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 19/07/2019 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 AFRICA 
AFRICA / Bitácora de viaje: Kenia
Date of publication at Tlaxcala: 10/09/2010
Original: Kenya blog
Translations available: Deutsch 

Bitácora de viaje: Kenia

Caroline Griffin & James O'Nions

Translated by  Atenea Acevedo

 

 

Las microfinanzas en África
Vie, 23/07/2010 - 14:23
 
Durante mi estancia en Kenia he estado leyendo el nuevo libro de Milford Bateman titulado Why doesn’t microfinance work? The destructive rise of local neoliberalism (¿Por qué no funcionan las microfinanzas? El destructivo auge del neoliberalismo local). Hace ya varios decenios que las microfinanzas han sido alabadas como solución efectiva a la pobreza de los más pobres; además, en 2006 el Nobel de la Paz quedó en manos de Mohammed Yunus, fundador del Banco Grameen en Bangladesh, la primera institución de microfinanzas en el mundo.
 
No obstante, Milford Bateman sostiene que las microfinanzas no solo fracasan en lo que respecta a ‘sacar a la gente de la pobreza’, sino que su supervivencia y prosperidad en la corriente dominante del desarrollo obedece a que encajan perfectamente con la necesidad de mantener un sistema económico neoliberal.
 
No cabe duda que África está inundada de ofertantes de microcréditos... y Kenia no es la excepción. La obra de Bateman echa por tierra los mitos acerca de la eficacia de las microfinanzas, incluido el argumento que sostiene que son una herramienta de empoderamiento de las mujeres. En referencia específica al África, el autor afirma que el continente no necesita de “una vasta reserva de comerciantes autoempleados”, sino “una sólida base de industria ligera” y “empresas manufactureras capaces de impulsar el crecimiento de la productividad”. De hecho, sostiene que “la proliferación de las microfinanzas en África se vincula a la eliminación de la posibilidad de crear la base industrial necesaria para el crecimiento y la reducción de la pobreza en el futuro” (p. 97).
 
La aldea de Gathigia en el Distrito de Muranga, provincia central de Kenia. Caroline Griffin/WDM
 
Ayer visitamos las tierras altas del centro de Kenia. Si bien la región es mucho más húmeda y exuberante que ciertas partes del país, no está exenta de la abundancia de minifundistas que venden sus modestas cosechas de café a precios bajos que no han dejado de depender de la compra de alimentos a pesar de poseer sus propios cultivos de maíz.
 
Conocimos un grupo de mujeres que viven cerca de Kangema y buscan maneras de complementar su ingreso. Quieren capitalizar sus conocimientos sobre la cría de pollos y empezar un negocio local, pero necesitan una pequeña inversión inicial. Dijeron que no pedían caridad, pero que tampoco deseaban acercarse a los esquemas convencionales de microfinanzas (había carteles alusivos a estos esquemas en los principales caminos de la zona). Estas mujeres habían perdido sus hogares por mora en los préstamos de microfinanzas.
 
Una alternativa para ellas podrían ser las cooperativas financieras o de crédito. Según Bateman, estas instituciones, propiedad de quienes las conforman, han tenido mucho más éxito en el desarrollo de economías locales. Si cuentan con el apoyo de un gobierno dispuesto a fomentar las pequeñas y medianas empresas de la localidad en cuestión, las cooperativas financieras pueden constituir la base de una economía exitosa y solidaria, tal como sucedió en la región italiana de Emilia-Romagna después de la Segunda Guerra Mundial (pp. 175-178).
 
Por otra parte, las microfinanzas se amoldan con enorme facilidad a una África proveedora de materias primas y mercado de multinacionales que sacan sus ganancias del continente, pero que no llega a consolidar una economía fuerte por sí misma. Esta ruta neoliberal ha visto el crecimiento de una clase media que se beneficia del sistema, pero también de un grupo mucho más numeroso que no se ve favorecido en absoluto y que sigue luchando por buscarse la vida como puede.
 
En el marco de esa creciente desigualdad, las microfinanzas prácticamente actúan como una forma de contención de la pobreza al tiempo que alientan el sueño de un progreso individual (sin importar su escasísima probabilidad) y desalientan las soluciones colectivas y las demandas políticas. En realidad, siguiendo a Bateman, las microfinanzas son una trampa para persistir en la pobreza.
 
James O'Nions
 
Notas sobre acciones que transforman el entorno: el barrio marginal de Kibera
 
Mar, 27/07/2010 - 11:26
 
El barrio marginal de Kibera se encuentra en Nairobi y en él se concentran alrededor de millón y medio de personas, es decir, la mitad de la población de la capital, hacinada en apenas 2 kilómetros y medio. Camino a Kibera, Charles, nuestro conductor, nos habló de la magnitud de la violencia que estalló en Kibera durante las elecciones de 2007. Se prendió fuego a los autos; hombres, mujeres y niños fueron blanco de golpizas por parte de la policía keniana al tiempo que los sacaban de sus casas y los rociaban con gas lacrimógeno. Conforme nos acercábamos a la entrada al barrio, Charles puso los seguros a las puertas y subió las ventanillas del vehículo. La percepción popular de Kibera dentro del país es que se trata de un lugar peligroso donde no rige la ley.
 
Nuestra percepción acabó siendo otra. A las orillas del barrio y bajo un árbol, nos reunimos con un grupo de ocho mujeres y con Sheikh Ahmed Abdulrahim, activista comunitario y defensor de los derechos humanos. Extendieron sus pañuelos en el suelo para que nos sentáramos y se dispusieron a contarnos sobre su campaña y sus experiencias personales.
 
La organización Kibera Women for Peace and Fairness (Mujeres de Kibera por la Paz y la Justicia) relaciona la violencia de 2007 con la pobreza extrema en la zona. Los disturbios se debieron, en parte, al escandaloso incremento en los precios de los alimentos, realidad que obligó a muchas personas a consumir un solo alimento al día. Ese hecho, aunado a las terribles condiciones y privaciones que se sufren en Kibera, causó que se desbordara un resentimiento largamente cocinado en contra de un gobierno que hace caso omiso de los derechos humanos de la ciudadanía, como el derecho a servicios sanitarios, electricidad, vivienda digna y dieta balanceada. El gobierno ni siquiera reconoce que el barrio forma parte oficial de la ciudad de Nairobi. Los precios se estabilizaron, pero la población, incluidas estas mujeres, sigue padeciendo penurias día tras día.
 
Antonina Masita, por ejemplo, es una viuda de 58 años, seropositiva, con 7 hijos cuyas edades van de los 8 a los 14 años. Dice que apenas logra juntar entre 20 y 30 chelines kenianos al día. La conversión directa de esa cantidad equivale a casi 25 libras, pero pongamos la cifra en perspectiva: una bolsa de 2 kilos de maíz cuesta 50 chelines kenianos en los barrios marginales. En la época de aumento de precios, cuando el maíz alcanzó los 120 chelines por bolsa de 2 kilos, Antonina no conseguía trabajo y solo le alcanzaba para comer o pagar la renta de la habitación en la que se hacina con sus 7 pequeños. En aquellos días muchas familias no hacían más de una comida diaria, por lo general un tazón de avena.
 

Antonina Masita, defensora de derechos, pertenece a Kibera Women for Peace and Fairness. Caroline Griffin/WDM
 
Con la lucha por el derecho a un precio justo de los alimentos, Antonina y sus compañeras esperan nunca tener que ver morir a sus hijos y vecinos. La crisis alimentaria pasó (por ahora) y tienen tiempo de defender otras causas, como la obtención de mejores condiciones y el fin de la violencia en contra de las mujeres al modificar la creencia popular en que si un hombre no te golpea, no te ama. En palabras de Fanice Onjala, secretaria de la organización: “Nuestro mensaje es que nada justifica la violencia en contra de las mujeres. Una vez que lo dices con convicción, empiezas a ser parte del cambio”.
 
Hace mucho que el gobierno británico debió haber hecho más llevaderas las vidas de gente como Antonina y Fanice para que puedan seguir transformando su sociedad y puedan mejorar la situación de las mujeres en lugar de tener que preocuparse constantemente por qué comer y con qué alimentar a sus familias. El gobierno puede ayudar con una ley que ponga fin a la especulación con la comida que realizan los bancos y los fondos de cobertura.
 
Caroline Griffin
 
Caminos polvorientos y maizales
 
Jue, 29/07/2010 - 07:36
 
Este fin de semana visitamos Makueni, un mercado local a dos horas y media en auto desde Nairobi. Llegamos a Makueni después del atardecer y con el canto de los grillos tras haber recorrido la carretera principal hasta Mombassa y haber atravesado el centro regional de Machakos. En las grandes ciudades la pobreza más cruda tiende a asentarse a la vera de la relativa riqueza, pero cuanto más te internas en la provincia adviertes que la pobreza está rodeada de pobreza.
 
Al día siguiente nos reunimos con Phyllis Nduva, promotora comunitaria que nos llevó por un camino de polvo fino y abundante hasta la aldea donde la comunidad se había reunido para conocer los detalles de la nueva constitución propuesta para el país. La gran noticia en la zona es la constitución y las incitaciones al ‘sí’ y al ‘no’ dominan los encabezados, pues el referéndum habrá de celebrarse el 4 de agosto. Ya escribiré más sobre las implicaciones del tema; esta vez el objetivo de la reunión era informar a la comunidad del contenido que habrían de sopesar antes de emitir un voto, aun cuando más tarde los defensores oficiales del ‘sí’ aparecerían para tratar de llevar agua a su molino.
 

Phyllis Nduva explica los contenidos de la propuesta para una nueva constitución a los campesinos de Makueni. Caroline Griffin/WDM
 
A pesar del ajetreo del momento, el jefe de la aldea (cargo oficial de gobierno) y su asistente se tomaron el tiempo de hablarnos sobre el impacto de la crisis alimentaria de 2008 en la zona. La región de Makueni es, de por sí, seca (a diferencia de, por ejemplo, el Valle del Rift), y la variedad de maíz que aquí se cultiva ha sido especialmente desarrollada en la estación de investigación agrícola de Katamani a fin de hacerla más resistente a la sequía. Sin embargo, tras dos años de escasas lluvias empezó a faltar comida y se interrumpieron los suministros de zonas como el Valle del Rift debido a la violencia postelectoral de 2007. Con el incremento en los precios del maíz en los mercados internacionales llegaron a temer un desastre en ciernes.
 
Lo que nos quedó claro (más aún cuando conocimos a algunas de las personas que a duras penas se ganan la vida en la zona) fue que el impacto no se limitó al hambre temporal, por terrible que ésta fuera. La gente tuvo que vender a sus animales a cambio de unas monedas para comprar alimentos básicos. Las personas que encontramos en el camino seguían sin poder comprar otros animales. Una mujer nos explicó que, en su caso, la falta de animales se traduce en la pérdida de la leche que solía vender para cubrir los gastos escolares de sus hijos, y el hecho de que haya vuelto a llover y pueda cultivar de nuevo algo de alimento no es suficiente para aliviar sus problemas.
 
Los altos edificios de oficinas de Londres parecen increíblemente lejanos desde aquí. Los banqueros y los campesinos son prácticamente extraños, pero en la búsqueda de ganancias mediante el intercambio de futuros en el rubro de los alimentos, los bancos de inversión se están jugando la próxima crisis de los campesinos pobres, una crisis de la que podrían no recuperarse jamás.
 
James O'Nions
 
Descolonizar la mente
 
Jue, 29/07/2010 - 21:56
 
Ayer por la tarde, James, Kiama Kaara de Kenya Debt Relief Network y yo nos fuimos en auto a Thika, un pueblo que se encuentra 40 kilómetros al noreste de Nairobi a lo largo de una animada carretera en la que abundan comerciantes, albañiles y tiendas. Ahí nos reuniríamos con Zachary Makanya de la asociación PELUM.
 
PELUM es la sigla en inglés de Gestión Ecológica Participativa del Uso de Suelo y es una red de organizaciones de la sociedad civil y ONG que trabaja con pequeños agricultores del este, el centro y el sur de África. Su visión es inspiradora y sencilla, y Zachary la expresó con total claridad: la población de Kenia no ha visto mejora alguna en su calidad de vida a pesar de décadas de recibir ayuda internacional gracias a donantes y ONG que tienen las mejores intenciones, pero no la mejor información. Las repercusiones de la dependencia de esa ayuda y el legado del colonialismo se traducen en la necesidad urgente de un proceso para ‘descolonizar la mente’ a fin de que los países africanos, Kenia incluida, puedan resistir el feroz y apabullante ritmo de la globalización y la industrialización, realidades que ya están arrancando de cuajo los conocimientos tradicionales, los idiomas locales, las comunidades indígenas y las bases del entorno natural.
 

Zachary Makanya, miembro de la asociación PELUM, Kenia. Caroline Griffin/WDM
 
Al igual que tantas otras personas que representan o trabajan con pequeños agricultores, Zachary nos habló de la compleja red de injustos sistemas de comercio mundial que propician la abundancia de productos subsidiados provenientes de Europa y Estados Unidos, y que hacen competencia desleal a la producción local, así como de la dependencia de la ayuda, los problemas del cambio climático y la comercialización del campo. Estas presiones y desigualdades, importadas desde el mundo acaudalado y aunadas a un gobierno que no responde a las necesidades de quienes viven por debajo de la línea de la pobreza (y representan casi 50% de la población del país), significan que 50 años después de la independencia la pobreza no hace más que incrementarse en Kenia.
 
Aun así, el mensaje de Zachary es positivo e inspirador, pues nos habló de la necesidad de alentar a los pequeños agricultores a ver en su entorno y sus comunidades un rico recurso, no una fuente de problemas. Ese es el meollo del asunto: en el centro de la ‘ayuda’ y la noción de ‘desarrollo’ está el supuesto de que África se encuentra en crisis y a merced de problemas insuperables sin influencia exterior. Si se da la vuelta a ese prejuicio y se enseña a los pequeños agricultores a trabajar con lo que tienen, el mundo adquiere una imagen muy distinta, llena de oportunidades y esperanza.
 
Nuestra reunión se llevó a cabo en un tranquilo complejo agrícola que parecía ser la viva imagen de esa esperanza. El campo, formado por variedades de árboles nativos, viveros y montones de composta a los que trepaban monos en pos de alimento, se diferenciaba enormemente del centro de Nairobi, donde es imposible caminar un largo trecho sin ver anuncios de Orange, Barclays Bank y Nivea. Aquí vienen los pequeños agricultores a aprender el cultivo de productos básicos como la mandioca, a intercambiar semillas nativas no comercializadas y plaguicidas sin fertilizantes químicos.
 

Cultivo de espinaca en un centro de pruebas agrícolas en Thika, Kenia. Las espinacas son un ingrediente popular en la cocina keniana. Caroline Griffin/WDM
 
Otros especialistas con los que hemos hablado, como Paul Gamba, economista del Instituto Tegemeo, entidad dedicada a la investigación agrícola en Kenia, señalan la necesidad de que los pequeños agricultores se organicen, por ejemplo en cooperativas, para transitar a una situación en la que estén a cargo tanto del cultivo como de los procesos. Los agricultores con los que hablamos abordan el tema de los intermediarios que no pagan un precio justo por sus productos. Paul Gamba cree que al organizarse con el objetivo de hacer ellos mismos el trabajo de los intermediarios, contribuirían a estabilizar los precios y retomar el control de sus vidas. En las palabras de Justus Lavi, ex cafetalero y actual tesorero del Foro de Pequeños Agricultores de Kenia, el procesamiento del café no es difícil, él mismo lo hizo desde niño. Solo se necesita “cultivar el grano, recogerlo, lavarlo, trillarlo, lavarlo de nuevo, molerlo en la arena... y listo, tienes un café estupendo”. Sin embargo, la mayor parte del café, un cultivo abundante en la zona, se procesa en el extranjero.
 
Es necesario que no se repitan situaciones como la duplicación del precio del maíz en unos cuantos días, hecho que causó que la gente se quedara sin comer durante tres días. La gente con la que hemos hablado nos recuerda que el no poder comprar los alimentos para la propia familia tiene un impacto físico, pero sobre todo psicológico. Ahora que la población en general y la sociedad civil se esfuerzan por reconstruir la autoestima de los agricultores y las comunidades, lo último que este país necesita es otra crisis alimentaria. No obstante, si no se cuenta con legislación que limite los excesos de los mercados financieros muy probablemente veremos una nueva alza de precios. Lo menos que puede hacer el gobierno británico es acotar la especulación para que la población de Kenia pueda recuperarse y empezar a reinventar y reconstruir su forma de vida.
 
Caroline Griffin
 
Viaje a Kibera
 
Dom, 01/08/2010 - 14:14
 
El día de hoy Caroline y yo visitamos parte de Kibera con el plan de encontrarnos con un grupo de mujeres de Kibera Women for Peace and Fairness (Mujeres de Kibera por la Paz y la Justicia). Esta organización reúne a cientos de mujeres y fue fundada durante los violentos disturbios postelectorales en Kenia en 2007, cuyo epicentro se registró en Kibera. La violencia, incluida la respuesta de la policía, afectó a las mujeres y los niños, quienes no se libraron de los gases lacrimógenos y otras agresiones.
 
Miembras del colectivo Kibera Women for Peace and Fairness (Mujeres de Kibera por la Paz y la Justicia)
 
La crisis alimentaria de 2008 renovó la movilización de estas mujeres. El salario diario de un habitante de Kibera suele situarse entre 50 y 150 chelines kenianos (alrededor de 40 peniques); antes del incremento de los precios una bolsa de 2 kilos de maíz o unga, el alimento básico, costaba alrededor de 50 chelines. Para transformar esa materia prima en comida para una familia se requiere, además, de parafina, aceite de cocina, sal e, idealmente, algo de verdura. Sin embargo, cuando el precio del maíz en los mercados internacionales se puso por las nubes, la bolsa de maíz en Kenia alcanzó los 120 chelines. Evidentemente, el hambre en Kibera alcanzó un estado de crisis.
 
Así, las mujeres organizaron una marcha pacífica para demandar el derecho a alimentos asequibles. A pesar de la represión policíaca, la marcha se confirmó como la base de una campaña que obligó al gobierno a introducir un subsidio que redujera el precio del maíz. Aunque el precio del maíz se encuentra, por ahora, estable, la campaña de estas mujeres continúa. Ellas quieren hacer que se cumpla la demanda original del movimiento, a saber, que la bolsa de 2 kilos de maíz se venda en 30 chelines y que el gobierno tome medidas a fin de elevar los salarios en Kibera.
 
No obstante, mientras el precio de su alimento más básico siga sujeto al precio de los alimentos en los mercados internacionales, estas mujeres, al igual que los cientos de miles de habitantes de Kibera, seguirán sometidas a la precariedad absoluta. Por ellas, por ellos y por la enorme cantidad de personas que viven en esas condiciones alrededor del mundo WDM lanzó una campaña para poner un límite a la especulación con los alimentos y anteponer el derecho a la alimentación a las ganancias de los bancos multinacionales de inversión.

 





Courtesy of World Development Movement
Source: http://www.wdm.org.uk/blog/kenya
Publication date of original article: 01/08/2010
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=1333

 

Tags: KeniaKiberaWDMmicrofinanzasmaízprecio de los alimentosespeculacióncrisis alimentaria
 

 
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