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 23/10/2017 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 CULTURE & COMMUNICATION 
CULTURE & COMMUNICATION / Una historia de otro Donald
Date of publication at Tlaxcala: 28/09/2017
Original: How to read Donald Trump
On burning books but not ideas

Translations available: Português  Français 

Una historia de otro Donald

Ariel Dorfman

 

Solo un país que continúa bañándose en la mitología de la inocencia, de una virtud otorgada por Dios, puede haber producido una victoria como la de Trump

Hace cuarenta y dos aňos, en julio de 1975, un oscuro funcionario del Servicio de Aduanas de los Estados Unidos ocupado en asegurar el cumplimiento de la ley de importaciones, decidió que un cargamento de libros impresos en Londres podría constituir un acto de piratería intelectual contra los derechos de Walt Disney, y procedió a “detener”, “incautar” y “someter a custodia” los cuatro mil ejemplares respectivos, solicitando que las partes en disputa, los editores británicos y la Disney Corporation, entregaran declaraciones legales sobre el caso antes de que se determinara el destino final de ese envío.

El libro que había suscitado la suspicacia del Departament of the Treasury (Finanzas), del que depende la Aduana norteamericana, era la versión al inglés de Para leer al Pato Donald, que yo había escrito con el sociólogo belga Armand Mattelart en 1971 durante el gobierno revolucionario de Salvador Allende. Si he citado las palabras exactas con que se anunciaba el secuestro de nuestro libro es para acentuar que tal agresión era una más entre muchas que ya había sufrido nuestra crítica a Disney después del golpe de septiembre de 1973 que derrocó a Allende y su experimento de socialismo democrático.

¡Agua y fuego contra nuestro Pato!

Agua: diez mil ejemplares de la tercera tirada del libro fueron lanzados por la Armada chilena a la bahía de Valparaíso. Y fuego: unos días después de la asonada militar, encontrándome en la clandestinidad, vi por televisión cómo un grupo de soldados quemaban, en vivo, centenares de libros, entre los cuales se hallaba Para leer al Pato Donald. No me sorprendió tal pira inquisitorial. Nuestro desmenuzamiento de los valores dominantes que escondían las historietas que Disney propagaba por nuestro país y tantas otras naciones de lo que se denominaba en esa época el Tercer Mundo había tocado un nervio en la burguesía chilena. Un airado automovilista había tratado de atropellarme, gritando “¡Viva el Pato Donald!” Fui rescatado de una turba antisemita por un camarada karateca y la casa en que vivíamos con mi mujer y nuestro hijo Rodrigo fue el objeto de protestas de vecinos del barrio.

Aún así, el espectáculo de ver mi propio libro ardiendo por televisión era particularmente inquietante. Había asumido, equivocadamente y con ingenuidad, que después de las infamantes hogueras nazis de mayo de 1933, en que toneladas de volúmenes que se juzgaban subversivos, decadentes e insuficientemente “alemanes” habían sido consignados al fuego, tales actos serían considerados demasiado reprehensibles para llevarse a cabo en forma pública. Pero los militares chilenos no tenían problemas con difundir flagrantemente su furia y odio. Y me recordó que quienes quemaban mi libro no tendrían problemas con hacer algo idéntico o peor al cuerpo indefenso del autor. Tal experiencia ayudó a convencerme de que aceptara, muy de mala gana, la orden de mi partido político para que abandonara Chile a fin de unirme a la campaña contra el general Pinochet en el exterior.

Esa imagen de mi libro incinerado me acompañó al exilio, incitándome a meditar dilatadamente acerca del sentido profundo y desesperante de aquella hoguera. Había sido nuestra intención asar a lo espiedo a Disney y a su Pato, vacunar al pueblo chileno contra la plaga del American Dream of Life y su ideología competitiva, superindividualista y voraz. En vez de ello, como Chile mismo, el libro había sido consumido por una conflagración sin fin. El hecho de que los conspiradores militares y civiles habían sido financiados y alentados por Washington y la CIA, de que Nixon y Kissinger habían desestabilizado el experimento maravilloso de Allende, le dio una sensación de derrota especialmente amarga a la quema del texto que desnudaba justamente la forma en que Estados Unidos trataba a países como el nuestro. Creíamos con tanto fervor que nuestras palabras –y los obreros en marcha que las estimularon– eran más fuertes que el Imperio y ahora el Imperio había probado su poderío, nosotros éramos los que habíamos sido chamuscados y digeridos y escupidos.

Y, sin embargo, pese a que tantos ejemplares de Para leer al Pato Donald habían sido obliterados, el libro mismo cobraba una segunda vida en otras latitudes. Entre todas las traducciones, la que más nos importaba a Armand y a mí era la que se hizo al inglés. Si aquel “manual de la descolonización” (como la llamó el gran John Berger) no podía circular en la tierra que lo vio nacer, teníamos la esperanza de que podría encontrar nuevos lectores en la tierra que le dio nacimiento a Disney.

No tardamos mucho en darnos cuenta de que el creador del Pato Donald, igual que el gobierno gringo que lo defendía y difundía, era más poderoso de lo que habíamos anticipado. Debido a que no le habíamos pedido autorización a Disney para reproducir algunas imágenes de las historietas que Walt publicaba con tanto desparpajo masivo en nuestras naciones, ningún editor en Estados Unidos estaba dispuesto a arriesgar los juicios y pleitos que una armada de abogados había ya desplegado en tantísimas ocasiones para defender el copyright de la Disney Corporation.

De manera que cuando el Servicio de Aduanas confiscó los ejemplares de How To Read Donald Duck, pensábamos que íbamos a volver a perder la pelea contra Disney. Para nuestra alegría y desconcierto, abogados del Center for Constitutional Rights en Nueva York convencieron al Treasury Department de que no habíamos cometido piratería al reproducir los monitos y permitió la importación del libro. Con la salvedad de que, amparándose en una ley de fines del siglo XIX, decidió que tan solo 1.500 copias podían ingresar. Esta decisión burocrática bloqueó efectivamente a los lectores de ese país de tener acceso al libro, que se convirtió así en un ítem de coleccionista, por el que se pagan hoy centenares de dólares en el mercado virtual.

Ahora, por fin, después de cuatro décadas, How To Read Donald Duck va a circular en la patria de Disney como parte de un catálogo del museo MAK de Los Ángeles. No puedo negar que me da cierta satisfacción pensar que el libro reaparece tan cerca de Disneylandia y, también, de la tumba donde descansan los restos no tan inmortales de Walt mismo (el que no fue congelado criogénicamente, como murmuran las lenguas). Más importante, sin embargo, es que nuestro texto carbonizado y prohibido ha logrado pasar subrepticiamente la frontera de Estados Unidos en el preciso momento en que sus ciudadanos, animados por el tipo de xenofobia y nacionalismo exacerbado que recuerda mi propio Chile regentado por Pinochet, han elegido a otro Donald (aunque se parezca más al Tío Rico MacPato que a su sobrino más notorio) como presidente en virtud de su promesa de “construir una muralla” y “¡Hacer de nuevo grande a América!”. Nos encontramos, sin duda, en una coyuntura donde reina el deseo nostálgico de retornar a un país que Disney concibió en sus historietas como inmaculado, inocente y eterno.

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http://tlaxcala-int.org/upload/gal_16904.jpg

How to Read El Pato Pascual: Disney’s Latin America and Latin America’s Disney es una exposición de Pacific Standard Time: LA/LA de más de 150 obras de 48 artistas latinoamericanos que investigan y desafían casi cien años de influencia cultural entre América Latina y Disney. La exposición colectiva explora y cuestiona la idea de que no hay fronteras limpias entre el arte, la cultura y la geografía, y deconstruye cómo se forman tales nociones.

Los curadores de la exposición, el cineasta Jesse Lerner y el artista Rubén Ortiz-Torres, examinaron minuciosamente el largo compromiso de Disney con la cultura latinoamericana, desde el primer papel de Donald Duck en el Don Donald de 1937 con el tema mexicano hasta el intento de la compañía de marcar el día de los muertos. Las investigaciones de Lerner y Ortiz-Torres se basaron en un viaje que Walt Disney realizó con su equipo a Sudamérica en 1941. Junto con un grupo de quince animadores, músicos y guionistas, Disney voló a más de cinco países de América del Sur como parte de un grupo estadounidense dirigido por el gobierno para promover la política de "buen vecino" durante la Segunda Guerra Mundial. Además de la célebre película Los Tres Caballeros, este viaje produjo el largometraje Saludos Amigos; un "making of" documental titulado South of the Border con Disney; y películas de propaganda como The Grain que construyó un hemisferio.

El infame libro chileno de 1971 de los académicos Ariel Dorfman y Armand Mattelart, Para leer al Pato Donald, fue llevado a la atención de Ortiz-Torres mientras estudiaba con el artista Michael Asher en CalArts, financiado por Disney en los años noventa. El libro (anteriormente prohibido en Chile y amenazado por acciones legales en los Estados Unidos) proporciona un análisis estructural que denuncia las maneras en que los cómics de Disney fueron utilizados como vehículos para justificar y promover las políticas estadounidenses y el imperialismo cultural.

9 de Septiembre de 2017 – 14 de enero de 2018
Schindler House 835 N Kings Road West Hollywood, CA 90069
Luckman Fine Arts Complex 5151 State University Dr., Los Angeles, CA 90032

 





Courtesy of Babelia/El País
Source: http://www.tomdispatch.com/post/176326/tomgram%3A_ariel_dorfman%2C_a_tale_of_two_donalds/#more
Publication date of original article: 14/09/2017
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=21649

 

Tags: Para leer al Pato DonaldTrumpAllendeWalt DisneyImperialismo culturalGolpe PinochetUSA
 

 
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