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 24/11/2017 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 CULTURE & COMMUNICATION 
CULTURE & COMMUNICATION / Vida y muerte de Salman Rushdie, caballero escritor
Date of publication at Tlaxcala: 02/11/2017
Original: The life and death of Salman Rushdie, gentleman author
Translations available: Français 

Vida y muerte de Salman Rushdie, caballero escritor

Hamid Dabashi حمید دباشی

Translated by  S. Seguí

 


Después de leer una de sus primeras novelas “póstumas”, El último suspiro del moro (1995), ya no he podido leer a Rushdie sin una extraña sensación de estar leyendo a un impostor, escribe Dabashi

En un reciente viaje en avión me encontré sentado un par de filas detrás de Salman Rushdie, en el vuelo 178 de British Airways de Nueva York a Londres. Fue una experiencia inquietante. Camino del baño, pude ver que estaba jugando a las cartas en un programa de video de su teléfono móvil. Ni siquiera tuve la tentación de dirigirme a él y presentarme. Me resultaba abrumador. Además, ¿te imaginas a un iraní barbudo acercándose a Salman Rushdie en un avión que vuela a 12.000 metros de altura en dirección a Londres? El hombre hubiera podido  enloquecer y revivir el gambito de apertura de Los versos satánicos. ¿Cuál de nosotros sería Gibreel Farishta y cuál Saladin Chamcha? ¡La situación podía acabar con los nervios de cualquiera!

Sin embargo, conocí a Salman Rushdie años antes, cuando, en el apogeo del notorio edicto (fatua) en su contra, el difunto Edward Said lo invitó a visitar la universidad de Columbia. Recuerdo que la pequeña reunión que Edward organizó para él tuvo lugar literalmente a puerta cerrada y sólo por invitación. Algo así como una docena de docentes y estudiantes de Columbia reunidos para conversar con el autor de Los versos satánicos mientras éste seguía escondido.

Sin embargo, este casual encuentro, a principios de octubre de 2017, coincidió con la publicación del libro más reciente de Salman Rushdie, The Golden House, que yo desconocía totalmente hasta que me encontré con una crítica muy favorable en The Guardian, en la que lo comparaban a El Gran Gatsby, de F. Scott. Fitzgerald, y Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh.

Obediente,compré un ejemplar del libro y comencé a leerlo y, una vez más, no pude evitar sentir que estaba leyendo a un impostor.

¿Por qué un impostor? Permítanme explicarlo.

 

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El nacimiento de un escritor

Era yo todavía estudiante universitario cuando apareció Hijos de la medianoche (1981) de Salman Rushdie. Las palabras no pueden describir mi gozosa fascinación al descubrirlo. Su voz era ingeniosa, brillante, traviesa, alegre; su prosa era reveladora, su visión política me resultaba familiar y su imaginación, de confianza. Inmediatamente lo coloqué al nivel de VS Naipaul y opuesto a éste, a quien cuanto más leía, más detestaba, especialmente después de su obra, horriblemente racista,Entre los creyentes(Among the Believers: an Islamic Journey) (1981) que había salido poco después de la revolución iraní de 1977-1979. Su pura y desagradable arrogancia apenas podía ocultar su desconocimiento sobre una revolución que había sacudido mi país natal hasta sus cimientos. Al principio, mi amor por Hijos de la medianoche estaba, en parte, animado por mi repulsión hacia VS Naipaul. Pero al tiempo que mi animadversión por Naipaul se convertía en indiferencia, mi amor y admiración por la novela de Rushdiesimplemente aumentaba.

Pronto comencé a leer el resto de su obra: su primera novela, Grimus (1975), su otra magnífica Vergüenza (1983) y su diario de viaje a Nicaragua, La sonrisa del jaguar (1987), que apareció cuando estaba inmerso en la escritura de mi primer libro sobre la revolución iraní, Theology of Discontent (La teología del descontento) (1993). La lúdica visión política de Rushdie y su realismo mágico me resultaban palpables, felizmente familiares; como un Gabriel García Márquez de mi barrio, pensaba siempre. Me deleité con su maliciosa, traviesa, alegre, juguetona, risueña y molesta prosa.

Este feliz descubrimiento de un nuevo autor continuó hasta la publicación de Los versos satánicos (1988), de los cuales leí por primera vez una crítica creo que fue en el suplemento literario de The Times, en el momento de su publicación en Gran Bretaña, anterior a su salida en Estados Unidos. Estaba tan excitado por leer esta nueva novela que le pedí a un amigo de Londres que la comprara y me la enviara a Nueva York, y la leí antes de que se publicara en Estados Unidos. Encontré Los versos satánicosabsolutamente magnífico y recuerdo haberlo mencionado en una conferencia sobre un auto sacramental chiita en el Hartford Seminar en Hartford, estado de Connecticut (EE.UU.), y lo cité como ejemplo perfecto de cómo las historias antiguas e incluso las cuestiones sagradas pueden ponerse en prosa actual y urgente (en el exilio).

Después de leer una de sus primeras novelas “póstumas”, El último suspiro del moro (1995), ya no he podido leer a Rushdie sin una extraña sensación de estar leyendo a un impostor.

   

Mucho después de ya no soportar la visión política de Rushdie, continué incluyendo Los versos satánicos en mis diversos cursos de literatura poscolonial, maravillándome mientras enseñaba el éxtasis de su prosa, su realización virtuosa, su bravura teatral, su feliz comunión con el idioma inglés, su conducción de lo sagrado musulmán hacia una cita con una vida hogareña lejos del hogar. En ningún momento (mucho tiempo después de esa horrible fatua) pensé que la novela fuera un insulto a los musulmanes. Todo lo contrario: el libro lleva lo sagrado musulmán a un encuentro renovado con su historia.

Visto en perspectiva, estoy feliz de haber tenido ese primer encuentro directo con la última novela de Rushdie antes de que todo el infierno se desatara sobre él y sobre el resto de aquellos de nosotros que amamos y admiramos su trabajo. Hasta el día de hoy, he leído Los versos satánicoscon plena consciencia de estar leyendo una gran novela, antes de que fuera saboteada, agredidaverbalmente, asesinada narrativamente y destruida para siempre por un nefasto ayatolá que no tenía ni la más remota idea de qué trataba el libro.

 

Ilustración por Kathryn Rathke/The Guardian

La muerte de un escritor

Emma Brockes, de The Guardian, dijo recientemente de Rushdie: “A los 70 años, Rushdie ha tenido más encarnaciones públicas que la mayoría de escritores de obras de ficción: brillante novelista, hombre en fuga, sujeto de desdén en los tabloides y consternación del Gobierno, mariposa social y, en esa singular designación británica, hombre atacadoduramente por ser demasiado Él Mismo, con lo que a menudo se pasa por alto lo buena compañía que es.”

Ojalá pudiera pensar lo mismo de Rushdie: muerto y reencarnadorepetidas veces. Pero, por desgracia para mí, Rushdie murió y nunca regresó. Como autor, nació con la magnífica novela Hijos de la medianoche y murió después de que un fanático revolucionario con una venda en los ojospusiera precio a su cabeza, embarrara su imagen pública, corrompiera su visión política y convirtiera lo que quedóde él en un pestilente islamófobo del mismo calibre y emparejado con Ayaan Hirsi Ali, Sam Harris, Bill Maher y el resto de su detestable pandilla.

Si has “estado” con Salman Rushdie tanto tiempo como yo, desde su nacimiento como magnífico escritor ya través de su terrible experiencia con la fatua de Jomeini y su subsiguiente degeneración moral en un amargo islamófobo, es difícil resistir la inconfundible  sensación de que el viejo asceta y Savonarola iraní logró, después de todo, que el gran e inveterado novelista fuera “asesinado”, y que lo que hoy conocemos como “Salman Rushdie”sea  un impostor picassiano: todas las piezas pueden estar ahí, pero la composición es retorcida y grotesca.

Desde una de sus primeras novelas “póstumas”, El último suspiro del moro (1995), ya no he podido leer a Rushdie sin la extraña sensación de estar leyendo a un impostor. Por esa razón, creo que el escritor que hoy se conoce con el nombre de “Salman Rushdie” ofrece a los teóricos de la literatura un caso único de “muerte del autor”, como suele decirse.

En 1967, Roland Barthes, el eminente crítico literario francés, publicó su muy influyente ensayo La mort del’auteur en el que intentó separar la autonomía de un texto de la biografía de su autor. Aunque encuentro mucha energía interpretativa presente bajo la piel de la propuesta de Barthes, sigo creyendo que algo de la voz autoral permanece en el texto a través de nuestra imaginación de un narrador omnisciente detrás de cualquier otro narrador que nos esté contando la historia cuando leemos,observamos o escuchamos un texto. No puedo escuchar a Wagner ni leer a Heidegger sin pensar que eran despreciables antisemitas.

Mi problema con la ficción de Salman Rushdie es que ya no puedo imaginar a ese ventrílocuo omnisciente creando un mundo en el que yo pueda entrar y creer, poseer y contemplar. Ya no puedo distinguir lo uno de lo otro.

No es que no me guste Salman Rushdie como persona o que aborrezca su pensamiento político tanto como el de los que le ponen precio a su cabeza. Es que las palabras “Salman Rushdie” ya no se refieren simplemente a una persona, un autor, un novelista, porque esas dos palabras se han convertido en una sobrecarga de recuerdos densos y conflictivos que impiden cualquier encuentro directo y completo con las novelas, memorias y ensayos que escribe, como Barthes nos dice que hagamos.

El destino de una nación

El mismo Salman Rushdie (o eso que lleva su nombre) y ese gran ayatolá que puso precio a su cabeza, enzarzados a degüello para siempre, se han convertido en un densotexto e imponente erigido ante los libros que escribe. Por mucho que lo intento, no puedo cruzar esa repulsiva puerta para llegar al libro que sigue escribiendo.

Esa fatua que Jomeini dictó contra Rushdie tiene un tono muy diferente a los oídos de un iraní a quien preocupa el destino de su tierra natal. Mientras la atención del mundo se distraía con la cortina de humo de una sentencia de muerte contra un autor indobritánico bien protegido, Jomeini ordenó la redacción de una “constitución islámica” (una contradicción en los términos) en la que ahora están atrapados casi 80 millones de seres humanos. Mientras los liberales europeos y norteamericanos se daban empujones por defender la libertad de pensamiento de Rushdie, los iraníes en masa han estado sometidos a una teocracia pestilente hasta el día de hoy. Para millones de iraníes, la caída del ayatolá Montazeri como sucesor mucho más humano de Jomeini y su sustitución por el vengativo ayatolá Jamenei es el legado de ese llamado “caso Rushdie”.

En el momento en que llego a ese callejón sin salida histórico es precisamente el momento en que de repente recuerdo el Salman Rushdie que solía leer la primera vez que me di de bruces con su prosa. Me sobreviene una repentina tristeza, un momento de luto nostálgico, al recordar a un autor que una vez descubrí con tanto gozo, que leí con tanto amor y que ahora he perdido tristemente para siempre. ¿Quién es este hombre extraño que se hace pasar por Salman Rushdie? Es “Salman Rushdie”, luego me doy cuenta, condenado para siempre en dos breves citas, la señal de la fatua que un hombre maligno emitió una vez contra él.

Cuando Salman Rushdie, yo y el resto de los pasajeros de ese vuelo entre Nueva York y Londres descendimos del avión y entramos en la Terminal Cinco del aeropuerto de Heathrow, yo caminaba justo detrás de él. Se había puesto una gorra de béisbol azul clara mientras caminaba por un pasillo rodante. En un momento dado, él giró a la derecha en la dirección del letrero amarillo de “Llegada” y yo a la izquierda hacia el letrero violeta de“Tránsito”. Había llegado a su destino en Londres. Yo todavía tenía por delante un largo camino hacia otro lugar.

 

Jonathan Cape

Published 5th September 2017

384 Pages

162mm x 240mm x 36mm

714g

£18.99

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Courtesy of Tlaxcala
Source: http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/life-death-salman-rushdie-gentleman-author-171016094009750.html
Publication date of original article: 17/10/2017
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=21980

 

Tags: Salman Rushdie
 

 
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