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 25/09/2017 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 CULTURE & COMMUNICATION 
CULTURE & COMMUNICATION / La mecanógrafa de Goebbels
Date of publication at Tlaxcala: 15/02/2017
Original: Typing for Goebbels
Translations available: Français 

La mecanógrafa de Goebbels

Karen Liebreich

Translated by  S. Seguí

 

Brunhilde Pomsel, una de las secretarias de Josef Goebbels, murió el pasado 27 de enero. La entrevisté en 1991 para una serie de televisión de la BBC sobre la propaganda cinematográfica nazi. En 2011, Bild publicó una entrevista “exclusiva” con ella, afirmando que era la primera vez que hablaba, desde la guerra, pero no lograron sacarle gran cosa. Para entonces tenía cien años. Dijo que se había visto obligada a aceptar el trabajo porque había sido una de las mecanógrafas más rápidas de la emisora Berliner Rundfunk y que ganaba 500 reichsmark por mes.

Recordó que cada día alguien venía a hacerle la manicura a Goebbels. No sabía nada de los peores aspectos del régimen nazi. Dijo: “Yo era una tontita sin interés por la política y con relaciones sencillas. La primera vez que oí hablar de ello fue después de salir de la cárcel.” Pasó los últimos diez días de la guerra en el búnker del Ministerio de Propaganda, que seguía en funcionamiento. Se enteró del suicidio de su jefe el 1 de mayo de 1945 y pasó los siguientes cinco años en un campo de prisioneros en Rusia. Tras su liberación, volvió a la radio, trabajando para la emisora Südwestrundfunk, de Baden-Baden.

Fui a verla a su apartamento en Múnich. Tenía el cabello gris, maneras enérgicas y unos ojos penetrantes detrás de sus gafas. Las ventanas de su piso estaban llenas de geranios. Había horneado deliciosas galletas. Pensé que era una situación extraña: la hija de un superviviente del Holocausto bebiendo café con la mecanógrafa de Goebbels.

Pomsel trabajó para el Ministerio de Propaganda de 1942 a 1945, en su escritorio de la sala de entrada, junto a otras tres o cuatro secretarias ocupadas con la mecanografía. Goebbels tenía una secretaria privada que llevaba sus diarios. Cuando llegaba al trabajo, se deslizaba discretamente por delante de las mecanógrafas; cuando se marchaba, se despedían formalmente. Era educado, aunque reservado. Nunca persiguió a las secretarias, aunque algunas de ellas eran muy bonitas; reservaba sus atenciones para las actrices. Pomsel pensó que tenía un complejo de inferioridad debido a su pie ortopédico. Hitler era un “hombre muy feo” con una voz horrible, pero Goebbels “tenía un rostro agraciado y siempre estaba muy bien vestido. Por supuesto, era un poco bajo, pero si hubiera sido 20 centímetros más alto podría haberme interesado.” (Veinte años después le contó a Bild que era un monstruo frío y distante). Cuando tuvo que dejar su casa debido a los bombardeos, Magda Goebbels le envió “un vestido realmente bonito”. Fue a cenar varias veces a la villa de Goebbels, en la isla de Schwanenwerder. Cuando Goebbels lanzó su discurso de “Guerra total” en febrero de 1943, después de la batalla de Stalingrado, ordenó a su personal que asistiera, y Pomsel se sentó directamente detrás de Magda.

La familia Goebbels con el Führer

El ambiente en la oficina cambió notablemente después de Stalingrado. Pomsel pensaba que Goebbels se había dado cuenta de que Alemania perdería la guerra, pero para él la posibilidad de rendirse era inaceptable. La gente que obtenía su información de los noticiarios cinematográficos Wochenschau todavía creían que podían ganar. Pomsel no podía creer que los líderes del Reich continuaran la guerra sin un arma secreta en la manga. Hubo una proyección de Kolberg en la oficina, el 17 de abril de 1945, en los últimos días del Reich. La película cuenta la defensa de la ciudad durante las guerras napoleónicas. El mensaje era claro: “Debemos mantenernos fuertes y ganar.” Goebbels se veía a sí mismo interpretando un papel en una película similar en el futuro. “Aguanta ahora”, escribió, “para que dentro de cien años la audiencia no te pita y te abuchee cuando aparezcas en pantalla.”

Pomsel me dijo, con cierta satisfacción, que pensaba que Jud Süß era una buena película. Le pregunté si pensaba que era antijudía. Tal vez “pero estaba muy bien hecha.” Pomsel no era antisemita, según dijo: “Tenía una amiga judía llamada Ewa Löwenthal. No la vi por un tiempo, luego la reconocí en el autobús. Le dije que trabajaba en el Ministerio de Propaganda. Ewa dijo bromeando que debía venir y visitarme allí. Le dije: “¡Bueno, en realidad, mejor que no lo hagas.” Nunca la volví a ver, fue muy triste. En ese momento tuve que decirle que Ewa probablemente había muerto. Pomsel parecía un poco sorprendida e incómoda. Pensé que tal vez nunca antes había pensado que los judíos que eran gaseados eran personas reales que ella podría conocer, que uno de ellos podría haber sido un amigo. En cualquier caso, la muerte de Ewa no tenía nada que ver con Pomsel. Me resultó fácil imaginármela comprobando la ortografía de Zyklon B sin más reflexión. Cuando el Memorial del Holocausto abrió sus puertas en Berlín, 14 años después, fue a comprobar qué había sido de su amiga. Ewa había sido deportada a Auschwitz en noviembre de 1943 y nunca más fue vista viva.

Pomsel solía reunirse con los niños de Goebbels cuando ella trabajaba los sábados. Eran “deliciosos sin rastro de arrogancia. Muy simpáticos, agradables, bien educados.” Cuando entrevisté a Wilfred von Oven, agregado de prensa de Goebbels, los describió en la casa de campo de Lanke, “sentados en fila, como tubos de órgano. Nunca los olvidaré, todos vestidos de blanco. Los dos mayores eran de cabello oscuro, los tres siguientes muy rubios. Mi favorito era Helmut; no era tan brillante como las muchachas.” De todas las cosas que hizo Goebbels, Pomsel no podía perdonarle haber ordenado el asesinato de sus hijos, de edades comprendidas entre 4 y 12 años, cuando los rusos avanzaban. Un médico de las SS los sedó, y Magda aplastó cápsulas de cianuro entre sus dientes. Incapaz de terminar la tarea, pidió al médico personal de Hitler que la ayudara a terminarla. A continuación, Magda y Goebbels se suicidaron. Tal vez, dijo Pomsel en un leve esfuerzo por explicar el acto del suicidio, fue víctima de su propia propaganda sobre las atrocidades rusas.

Pomsel disfrutaba de su trabajo. Cuando le pregunté si lamentaba algo de lo que hizo, me dijo: “¿Por qué debería hacerlo? Yo sólo pasaba cosas a máquina.” Más tarde añadió que tal vez debería haber sido más reflexiva. Pero los cinco años que pasó en un campo de trabajo ruso fueron “muy injustos”. En todo caso, lamentaba haberse quedado en su puesto, clasificando y presentando memorandos, hasta el amargo final.





Courtesy of Tlaxcala
Source: http://bit.ly/2lsuOwH
Publication date of original article: 16/02/2017
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=19906

 

Tags: Brunhilde PomselJosef GoebbelsAlemania naziBanalidad del mal
 

 
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