos que estar ahí entre el tráfico. Los funcionarios municipales creen que le hacen un favor a las personas mayores permitiéndoles trabajar.”

Charles Glover, 70 años, en Catoosa, Oklahoma. Foto Nick Oxford  The Washington Post

Glover trabaja en la caja registradora y repone stocks en una tienda Dollar General, en las afueras de Tulsa, para llegar a fin de mes. Después de trabajar 27 años en McDonnell-Douglas, Glover encontró trabajo en una fábrica Whirlpool, y luego en otra empresa, que fabrica robots para la inspección de soldaduras, y también tuvo algunos trabajos haciendo diseños por ordenador.

“Espero poder dejar de trabajar en unos años, pero por la forma como van las cosas, no veo que pueda lograrlo”, me dice Glover entre cliente y cliente. “Tuve que refinanciar mi casa después de que McDonnell-Douglas cerrara; todavía debo unos 12 años de hipoteca”.

Para algunos, las dificultades financieras se han agudizado tanto que han hecho más frecuentes los gravámenes por facturas impagadas o han llevado a la gente a declararse en bancarrota. Ninguna de estas personas ha estado dispuesta a hablar sobre sus deudas.

“Es una lucha, ponlo así”, afirma una mujer de 72 años que tuvo que declararse insolvente en 2013. “Simplemente tratamos de salir adelante.”

El concepto de un sistema de pensiones –y la idea de que las empresas deberían crear una caja para hacer frente a las jubilaciones –no duró mucho. Era algo habitual a mediados del siglo XX, pero hoy, excepto entre los empleados del gobierno, la pensión tradicional parece destinada a convertirse en un objeto arqueológico en la historia laboral de los USA .

Las primeras pensiones ofrecidas por una empresa privada fueron las de American Express, cuando esta empresa prestaba servicio de diligencias. Esto era en 1875. La idea no se extendió precisamente como un reguero de pólvora, pero bajo la presión sindical, a mediados del siglo pasado muchas compañías adoptaron un plan de pensiones. En la década de 1980, esa tendencia había transformado profundamente la jubilación de los usamericanos, y la gran mayoría de los trabajadores a tiempo completo de grandes y medianas empresas obtenían una cobertura de pensión tradicional.

Entonces, la situación en las empresas usamericanas cambió con la disminución de la sindicalización. Las juntas de accionistas, sometidos a la presión de los depredadores financieros, se dedicaroncon más intensidada maximizar el valor de las acciones de sus empresas. A la vez, los usamericanos vivían más años, lo que hacía más costosa su pensión.

La esperanza media de vida en 1950 era de 68 años, lo que significa que el desembolso medio de la pensión se prolongaba solo tres años después de la edad de una jubilación típica a los 65 años. Hoy, la expectativa de vida promedio es de 79 años, lo que significa que el mismo plan de pensiones tendría que cubrir 13 años, a partir de la edad habitual de jubilación.

Qué fue con exactitud lo que empujó a las empresas usamericanas a abandonar el sistema de pensiones es un tema de debate académico, pero no hay duda de que las pensiones parecen estar destinadas a la extinción, al menos en el sector privado. Todavía a finales de la década de 1990, alrededor del 60 por ciento de los trabajadores a tiempo completo en empresas grandes y medianas tenían cobertura de pensiones. Pero hoy en día solo alrededor del 24 por ciento de los trabajadores de dichas empresas la tienen, según los datos disponibles, y se espera que este porcentaje siga disminuyendo a medida que los trabajadores de más edad abandonan la fuerza de trabajo.

En lugar de las pensiones, las empresas y los asesores de inversión instan a los empleados a abrir planes de jubilación. Una vez que alcancen la edad de jubilación, se supone que estos planes completarán lo que la Seguridad Social podría pagar. (Hoy, la Seguridad Social proporciona sólo lo suficiente para un presupuesto estrictamente mínimo: alrededor de 14.000 dólares al año en promedio).

El problema con esta esperanza de que los trabajadores ahorren por su cuenta es que casi la mitad de las familias usamericanas no tienen un plan de jubilación, según la Encuesta de Finanzas del Consumidor de 2016 de la Reserva Federal. Y además, aquellos que sí tienen un plan tienen un nivel de ahorro demasiado bajo para respaldar una jubilación típica. El plan mediano, entre los trabajadores en el nivel de ingreso medio, es de aproximadamente 25.000 dólares.

“El sistema de retiro de los USA, y los trabajadores y jubilados para los que fue diseñado, se enfrenta a grandes desafíos”, según un informe de octubre pasado publicado por la Oficina de Responsabilidad Gubernamental (GAO, por sus siglas en inglés). “Las pensiones tradicionales son cada vez menos habituales y las personas tienen cada vez más la responsabilidad de planificar y administrar sus propias cuentas de ahorro para la jubilación”. La GAO advirtió además de que “muchos hogares están poco preparados para esta tarea y disponen de poco o ningún ahorro para la jubilación.”

La GAO recomendó que el Congreso previera la creación de una comisión independiente para estudiar el sistema de jubilación de USA. “Si no se toman medidas, podríamos encontrarnos ante una crisis de jubilados”, señaló.

A principios de los 90, los empleados de McDonnell-Douglas disfrutaron de uno de los sistemas de pensión más generosos, conocido como “30 and out” (30 años y a casa). Los empleados con 30 años de antigüedad podían jubilarse con una pensión completa una vez cumplidos los 55 años.

Pero, tal como los empleados comprobaron más tarde, la generosidad de esas pensiones las convirtió, en tiempos de escasez, en un objetivo atractivo para los recortadores de costos.

Esos tiempos difíciles para McDonnell-Douglas comenzaron en serio a principios de los 90. Algunas plantas cerraron. Pero los ejecutivos de la compañía aseguraron a los empleados restantes, incluidos los de la planta de Tulsa, que había esperanza: si el Congreso permitía una venta de 6.000 millones de dólares de 72 aviones F-15 a Arabia Saudí, el nuevo contrato rescataría a la compañía. De hecho, la compañía dijo en su informe anual de 1991 que de esta manera salvaría 7.000 empleos.

Para ayudar a obtener la aprobación de la venta, los empleados de Tulsa escribieron a los políticos y participaron en una manifestación con el gobernador de Oklahoma. Y, finalmente, en septiembre de 1992, el presidente George H.W. Bush aprobó la venta. Se diría que la planta de Tulsa había capeado el temporal.

La primera plana de The Oklahoman, uno de los principales diarios del estado, proclamaba: “La venta de los F-15 a Arabia Saudí salva puestos de trabajo en Tulsa.”

Pero no era así. En cuestión de meses, los ejecutivos de la compañía recurrieron una vez más a la reducción de costos y decidieron cerrar una planta en Florida, otra en Mesa (Arizona) o bien la fábrica de Tulsa. Vieron que Tulsa tenía los empleados más antiguos: el empleado promedio tenía 51 años y había trabajado allí durante unos 20 años. Muchos estaban a punto de obtener una pensión completa, lo que significaba que cerrar esta planta generaría un ahorro mayor en los costos de jubilación.

“Un día de diciembre de 1993 –recuerda Coomer– nos anunciaron por los altavoces que la planta iba a cerrar. Nos quedamos atónitos, corriendo de un lado al otro como un montón de gallinas”.

Unos años más tarde, McDonnell-Douglas, que siguió luchando, se fusionó con Boeing. Pero los empleados habían llevado su caso a los tribunales, y en 2001, un juez federal dictaminó que la empresa había tomado ilegalmente en consideración las pensiones en su decisión de cerrar la planta. La querella presentada por los empleados, representados por los abogados Joe Farris y Mike Mulder, mostró que la compañía había analizado el ahorroen las pensiones en el marco de su decisión de cerrar de la planta. El juez concluyó que, además, McDonnell-Douglas, había ofrecido un testimonio engañoso en su defensa del cierre de la planta. El juez acusó a la compañía de practicar una “cultura empresarial mendaz”.

Más tarde, los empleados conseguirían compensaciones de alrededor de 30.000 dólares en promedio, lo que ayudó a estas personas en la transición a nuevos empleos. Pero este importe sólo alcanzaba a cubrir las prestaciones de tres años de empleo y era mucho menor que las pérdidas en prestaciones de retiro y seguro de salud. Teniendo en cuenta, además, que las prestaciones de pensión se acumulaban más rápidamente a medida que se acercaba la edad de jubilación, las pensiones que recibieron fueron solo una pequeña fracción de lo que hubieran sido si hubieran trabajado hasta la plena elegibilidad.

“La gente entró a trabajar en estos lugares pensando que tendrían allí un empleo para toda la vida”, afirma Farris, señalando que las pensiones eran un gran atractivo para el personal. “Sin embargo, su confianza y lealtad no fueron correspondidas”.

Los efectos económicos fueron, por supuesto, inmediatos. Los trabajadores, la mayoría de ellos mayores de 50 años, tuvieron que buscarse un nuevo empleo. Algunos se matricularon en cursos para la adquisición de nuevas capacidades, pero luego tuvieron problemas para encontrar trabajo en sus nuevos campos; otros encontraron trabajo en otras plantas industriales. Uno de ellos montó una granja de pollos para Tyson Foods, otro encontró trabajo en un rancho domando caballos.

En entrevistas con más de 25 antiguos empleados, casi todos afirmaron que sus nuevos salarios eran aproximadamente la mitad de lo que habían estado ganando antes. Por lo general, los salarios se habían reducido de 20 dólares por hora a 10 dólares por hora.

El recorte salarial fue duro e hizo casi imposible el ahorro para la jubilación. De hecho, para algunos ha hecho que la jubilación sea casi inalcanzable y deben seguir trabajando para pagar las facturas. Sin embargo, hubo quienes dijeron que trabajan porque detestan la inactividad y persisten en trabajos que parecen requerir una resistencia notable.

Combs, por ejemplo, trabaja en el turno de noche, y comienza cada día su trabajo a la 1.30 de la madrugada. Sus días libres son el jueves y el domingo. Trabajó 25 años en McDonnell-Douglas, más de 20 de ellos cargando camiones.

No parece importarle la dificultad, y afirma“No quiero sentarme a jugar a las damas y criar barriga”, dice Combs. “Solía ​​recoger algodón con treinta y tantos grados de calor. Esto de ahora es fácil.”

Aunque hubiera preferido retirarse, también Coomer, parece disfrutar realmente de su trabajo. En Walmart, su alegría natural es aprovechada.

Cuando ve a alguien con aspecto sombrío, le cuenta un chiste. "A la gente realmente le gusta”,  asegura.

Junto con su paga enWalmart, recibe 300 dólares al mes de su pensión en McDonnell-Douglas. Si hubiera podido seguir trabajando en esta empresa, calcula que estaría recibiendo cinco veces esa cantidad. “Después de cerrar la fábrica tenía sueños en los que estaba de vuelta en McDonnell-Douglas e iba a conseguir mi pensión”, recuerda Coomer. “En el sueño, intentaba marcar la hora de entrada en la fábrica pero no lograba encontrar mi tarjeta. Entonces me despertaba.”

En sus sueño, estaría retirado desde hace años.





Courtesy of Tlaxcala
Source: https://www.washingtonpost.com/business/economy/i-hope-i-can-quit-working-in-a-few-years-a-preview-of-the-us-without-pensions/2017/12/22/5cc9fdf6-cf09-11e7-81bc-c55a220c8cbe_story.html?utm_term=.da4e2be556c8
Publication date of original article: 23/12/2017
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=22705

 

 
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