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 15/07/2020 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 IMAGE AND SOUND 
IMAGE AND SOUND / An Injury to One (Si tocan a uno), una película de Travis Wilkerson (2002)
Date of publication at Tlaxcala: 21/02/2014
Original: An Injury to One, a Film by Travis Wilkerson (2002)
Translations available: Français  Italiano 

An Injury to One (Si tocan a uno), una película de Travis Wilkerson (2002)

Travis Wilkerson

Translated by  Manuel Talens (1948-2015)

 

 

USA, 2002
Blanco y negro y color
16 mm., 53’.
Director: Travis Wilkerson
Guión: Travis Wilkerson
Cinematografía: Travis Wilkerson
Música: Varios
Edición: Travis Wilkerson
Sonido: Travis Wilkerson
Productora: Susan Fink
Compañía productora: Up Front Films
Subtítulos en español: Manuel Talens, Tlaxcala

 


Si tocan a uno: una película de Travis Wilkerson

 


por Peter Rachleff

En 2005 se conmemoró el centenario de la fundación del sindicato Industrial Workers of the World–el IWW–, popularmente conocido como los «Wobblies». La más radical de las organizaciones sindicales de masas de toda la historia de USA, cuyo lema era «Si tocan a uno, nos tocan a todos» [An Injury to One is an Injury to All], incluía a trabajadores cualificados y no cualificados, inmigrantes y nativos, mujeres y hombres, blancos y de cualquier color. Practicaban el internacionalismo y se extendieron no sólo a México y Canadá, sino también a todo el mundo. Las bases de los Wobblies utilizaron tácticas creativas tales como «huelgas de brazos caídos», «huelgas de celo» y «sabotajes» mientras llamaban a una huelga general para alcanzar la «libertad industrial». Articularon una nueva forma de orden industrial, social y político en el que los trabajadores no tuviesen que responder ante ninguna autoridad por encima de sus propias organizaciones colectivas. Y utilizaron la cultura como arma, desde la poesía y la música hasta los dibujos animados, los murales, los espectáculos y las obras de teatro. [1]




Hubo muchas luchas difíciles y heroicas durante la corta historia de los Wobblies: las luchas por la «libertad de expresión» desde Chicago hasta el noroeste del Pacífico; la lucha de los madereros y los trabajadores agrícolas inmigrantes desde Northwoods hasta las praderas; la huelga «Pan y Rosas» de Lawrence (Massachusetts) en 1912; las huelgas de los trabajadores de la seda y el textil de Paterson y Passaic; la huelga de Iron Range en 1916; la «deportación» de trabajadores de Bisbee (Arizona) y más, muchas más. En aquellas luchas, decenas de miles de trabajadores se ganaron a pulso un sentido del poder y de sus propias capacidades, una educación política y una experiencia del sindicalismo industrial militante que luego sustentaría la creación de los nuevos sindicatos industriales de la década de 1930, como el «CIO» [Congreso de Organizaciones Industriales]. Pero en aquellas luchas también hubo activistas que fueron encarcelados, deportados e incluso asesinados, lo cual creó un panteón de héroes obreros. [2]
 
Frank Little fue uno de aquellos mártires activistas. Nacido en Oklahoma en 1879 de padre blanco y madre cherokee, se convirtió en un «organizador infatigable», en un «agitador» que durante la segunda década del siglo XX deambuló de lucha de clases en lucha de clases. En el verano de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, insufló motivación y amplitud de miras a 16.000 mineros que estaban en huelga contra la Anaconda Copper Company en Butte (Montana). El 1 de agosto, unos enmascarados lo secuestraron en la casa de huéspedes donde dormía, lo ataron al parachoques de un automóvil, lo arrastraron hasta los suburbios de la ciudad, lo golpearon, lo torturaron y lo colgaron de un puente de caballete del ferrocarril, con un letrero enganchado que decía: «¡Tomad nota los demás! Primer y último aviso: 91 cm - 213 cm - 195 cm». Estas cifras, según el cineasta Travis Wilkerson, eran las medidas de una tumba de Montana que las milicias de vigilantes habían cavado para enterrar al alguien tras aplicarle «la justicia de frontera». Las autoridades locales determinaron que «había sido asesinado por desconocidos» y no investigaron nada más. Ocho mil hombres y mujeres marcharon tras su cortejo fúnebre, que fue el acontecimiento más multitudinario de la historia de Butte. A raíz de la muerte de Little, las autoridades declararon la ley marcial, detuvieron a centenares de organizadores del sindicato IWW, acusados de «espionaje» y «sedición», rompieron la huelga y machacaron el sindicato. La ley sobre la sedición de Montana se convirtió en el modelo para una ley federal y la ola de represión en Butte en el modelo para las «redadas federales de Palmer» (en alusión al Fiscal General A. Michell Palmer) que en 1920 destruyeron el sindicato IWW como organización viable. [3]
 
El centenario de la fundación de los Wobblies y la memoria de aquellos dolorosos acontecimientos que tuvieron lugar en Butte se conmemoraron en 2005: el sindicato IWW, que aún existe hoy en día, puso en marcha con la ayuda de eruditos activistas una exposición de arte visual que recorrió el país. [4] Poetas, compositores, muralistas, dramaturgos y otros artistas contribuyeron con su talento a contar aquellas historias y a revivirlas para las nuevas generaciones. La poetisa y dramaturga Naomi Wallace escribió un magnífico poema sobre Little que merece una amplia difusión. [5] Helo aquí:
 
MUERTE DE UN WOBBLY EN MONTANA, 1917
 
Él escucha a la caterva que ruge fuera de la cárcel diminuta:
hay un calderero, un sastre y beodos tabernarios pagados por
el banco, con lenguas agrias y pastosas y sogas grasientas
en sus mano sudorosas. No hay policías.
 
La doble puerta de vaivén se rompe por la bisagra
y la boca del prisionero se queda sin saliva.
Los ciudadanos irrumpen en su celda
con barras de acero y lo arrastran hacia las vías.
 
Veinte, treinta pares de manos por todas partes,
en el cuello, en los tobillos, entre las piernas,
rodillazos, puñetazos y, aquí y allá, algo
todavía más aterrador que los golpes: una caricia.
 
Su carne se resiste a esta atrocidad, pero sus miembros
se le escapan como si fueran agua. Rojo
asqueroso, matapolicías, maldito sindicalista, vago
de mierda. La multitud se está tomando la justicia por su mano.
 
La ciudad entera se estremece tras sus puertas
y él está en el centro de una turba
que huele a niño, a orines, a gripe y caramelos.
Éste es el año de los disturbios raciales, del Ku
 
Klux Klan y del servicio militar obligatorio. Éste es el año
del gas mostaza y de las deserciones en la tropa,
de soldados amontonados en el barro belga
de Passchendaele, con sus corazones muertos que se les rompen
 
en pedazos en el pecho como si fueran juguetes baratos.
Éste es el año en que los huelguistas toman Petrogrado.
Ésta es la década del sueño, obsceno
en su hambre y su grandeza, en que las hordas
 
y el populacho reclaman la maquinaria, cuando
el caos se cruza de brazos y el mundo se detiene.
Los mercenarios, tan pobres como el que más,
lo llevan hasta el río, ricos de asesinato
 
y recompensa. El sindicalista cree que no debería
morir de esta manera, en el terror. Quiere
llorar y suplicar, pero no puede, la boca se le arremolina
con dientes rotos y sangre. Algunos de sus captores
 
están desdentados. Farfullan juramentos como un niño
al mamar. Otros van tarareando, dementes
en su ansia por dejar una huella en
la década, por dejar una huella en alguien,
 
en el alma de quien sea. El cabecilla es un panadero.
La harina blanca forma un velo que tamiza
su rostro mientras lanza la larga soga
por encima del puente de caballete y, con el otro cabo,
 
hace un lazo en el cuello del joven. Y entonces, de repente,
se apaga el delirio. Es tal la placidez que pueden
escuchar abajo la respiración del río contra las rocas.
Conducen al prisionero más cerca del borde.
 
Éste es el año en que USA entra
en la primera guerra mundial y en que los británicos toman
Bagdad. Éste es el mes en que los ricos
de Butte, en Montana, pagan a los pobres
 
para que maten a alguien de los suyos. Ésta es la hora
en que el río se persigna, lívido
a la luz de la mañana del asesinato. Y, sin embargo,
el agua que el prisionero oye allá abajo
 
nunca lo cubrirá. Él se balanceará colgado
del puente de caballete con su traje negro, como una pieza
caída del cielo. Si este día está haciendo
historia, este sindicalista nunca lo sabrá.
 
Ya no puede ver, porque sus ojos
se le han ido, pequeñas yemas azules bajo las botas
de hombres perdidos. Las manos que le han pegado
son ahora más suaves, como las alas de un pájaro
 
bajo el agua. Incluso las palabras anarquista,
cerdo, traidor, son una caricia. Pero una voz
se eleva desde el enjambre (¿o son dos?)
y le susurra, perdóname, y es la voz
 
de la pesada mano que lo sujeta por la espalda.
Y a medida que el prisionero va perdiendo pie,
quiere decirle, te quiero, porque lo dijo
sólo dos veces en su vida y no le parece
 
que sea suficiente. La voz ruega de nuevo, perdóname,
perdóname, y el joven dice: No.
 
Si tocan a uno, la notable película de Travis Wilkerson, ofrece un rico compromiso cultural con la historia de los Wobblies. Pero no es sólo un proyecto cultural, ya que también ha adoptado un enfoque particularmente pedagógico de su contenido: en vez de ofrecer una narración histórica sencilla de los Wobblies, de la vida y la muerte del organizador Frank Little y de la lucha de clases en la ciudad de Butte, en la Montana del siglo XX, Wilkerson ha optado por un enfoque más indirecto, intuitivo y creativo. Tal como argumenta en su película, dado que buena parte de la documentación histórica se ha perdido o ha sido destruida y dado que las fuentes utilizadas proceden de forma abrumadora de la compañía, contar la historia de Frank Little pasa a ser un proyecto creativo, no sólo un ensamblaje de fragmentos de información y de una lectura entre líneas de relatos oficiales y noticias amañadas, sino también un tejido creativo de diversas fuentes que, a primera vista –o incluso a segunda–, podrían parecer escasamente relacionadas entre sí.
 
El espectador poco atento de esta película puede sentirse abrumado por el carácter fragmentario de su información, con fotos de archivo no identificadas e imágenes contemporáneas, texturas granuladas y proyecciones de textos. Hay referencias ocasionales a fechas que parecen puestas casi al azar, letras de canciones que no están directamente conectadas con el hilo de la película, caricaturas y carteles de los que no se ofrece crédito alguno y cifras cuyo significado no se explica del todo. Uno se pregunta si no será ésta la primera película «posmoderna» de la historia del movimiento obrero. Pero no, la aparente chifladura de Wilkerson se basa en una estudiada metodología que obtiene resultados interesantes y eficaces.
 
Es imposible no quedarse atrapados en la belleza de lo que ha creado. El ritmo, el sonido, los colores, el texto, las imágenes, todo ello se funde en la antítesis de una masa desorganizada de restos y desechos, de la que emerge una rara belleza que se ofrece al espectador. Pero no hay que limitarse a ella. El uso que Wilkerson hace de texto –una suerte de uso exagerado de la señalización brechtiana– empuja a los espectadores a pensar por sí mismos, a seguir no sólo las palabras, sino también las ideas, a pensar en ellas. Si tocan a uno empieza con una representación línea por línea, incluso palabra por palabra, de las primeras líneas de «Preámbulo» del sindicato IWW: «La clase trabajadora y la patronal no tienen nada en común...». El ritmo y la colocación del texto parecen animar a los espectadores a paladear cada palabra. En momentos clave de la película, el texto hablado, el texto proyectado, la música y los efectos visuales son discordantes en yuxtaposición, pero el ritmo es siempre lo suficientemente lento como para permitir la reflexión.
 
Al mismo tiempo, Wilkerson exhibe su propio esfuerzo por juntar piezas dispares. Su capacidad para tejerlas entre sí es impresionante. Al principio de la película presenta la historia de Dashiell Hammett y su famosa novela «negra» Cosecha roja, que el escritor situó en la ciudad imaginaria de Poisonville [Ciudad envenenada], eufemismo de Butte, y parece estar tratando simplemente de ubicar a la ciudad de Butte en la cultura popular del país. Sin embargo, más adelante retoma el hilo de Hammett y lo entreteje con el resto de la información para construir un argumento convincente. Anuncia que según escribió la dramaturga Lillian Hellman, amiga íntima de Hammett, éste le contó que, aunque había trabajado para la Agencia de Detectives Pinkerton durante la Primera Guerra Mundial, la compañía Anaconda Copper le había ofrecido 5.000 dólares por matar a Frank Little. Fue en aquel momento, le confesó Hammett, cuando se dio cuenta de hasta qué punto la corrupción había hundido sus raíces en la vida usamericana. Al final de la película, Wilkerson narra la historia de una bandada de gansos que, atrapados en una tormenta en noviembre de 1995, aterrizó en el lago Berkeley, una masa de agua de un kilómetro y medio de ancho y doscientos setenta y cinco metros de profundidad, en Butte. Conocido localmente como «el pozo Berkeley» («que está allí como una herida abierta», añade Wilkerson), este lago artificial está lleno de agua contaminada similar en su composición química al ácido de una batería. Se trata de la mayor masa de agua contaminada del país. Cientos de los gansos murieron al día siguiente. Butte se había convertido, literalmente, en la encarnación de la «Poisonville» hammettiana. [6]
 
Wilkerson contrapone y entreteje otros fragmentos insólitos de información para construir su análisis. Quiere que los espectadores se esfuercen a través de la niebla y la maraña de las historias oficiales para llegar a la esencia de la historia de Little. En su narración, repite una y otra vez que (los periódicos de Butte) «Dicen... Dicen…» que Little era un «agitador», que practicaba la «sedición» y que condujo a los mineros a la violencia. Pero la narración de Wilkerson deja bien claro que el orden económico creado por la compañía Anaconda y protegido por los gobiernos locales y estatales crearon las condiciones bajo las cuales unos 10.000 mineros murieron a causa de accidentes, lesiones y enfermedades. La mortalidad porcentual en las minas de Anaconda fue mayor que en los campos de batalla de Europa durante la Primera Guerra Mundial, señala Wilkerson, y, un poco más adelante, añade que Anaconda obtuvo en Butte unos 25.000 millones de dólares de beneficio antes de abandonar la comunidad y dejarla totalmente contaminada. Cuando Wilkerson informa a sus espectadores de que, según el periódico local, Little ofreció a los mineros «la imagen de un mundo diferente», es difícil no pensar qué «imagen» pudo haber sido y en qué se diferenciaba de la imagen de la comunidad controlada por la compañía en la que él encontró la muerte.
 
Entre los cien Wobblies detenidos por «sedición» a raíz de la huelga, Wilkerson encuentra, irónicamente, a un hombre llamado Joseph McCarthy. La primera vez que lo menciona, el espectador puede llegar a considerar que el dato de esta coincidencia casual no pasa de ser una ironía posmoderna. Pero más adelante en la película Wilkerson vuelve al asunto del macartismo y de la influencia que el cazarrojos de Wisconsin llegó a tener en los años cincuenta. Incluso Dashiell Hammett fue detenido y encarcelado en 1951 por el Comité del Senado de McCarthy por negarse a dar nombres. La voz narradora Wilkerson –el propio Wilkerson– sugiere que fue a raíz de esta experiencia cuando Hammett le contó a Lillian Hellman que en 1917 le habían ofrecido 5.000 dólares por matar a Little. Críptica y poderosamente, Wilkerson añade: «A veces, en las mentes más complejas es la simple experiencia lo que acelera las ruedas que ya estaban en marcha».
 
Wilkerson parece no contentarse con vincular la dominación corporativa y la represión gubernamental; la represión local y la represión nacional; la historia del movimiento obrero y la historia medioambiental; la cultura popular y la historia de la lucha de clases. También cuenta esta historia de manera que vincule entre si el pasado y el presente. Conduce a sus espectadores al Butte contemporáneo con imágenes curiosas de sus residentes en el trabajo y el juego y nos dice que «pese a todo, la ciudad resiste». Sin embargo, la historia de los gansos caprichosos le permite sugerir que, a pesar de la destrucción de documentos, del silenciamiento de testigos y del manto de la represión, «la historia no puede expurgarse con tanta facilidad» y, así, son los propios gansos quienes nos guían «hasta la escena del crimen».
 
Al final, concluye Wilkerson, la historia del asesinato de Frank Little demuestra de qué manera «si tocan a uno, nos tocan a todos».
 
 
Notas al pie

[1] Para informarse sobre la historia del sindicato IWW los lectores pueden consultar Red November, Black November, de Salvatore Salerno (Albany: State University of New York Press, 1989); We Shall Be All, de Melvyn Dubofsky (Urbana: University of Illioins Press, 2000); Rebel Voices, de Joyce Kornbluh, ed. (Ann Arbor: University of Michigan Press, 1964); The Fragile Bridge, de Steve Golin (Philadelphia: Temple University Press, 1988); A Tale of Three Cities, de David Goldberg (New Brunswick: Rutgers University Press, 1989) y Wobbly: The Rough-and-Tumble Story of an American Radical, de Ralph Chaplin (Chicago: University of Chicago Press, 1948).

[2] Joe Hill: The IWW and the Making of a Revolutionary Working-Class Culture, de Franklin Rosemont (Chicago: Charles H. Kerr, 2003). Véase también la impresionante revisión de este libro, que se ocupa de otros muchos temas y asuntos vitales, "Rhymesters and Revolutionaries: Joe Hill and the IWW", de Peter Linebaugh, en CounterPunch, October 5, 2003 (counterpunch.org/linebaugh10032003.html). Al parecer existe una traducción española, pero ha desaparecido de la red (http://www.rebelion.org/cultura/031013linebaugh.pdf).

[3] Aliens and Dissenters, de William Preston (NY: Harper and Row, 1963); The Centralia Tragedy of 1919, de Tom Copeland (Seattle: University of Washington Press, 1993).

[4] Para más información sobre este proyecto, el lector puede escribir a Paul_Buhle@Brown.edu.

[5] "Death of a Wobbly in Montana, 1917", de Naomi Wallace Massachusetts Review 40:1 (Spring 1999). La obra más reciente de Wallace, "Things of Dry Hours", explora la vida interior y la exterior de un comunista afrousamericano en Birmingham (Alabama) en 1932. Se estrenó a mediados de abril de 2004 en el Teatro Público de Pittsburgh. Para otra impresionante elegía poética sobre los activistas del IWW, véase el inicio de Letter to an Imaginary Friend, de Thomas McGrath (Chicago: The Swallow Press, 1970). Mark Nowak, editor de la revista XCP: CROSS CULTURAL POETICS (véase bfn.org/~xcp/ o escríbase a manowak@stkate.edu) ha escrito un poema épico titulado "1916; The Mesabi Miners’ Strike Against U.S. Steel", del que algunas partes han aparecido en las revistas indie CHAIN, TRIPWIRE y FACTURE).

[6] Sobre la actual contaminación de Butte, véase "Something About Butte", de Jeffrey St. Clair CounterPunch, January 4, 2003 (www.counterpunch.org/stclair01042003.html). Sobre la historia de Butte, véase The Butte Irish: Class and Ethnicity in an American Mining Town, 1875-1925, de David Emmons (Urbana: University of Illinois Press, 1989).
 
 
Peter Rachleff es profesor de historia en el Macalester College. Sus numerosas publicaciones incluyen Black Labor in Richmond, 1865-1890 (University of Illinois Press, 1989) y Hard-Pressed in the Heartland; the Hormel strike and the Future of the Labor Movement (South End Press, 1993).

 

Fuente: http://mrzine.monthlyreview.org/2005/rachleff010805.html





Courtesy of Tlaxcala
Source: http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=11448
Publication date of original article: 19/06/2002
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=11450

 

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